21 de octubre de 2017
Richard Ford: Flores en las grietas
Ford es un autor que se prodiga tan poco que al final hay que hacerle recopilaciones de artículos para que no nos olvidemos de él. Tengo que decir de entrada que este libro me ha gustado mucho, porque de la vida real de Ford sabía más bien poco. También ha sido muy interesante la explicación que hace sobre su forma de escribir.

Ford para mí es uno de los grandes prosistas que he leído, amante del detalle y de la palabra exacta, en la línea de Josep Pla.

En el primer artículo del libro ("Qué escribimos, por qué lo escribimos y a quién le importa") nos habla de su experiencia como profesor universitario, que no le gustó demasiado, y de la censura de la corrección política:
Al reflexionar sobre estas cosas, percibo en el ambiente norteamericano actual una desafortunada censura, algo muy distinto de lo que había cuando comencé a escribir relatos, en los años sesenta, pese a que yo pensaba haber empezado en una época de relativa agitación estética y política. [p. 10].
Y luego escribe una frase con la que no podría estar más de acuerdo:
Creo, y probablemente vosotros también, al menos en principio, que a veces el propósito de la literatura es insultar, ofender, conmocionar, reprender y crear la incomodidad en los lectores, y que Randall Jarell tenía razón cuando decía que necesitamos estar seguros de que lo que escribimos ofende a la gente apropiada.
No creo que Ford haya sido un escritor especialmente censurado, pienso que Houellebecq ha tenido muchos más problemas, pero es cierto que parece que actualmente, como dice Javier Marías, hay gente que emplea más esfuerzo en hacer callar al otro que en decir lo suyo.

Otro artículo interesante es "El hotel", donde recuerda los años que pasó con su abuelo, que regentaba un hotel, justo después de la muerte repentina de su padre. Algo de este hotel aparece, con un punto de tristeza, en su obra maestra Canadá.

En la "Introducción a «The New Granta Book of the American Short Story»" da una clase magistral sobre cómo escribir un relato. Para Ford, el buen escritor empieza con un "ejercicio de autoridad", como un tenista que tiene buen saque, y luego debe conducir por ese hilo al lector durante la parte central, para terminar sin grandes aspavientos. Ford cree que el final no tiene ya importancia.

Es especialmente interesante la parte en la que defiende las frases largas también como un "ejercicio de autoridad". Pone un ejemplo de "El niño azul" de Kevin Canty, y dice sobre él:
En este notable párrafo interior de Canty resulta pues muy viva la vigorosa elección del autor de escribir más antes que menos, de instarse a sí mismo a ir más allá de la tierra de nadie en la que toda frase podría interrumpirse, pero en la que la frase siguiente podría ser la mejor que jamás escribiría. [p. 101].
Y luego insiste: "el osado impulso, la decisión de escribir más". Sólo ese artículo ya justifica el precio del libro, es tal vez lo mejor que he leído sobre el estilo literario desde las teorías de Azorín de 1904.

Luego, en "El buen Raymond", habla de su amigo Raymond Carver, un escritor para mí sobrevalorado y que no deja una obra perdurable. Carver parece que fue alcohólico, estuvo sin dinero, su familia quedó rota y andaba muchas veces quedándose en casas de amigos. Ford y Carver trabaron una sólida amistad, con viajes juntos y visitas a casa de Ford. Al principio, según cuenta, los dos eran jóvenes y desconocidos, luego triunfó primero Carver, que ganó por fin dinero y luego se murió, y finalmente Ford llegó aún más lejos. En otro lugar, oí a Ford decir que, en la época final de Carver, lo tenía casi convencido para hacer las frases más largas. Sea como sea, el pobre Carver no deja una novela y tal vez ningún libro perdurable.

Otro artículo memorable es el que dedica a Chéjov, hace una disección de sus cuentos y de sus técnicas, y concluye:
A los escritores del siglo XX, por supuesto, su presencia nos ha influido radicalmente en nuestros supuestos sobre qué es un tema adecuado para la literatura de ficción, qué momentos de la vida son demasiado decisivos o valiosos como para relegarlos al lenguaje convencional, cómo deben comenzar los cuentos y la variedad de maneras que un escritor puede escoger para terminarlos, así como, finalmente, cuán inalterable es la vida y, en consecuencia, con qué insistencia es preciso representarla. [p. 179].
En "Holgazanear mientras la musa recarga pilas" explica cómo ha pasado la mitad de su vida de escritor viendo la televisión y dejando la mente en barbecho durante años, para luego hacer un libro de tal calidad que le permita recuperar todo lo perdido. Y dice:
No pienso que los escritores sean profesionales sólidos equipados con un conjunto específico de habilidades y recursos técnicos, pasos claros en su desarrollo profesional y el amparo de un código ético, sino que los veo más bien como jugadores que practican una especie de amateurismo extraordinariamente exigente, de lo que se desprende que, una vez cumplido, un esfuerzo no tenga gran cosa que enseñar al siguiente. [p.
196].
En "En la cara" cuenta las hostias que ha pegado, que son bastantes, y en "En recuerdo del golf" cuenta cuando hizo de caddy de un negro empleado del hotel de su abuelo.

Yo creo que Ford ha llegado ya a la edad en la que debería acometer su autobiografía, con todo lujo de detalles y en varios tomos. Este libro es demasiado fino y me ha dejado con hambre. El volumen tiene el ISBN 9788433978400.

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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