16 de enero de 2019
En memoria de Blasco Ibáñez
Están otra vez a la greña los herededos de Blasco Ibáñez y el ayuntamiento de Valencia a cuenta de los legajos de Blasco Ibáñez. Piden los herederos más actos en memoria del escritor, y los políticos valencianos se ponen de perfil.

En el departamento de Filología Hispánica de la Universidad de Valencia, viendo la gente que se ha quedado después de jubilarse Joan Oleza, no sé si se esforzarán mucho por ir catalogando los papeles. Blasco era un hombre del XIX, un republicano liberal, y esto hoy en día ni es de izquierdas ni de derechas, así que se queda en el limbo.

Blasco no fue un buen escritor en el sentido literario. No tuvo oído con el lenguaje. Y esto se lo echó en cara el joven Azorín, que había ya pasado por la escuela de Rubén Darío, en su libro La voluntad, cuando cita una página de Entre naranjos:
—Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje… Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje… Es una emoción completamente, casi completamente moderna. En Francia sólo data de Rousseau y Bernardino de Saint-Pierre… En España, fuera de algún poeta primitivo, yo creo que sólo la ha sentido Fray Luis de León en sus Nombres de Cristo… Pues bien; para mí el paisaje es el grado más alto del arte literario… ¡Y qué pocos llegan a él!… Mira este libro; lo he escogido porque a su autor se le ha elogiado como un soberbio descripcionista… Y ahora verás, prácticamente, en esta lección de técnica literaria, cuáles son los subterfugios y tranquillos de que te hablaba antes… Ante todo la comparación es el más grave de ellos. Comparar es evadir la dificultad… es algo primitivo, infantil… una superchería que no debe emplear ningún artista… He aquí la página:
"En el inmenso valle, los naranjales como un oleaje aterciopelado: las cercas y vallados de vegetación menos obscura, cortando la tierra carmesí en geométricas formas: los grupos de palmeras agitando sus surtidores de plumas, como chorros de hojas que quisieran tocar al cielo cayendo después con lánguido desmayo; villas azules y de color de rosa, entre macizos de jardinería; blancas alquerías ocultas tras el verde bullir de un bosquecillo; las altas chimeneas de las máquinas de riego, amarillentas como cirios con la punta chamuscada; Alcira, con sus casas apiñadas en la isla y desbordándose en la orilla opuesta, todo ello de un color mate de huevo, acribillado de ventanitas, como roído por una viruela de negros agujeros. Más allá, Carcagente, la ciudad rival, envuelta en el cinturón de sus frondosos huertos; por la parte del mar, las montañas angulosas esquinadas, con aristas que de lejos semejan los fantásticos castillos imaginados por Doré, y en el extremo opuesto los pueblos de la Ribera alta, flotando en los lagos de esmeralda de sus huertos, las lejanas montañas de tono violeta, y el sol que comenzaba a descender como un erizo de oro, resbalando entre las gasas formadas por la evaporación del incesante fuego".
El maestro saca su cajita de plata y prosigue:
—Es una página, una página breve, y nada menos que seis veces recurre en ella el autor a la superchería de la comparación… es decir, seis veces que se trata de producir una sensación desconocida o apelando a otra conocida… que es lo mismo que si yo no pudiendo contar una cosa llamase al vecino para que la contase por mí… Y observa —y esto es lo más grave— que en esa página, a pesar del esfuerzo por expresar el color, no hay nada plástico, tangible… además de que un paisaje es movimiento y ruido, tanto como color, y en esta página el autor sólo se ha preocupado de la pintura… No hay nada plástico en esa página, ninguno de esos pequeños detalles sugestivos, suscitadores de todo un estado de conciencia… ninguno de esos detalles que dan, ellos solos, la sensación total… y que sólo se hallan instintivamente, por instinto artístico, no con el trabajo, ni con la lectura de los maestros… con nada.
A mí no me parece tan mala la página de Blasco, al menos para una novela, no digo que vaya a ser Juan Ramón Jiménez. Pero Blasco no tenía el refinamiento de un autor del siglo XX y se conformaba con copiar a los narradores del XIX, porque su idea de la novela era utilitarista. O bien la usaba para influir en política o bien para ganar dinero.

Pero lo que nunca hizo Blasco fue refugiarse en un periodiquillo quebrado y vivir del pienso de la columnita y el bolo. Tampoco se autocensuró ni puso pose ambigua, todos sabían en qué posición estaba, y si hacía falta se montaba su propia editorial, además de su propio periódico, o se iba a la Argentina a montar una colonia y arruinarse. Blasco no fue ni Verlaine ni Rimbaud, pero tuvo huevos, que es lo que ahora falta.

Yo he leído de Blasco Ibáñez Arroz y tartana; La barraca; Entre naranjos; Los cuatro jinetes del Apocalipsis y La horda.

Arroz y tartana corresponde a su primera etapa naturalista, simplemente hace un retrato de la pequeña burguesía de la ciudad de Valencia, centrándose en el inmigrante aragonés y en las tiendas de ropa. Es una novela correcta pero fuera de época, publicada ya en 1894, cuando el naturalismo había declinado en toda Europa y Galdós y Clarín estaban en su etapa espiritualista.

En La barraca, que es su novela más difundida, hace un pequeño thriller al modo de Ken Follett. Porque Ken Follett dice: el thriller se basa en poner al protagonista en una situación de tensión insuperable. La barraca trata de un agricultor aragonés al que dicen que ha recibido en herencia unas tierras en la huerta valenciana, y al ver que allí podrá vivir mucho mejor vende lo poco que tiene, monta los bártulos en el carro, incluidos mujer y churumbeles, y parte hacia Valencia a tomar posesión de sus huertas, que son buenas y de tierra roja. Pero allí hay otro tío, que está desde hace años en usufructo y que no figuraba en el testamento, y ese tío además está un poco trastornado y va haciendo veladas amenazas. Es uno de los mejores principios de novela que nunca se han escrito, no puede el lector dejar de leer. Quien quiera saber lo que pasa luego, tiene que leerse la novelita, que la tiene en el Kindle completamente gratis.

En Entre naranjos Blasco cae en un cierto preciosismo, no sé si aturdido por el incienso modernista o deseoso de recibir la admiración de la generación más joven. Claramente, lo que recibió fue un buen palo y además Baroja le copió todo el argumento de La barraca para escribir La casa de Aizgorri. Supongo que él tampoco se quedó corto, puteando un poco a los jóvenes, que es lo que se lleva en España, alabando tal vez a algún jovenzuelo segundón con la esperanza de que desplazara al que realmente lo podía sustituir a él. Es algo que me imagino, simplemente.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis es la novela suya que más me gustó. Ahí Blasco demuestra su profundo conocimiento de los movimientos políticos e históricos europeos. Es en realidad una historia de amor, pero tiene unos pasajes inolvidables, como cuando describe cómo se creó la Línea Maginot, que fue la trinchera con la que los aliados contuvieron a los alemanes, los soldados con los pies desollados, incapaces de caminar más, tirándose al suelo y arañando la tierra para poder protegerse de las balas. El talento de Blasco era la viveza con la que contaba las cosas, no la perfección de su estilo, era que te lo hacía creer. Tiene también ese libro un discurso escalofriante, de uno de los primeros nazis, una especie de científico que explica la superioridad aria por el cráneo dolicocéfalo, en contra del braquicéfalo de los rusos, y cómo esa genética les permitirá dominar el mundo. Blasco murió en 1928, no llegó a conocer el III Reich. La traducción al inglés de esta novela fue el libro más vendido de EEUU en 1919. En 1929 Rex Ingram dirigió la adaptación cinematográfica para la Metro Goldwyn Mayer, con Rodolfo Valentino como protagonista, que costó un millón de dólares, una cifra inédita hasta la fecha pero que batió todos los record de taquilla. Claro, la poetambre madrileña con esto rabiaba y luego venían los navajazos.

¿Fue Blasco el inventor del best seller? Claramente no. El best seller es un compendio de técnicas de intriga de la literatura popular que viene del folletín francés, de la novela de aventuras anglosajona, de la novela histórica de Walter Scott y en general de toda la tradición de lo que fue en el Renacimiento la novela bizantina, la novela de caballerías, la novela morisca, la novela picaresca y, si nos vamos para atrás, el romancero viejo y los cantares de gesta. El best seller es la Odisea de Homero y hasta el mito de Gilgamesh, y probablemente estuviese ya en las narraciones orales anteriores.

En La horda Blasco hace una copia de La busca, de Pío Baroja. La busca es una novela más estética, más basada en descripciones, y La horda intenta explicar un poco más las causas políticas de esa miseria. Realmente, prefiero La busca, por el estilo de Baroja, pero en La horda saca Blasco su experiencia como diputado en Madrid y describe a Pi i Margall dando uno de sus discursos. Recuerdo que dice que el Congreso tenía "un olor a cerrado, como de bodega".

Así que esto es lo que sé de Blasco Ibáñez. Pienso que la literatura en España es ya un juguete de los politiqueos y hay ahora una moda de recuperar "autores perdidos", cuando no autoras que no llegan ni al taller literario, pero pienso que lo recuperable ya está todo recuperado y que los escritores del XX que merecen reconocimiento ya lo han tenido. De entre los novelistas, está Baroja por encima de todos y, si se quiere, Delibes y Vázquez Montalban, de los que he leído. También habría que poner al Muñoz Molina de El jinete polaco, al menos para el lector de 20 años que fui. Los demás han tenido más reconocimiento que obra, así que no se quejen.

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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