29 de diciembre de 2018
El hostión de Torremendo
El sábado del puente del 8 de diciembre salí a darme la vueltecita cicloturista de costumbre y, pasando Torremendo, por una carreterita agrícola sin tráfico, acabé de subir un repecho y me incorporé en la bici para pegar un trago y relajar la espalda. No había habido en toda la semana un momento más tranquilo y relajado, con el paisaje de la dehesa murciana, las montañas bajas y el olor de los naranjos. Y de repente me vi con el culo en el suelo, en un hostión de los fuertes que he sufrido. No me podía mover ni casi respirar. Vi el sillín en medio de la calzada y entendí que se había roto por mi peso, y yo no sabía si acabaría en silla de ruedas porque el golpe había sido criminal, con los pies anclados a los pedales automáticos, la bici que se había adelantado un poco y un impacto tremendo en la espalda y los brazos. Saqué el móvil como pude, aunque luego supe que tenía una fractura en esa muñeca, y llamé a los servicios de emergencia y me quedé tirado en la calzada de cara a los almendros y al sol de la tarde. Esa hora aproximada que tardaron en venir fue de las que se recuerdan, tenía los ojos cerrados y veía el resplandor rojizo mientras se enfriaba mi cuerpo, y sólo me acordaba de los versos de José Martí: "No me encierren en lo oscuro a morir como un traidor, yo soy bueno y, como bueno, moriré de cara al sol".

No pasó ni un vehículo hasta que me encontraron los de la ambulancia y me subieron en camilla y me llevaron al Hospital Universitario de Torrevieja. Ya algo más tranquilo vi que lo que tenía, sobre todo, era un brazo roto y que en la columna no tendría afectación porque movía perfectamente las piernas, aunque la espalda me dolía horriblemente y no me dejaba ni moverme. En el hospital no se ponían de acuerdo sobre si tenía fractura vertebral o no. Detectaron rápido la fractura de radio, pero en la de cúbito tenían dudas. Después de dos días sin intervenirme, esperando al especialista, con el codo ya enyesado y sobreviviendo del goterito, cuando llegó el especialista dijo que hacía falta un TAC, que había que desenyesar y estirarme el brazo izquierdo. Para cambiarme de camilla me cambiaban con una bandeja de hierro, primero me giraban un poco, ponían debajo la bandeja, luego me volvían a poner en el sitio y pegaban un tirón. La primera vez lo hicieron entre cuatro, luego ya con dos lo hacían bien. Ahora mismo estoy en los 92 kg. aproximadamente.

Pero para estirar el codo me llevaron hasta la sala con el aparato aquel, que es un tubo redondo en el que te meten, y vino el celador cañero, el "chungo", me me dijo: "Tengo malas noticias". Y ahí me dijo que el codo se estiraba sí o sí, sin anestesia. Yo recuerdo que cuando éramos pequeños cantábamos: "El dolor más doloroso, el dolor más inhumano, es pillarse los cojones en la tapa de un piano". Estirar un codo que lleva tres días roto y enyesado, con la inflamación y la primera cicatriz de colágeno, se acerca bastante a este ideal. Lo que salió fue que tenía el codo como un botijo estrellado contra el suelo, cúbito y radio rotos y una parte hecha gravilla. Luego miraron bien la columna y detectaron una pequeña fractura sin desplazamiento ni afectación a la médula, pero también dijeron que podía ser algo viejo, tal vez consecuencia de otra caída similar que tuve en 1999 en Castell de Castells. El que analizaba las radiografías dijo: "Este tío es más duro que una piedra". Y es que la caída que yo he tenido dejaría en silla de ruedas a más de la mitad.

Yo he hecho cicloturismo durante 28 años, primero con una mountain bike Orbea, luego con una Zeus y luego con una GT de aluminio. Habré hecho aproximadamente 100.000 km., porque durante muchos años hacía unos 5.000 al año. Ahora ya no pasaría de los 2.500, a razón de unos 60 cada sábado. Sólo he tocado tierra tres veces: una en 1999 exactamente igual a la de ahora, por simple rotura del sillín mientras voy sin manos, pero sin que me fracturase nada, otra en 2015 en la que me encontré un coche parado tras la curva y, al intentar esquivarlo, se puso a girar para meterse por un camino, en la que rodé por el suelo y salí ileso, y ésta de 2018 que pone fin a mi trayectoria cicloturista, porque son ya muchos kilos los que tengo y los huesos no son tan fuertes.

No sé muy bien cómo hacen las bicis. La Zeus era de alta gama y tenía apenas dos planchitas de aluminio para aguantar el sillín. Cuando fui a comprarme la GT, que costó 1.500€ del año 2003, le pedí al tío una bici bien fuerte y reforzada, y me recomendó ésta, que tiene el chasis con "triple triángulo", las soldaduras reforzadas y las piezas bien gruesas, pero tiene también un único tornillo para sujetar el sillín a la barra de aluminio, un tornillo grueso, pero único, que al cabo de los años ha ido cogiendo fatiga y se ha roto sin avisar.

Ya para la operación, yo tenía miedo de que empleasen anestesia general y me despertase en el País de Loix, pero desperté en el mismo hospital, con un brazo en cabestrillo, el otro inutilizado por una fisura y un esguince, y con mi madre de 66 años pasándome la botella para mear.

Y luego nos venimos para Pedreguer y ha seguido la convalecencia, gritando el "mamá, ya está" desde el retrete y desayunando zumo con una pajita. En la operación me metieron dos placas de hierro, mi fractura es una "monteggia cerrada", y no ha habido complicación por el momento y parece que el pronóstico es bueno. Ahora para año nuevo, el primer propósito es estirar el brazo izquierdo, luego ya veremos lo demás. Yo creo que tengo un muerto colgado a la espalda o algún gafe, o el karma me castiga por lo que escribo aquí en el blog. Que os vaya bien en 2019 a vosotros, al menos mejor que a mí.

14:20:34 ---------------------  

El País de Loix (Alberto Noguera)
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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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