14 de julio de 2015
Brasil V
De vuelta a Praia do Forte, tocaba ver bien el pueblecillo, aprovechando que había dejado de llover.

Esta foto la pongo por si alguien no se cree que allí el cristal no lo utilizan:



Estuvimos paseando en domingo a mediodía. Viene mucha gente de las ciudades, incluso de Río o Sao Paulo, a pasar el fin de semana. Hay incluso hoteles españoles, el tipo de "resort" con todo incluído.



A esta suerte de sacerdote del Candomblé los llaman "padre de santo". Lo que está haciendo es una especie de bendición para desatascar energías y abrir caminos. Cuesta unos 20 reales. Nos lo vamos a volver a encontrar al final del viaje:



La rudimentaria industria pesquera la siguen utilizando, aunque cada vez menos. Los mejores pescadores que vi fueron unos que pescaban a pie. En la foto, se ve que en la parte derecha las olas rompen en el fondo: esto es porque estas playas tienen ahí unos arrecifes a medio metro de profundidad. Los tíos nadaban con la caña y un macuto hasta allí, se ponían de pie y pescaban. Luego volvían, pillaban la bicicleta y se ponían a vender.



Ésta es una iglesia cristiano/candomblé. Seguramente la construyeron cristianos, pero luego ha venido al llamado sincretismo.



Ésta es Iemanjá, la diosa de las aguas, la madre de todos los Orixás:



Estuvimos luego en un parque acuático de las tortugas. Praia do Forte es uno de los muchos lugares en los que desovan las tortugas marinas. Hacen agujerillos en la arena, dejan sus huevos y se largan. Luego salen las crías todas de golpe corriendo. Hay gente de allí del pueblo que asegura haber estado con la toalla tomando el sol y de repente se ha visto rodeado de miles de tortuguitas que corren hacia el mar.



Aquí las suelen tener a veces de muestra o a veces para que se recuperen de alguna herida. No las tienen toda su vida, cuando están bien las sueltan.







Esto es una mantarraya. Me dijeron que podía meter la mano y tocarla porque no se iba a mover. Lo hice y es cierto que se quedó quieta, si bien la viscosidad de su piel era tan grande que daba asco.





Esto es un tiburón, de una especie no carnívora.





Estos bichos eran una especie de rapes gigantes. Dicen que son muy comunes por estas aguas.





Luego decidí que era hora ya de buscar otro alojamiento. No dormía casi por la falta de aire acondicionado. Además, nos gastábamos demasiado comiendo en el pueblecillo todos los días.

Estuvimos mirando y preguntando bastante por todas partes. Fuimos una noche a un condominio de Guarajuba. Esto de los condominios son urbanizaciones cerradas con fuertes controles de entrada. Pero controles con cinco tíos armados hasta los dientes. Allí había unos chamos de metro noventa con chaleco antibalas, botas relucientes, uniforme recién planchado y unos fusiles de calibre militar. Yo no sé si sobreactúan un poco para que el turista se sienta más protegido o simplemente usan la técnica de Sun Tsu: cuanto más gorda el arma, menos la vas a tener que usar.

Nos dejaron pasar realmente sin problemas. Preguntamos en un hotel y nos indicaron que había otro con plazas libres.

Una de las cosas más acojonates del trópico es lo rápido que se hace de noche, te sientes como en julio pero el día no es más largo que la noche. Cae la tarde y te crees que estás más a finales de octubre. Además, cuando cae el sol, como se conoce que lleva más velocidad, cae a plomo. El crepúsculo es visto y no visto.

La cuestión es que, en una noche de lluvia y calor, encontramos un hotelito con precio aceptable. Es uno de esos que tiene bungalows separados en los que puedes traerte tu propia comida.



Primera línea de playa, nada más caminas desde tu cabañita y te tiras al agua sin intermediación ninguna.



Éste fue el que nosotros ocupamos, tenía un gran cuarto de baño, dos camas, una neverita, la terracita esa, en la que pronto colgué mi hamaca, aunque por dentro era bastante oscuro.



Lo de los cocoteros era un tema desconocido para mí. Parece que esos troncos tan rectos y flacos se hacen solos, no es necesario podar estas palmeras. Las ramas se van cayendo, lo mismo que los cocos.





Ésta era nuestra playa. Esas inocentes olitas tienen la estatura de una persona. Siempre está así el mar, si te quieres bañar tienes que nadar a través de ellas. Yo quise hacer la gran machada y me fui nadando más al fondo, pensando que allí apenas había que flotar, hasta que vino una de esas con tubo, que por su tamaño rompió bastante antes, y se me cayó medio Atlántico encima. Me arrastró como si fuera un papel más de diez metros. En un momento no sabía si podría salir a flote o tenía sobre mi cabeza cinco metros de espuma. La verdad es que salí, pero empecé a tenerle un poco más de respeto al océano.





También había piscina en el hotel y ahí pasé bastantes más horas. No había nadie más en todo el hotel. Nos dijo la dueña que no aceptaba ya más reservas después de nosotros porque iba a cerrarlo, tirarlo abajo y montar un complejo residencial.



12:59:39 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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