13 de julio de 2015
Brasil IV
Para llegar a Feira de Santana hay que internarse a través de varias carreteras secundarias para venir luego a enlazar con la BR-324, una de las arterias principales del tráfico rodado de Brasil. Esta autovía nada más hay que buscarla en las imágenes de Google para saber de qué trata.

En principio no me querían dejar ir, porque un europeo tirando a blanquito es un bocado demasiado apetitoso para toda aquella escoria de maleantes. Yo apenas tenía un espray defensivo que compré en Elche y un móvil viejo Samsung Ace obsoleto. Si me asaltaban con arma inferior a la pistola, esprayazo a la cara. Si era pistola o superior, les daba el móvil y los cuatro kleenex mugrosos que llaman reales.

Así que subimos al coche y nos adentramos por la carretera de la muerte. No tardamos en encontrarnos los primeros carteles de bienvenida. Welcome to Tijuana:



Allí suelen ir a tirar y meter fuego a los cadáveres. También muchas veces detienen los coches en marcha para desvalijarlos.

Esto es la trastienda de Brasil, el vertedero de los escombros y los desechos industriales. El policía más próximo está a dos horas de coche, suponiendo que se atreva a venir.





Conducir por aquí tiene su peligro. No conozco las cifras de mortalidad pero con los traicioneros agujeros y la mezcla de autobuses, camiones, coches y motos los muertos se contarán al año por docenas. No eché ninguna foto de los agujeros del asfalto, pero sí que grabé un vídeo mientras conducía. Los autobuses iban haciendo unas eses increíbles, sacando dos ruedas de la calzada para evitar un agujero. Yo iba conduciendo como en un videojuego, hasta que en una se me apareció un camión en el sitio por el que yo pretendía pasar para esquivar los baches y me los tuve que tragar. Se quedó la dirección del Chevrolet desalineada y fui hasta el hotel con el volante moviéndose solo.

Ésta es una zona industrial, de grandes empresas extranjeras que han arribado al calor de la mano de obra barata.



Ésta es la factoría Ford, que nada tiene que envidiar a la de Almussafes. Se conoce que de aquí mandan coches a EEUU.



Se cuenta una anécdota de Pirelli. Parece que hace unos cinco años se instalaron en este Estado y quisieron plantear el mismo sistema de incentivos que utilizaban en Italia: los incrementos de productividad acarrearían una prima para el trabajador a final de año. Y tantos neumáticos se vendieron, por encima de lo previsto, que se encontraron los trabajadores con cinco pagas extra de golpe. Ante la visión de todo aquel montón de dinero y la obligación de seguir acudiendo cada mañana a currar, la mayoría de jóvenes menores de 25 años se despidieron y huyeron cada uno por su lado a quemar los billetes en fiestas, alcohol, putas y otras menudencias. Pirelli se encontró bloqueada, sin poder atender su demanda, y exigió a los obreros que aún quedaban, casi todos padres de familia, hacer dobles turnos. Durante ese periodo allí cada día venía uno con la pierna cortada, el otro se dejaba una mano, el otro se caía dentro del horno. Así estuvieron hasta que volvieron a contratar, pero la consigna de Pirelli fue que todos los nuevos empleados tuviesen hijos a su cargo.

Luego ya llegamos hasta la ciudad industrial sin más contratiempo. Para entrar hay un atasquito bastante bueno. En realidad, toda la ciudad suele estar atascada, salvo las calles "residenciales" de favelas, puticlubs y criminales sentados en el bordillo.

Toda la ciudad, en realidad, es una pura favela. Cuatro edificios mínimamente dignos y el resto la pura cochambre de suciedad, escombro e ignorancia.





Bajé a comer al centro comercial. Si en Salvador de Bahia hace calor, aquí es mucho peor. Pasar de 40º es algo normal todo el año, aquí se gasta menos en calcetines que Tarzán en corbatas. Los dueños de estos coches igual van luego a meterse en una zahurda a cagar en palangana. Es lo que se dice: es un país de "contrastes". A ver cuándo vienen aquellos de "Españoles por el mundo" o "Callejeros viajeros" a grabar aquí.



Dentro del centro comercial ya tienes el estándar occidental. Aquí ya ni te acuerdas de que estás en Feira de Santana. Sólo hay uno de estos centros en toda la ciudad, para un millón de habitantes, con precios bastante bajos.



Este establecimiento es de comida "a kilo". En Brasil esto es lo que se suele tomar a mediodía, en lugar de nuestro "menú del día". Es un bufet libre pero al final la muchacha tiene una báscula, te pesa el plato y pagas a tanto el kilo. Aquí me cobraron unos 40 reales el kilo, lo que vino a dar unos 6€ para mi plato de medio kilo.



Podría España importar a muchas de estas muchachas que hacen el "atendimiento". Tienen paciencia infinita y siempre ponen muy buena cara. Podrían equilibrar un poco el desparpajo hispano que se gasta por aquí.

Al día siguiente volvimos a la favela a realizar varios papeleos. Esto, en principio, es el barrio noble, con el gran edificio al fondo.



Hasta vive nuestro amigo el diputado Carlos Geilson en su mansión. Si parecía histriónico Sánchez-Dragó, que ponía su nombre en la puerta de su casa, este amigo ya se pone el cartel electoral directamente, al lado de la parabólica.



Estuvimos en un despacho de abogados que se llama Pimentel & Vidal. Creo que hablamos con Vidal, más que con Pimentel. Era un tío más bien joven, blanco, con la nariz judía y el pelo rizado. Iba con una camisa blanca de manga larga. A mí (os podéis reír) me pareció un doble de Eric Ries. Tenía en su despacho varias estanterías con carpetones, papelajos, libros viejos. Trabajaba con un portátil en una gran mesa de madera, muy vieja. En el techo, un ventilador de grandes aspas, y en el suelo baldosas desgastadas que se movían al pisarlas. El tipo de picapleitos que buscarías para un juicio contra tu ex empresa. Eso fue lo que hicimos. Se firmó un contrato para darle una quota litis si ganaba la indemnización.



Luego fuimos a solicitar un certificado académico a otra zona aún más sórdida. Parece que el Ayuntamiento hace un poco como aquí: pone las instituciones oficiales en las zonas degradadas para ver si las reactiva. En este caso, era la oficina de gestión académica de la UEFS (Universidade Estadual de Feira de Santana).



Tienen su guasa los establecimientos de aquí. Uno se anuncia como "panificadora, bar y mercado". El otro pone el nombre de su tecnología principal: el frigorífico.



Tenía luego yo que arreglar la dirección del Chevrolet y lo pasamos por el taller. No había problemas de cita previa, nos atendieron enseguida y nos dijeron que volviésemos en tres cuartos de hora.



Estuvimos paseando por la ciudad. Alguna gente tenía aspecto normal, pero la mayoría por sus pintas entrarían en España en la categoría de carne de presidio. Tíos flacos como cañas, con la camiseta de publicidad de negocios locales. Camiseta para todo el año, que si se la quita se tiene sola en pie. El pelo como esparto, con polvo de hace semanas. Otros maromos de chancla, sin camiseta. Y aparte un montón de mendigos. La gente se cruza por las calles como quiere, yo renuncié a conducir inmediatamente.



Fuimos a lo que allí llaman el "Feiraguay", el mercadillo de importación del Paraguay. Obviamente, todo es un puro contrabando. También hay un servicio añadido que no lo he visto aquí: cuando te roban el móvil puedes ir a recomprarlo. Nadie ni tan siquiera pregunta de dónde lo han sacado, no vale la pena dar la vida por el móvil.



Luego estaba yo tan acalorado que decidí meterme en un hospital, a ver si había aire acondicionado. No había más que moscardas revoloteando a los heridos. Un ventiladorcillo allí al fondo y la gente con muletas y vendajes, en una sala con las paredes pintadas de verde a rodillo y un mobiliario también viejo y cochambroso.

De lo último que hice allí fue sacar dinero en el Banco do Brasil. Esto está otra vez dentro del centro comercial. Parece que estas colas son lo normal, nada de corralitos. Todas las gestiones se hacen en los cajeros, si quieres ser atendido en la oficina tienes dos horas de cola. La gente hace allí transferencias y no sé qué más, casi ninguno saca efectivo. También creo que vienen al centro comercial porque ir a sacar de un cajero en las favelas y tener la navaja en los riñones es todo una misma cosa.



Fuimos luego a otro abogado, que además es dueño de un periódico. Primero esperé yo fuera cuidando del coche. Era aquello el mismo centro de la ciudad. En un lado de la avenida, un mulato andrajoso y con manchas de grasa iba poniendo conos en los aparcamientos libres para quitarlos cuando alguien le pagaba. En el otro lado, un moreno hacía lo propio, pero aparentaba menos agresividad, aunque físicamente era un armario. Éste es el gorrilla más avanzado que yo he conocido, porque estuve allí más de una hora dentro del coche y pude comprobar que cobraba a los clientes al ir a recoger el coche, en función del tiempo que habían estado.

Poco más hice por allí. Dicen los lugareños que la mayoría de los nacidos allí nunca han salido de la ciudad. Aquello es el único mundo que conocen.

Volvimos luego con el cochecito por la misma carretera. En varios lugares encontramos a grupos de niños que estaban con unas palas haciendo como que tapaban los agujeros y nos pedían dinero. Cierto es que no nos impedían el paso. También cierto que era evidente que los agujeros, más que cerrarlos, los abrían para que tuvieses que pararte.

Más adelante, a la salida de una gran rotonda, con doble carril, se cruzó un individuo descalzo, con camisa y pantalones largos, que no eran de su talla. Se puso a gritar con la mano levantada enfrente de un trailer y paró toda la fila de vehículos. El camión incluso intentó hacer marcha atrás pero los otros le pitaban. Yo intenté arrimar el coche al arcén para que no me aplastase. Al final no hubo marcha atrás, entre pitos y protestas el tío se acercó a la ventanilla del camión y entregó o recibió algo.

Por más vueltas que le doy, lo único que se me ocurre es que aquel maleante vendía droga y había ya contactado con el del camión. También es posible que simplemente dijese que le diesen dinero o no le dejaba pasar. No tenía armas de fuego. Si a mí me para, bajo y le pego un esprayazo a la cara. Y luego dos hostias.

Lo siguiente que vimos, y que no fotografié, fueron los ladrones de gasoil. En un pueblecillo favelesco llamado Candeias estaba yo en un semáforo detrás de un camión y veo cómo rápidamente saltan cinco jóvenes con unas garrafas, abren los depósitos del camión y succionan con unas pequeñas bombas. Antes de que se ponga en verde (lo tienen bien sincronizado) están las garrafas llenas. El del camión no se enteraba o no se quería enterar. Tampoco se les ocurre poner llave en los depósitos, que es lo que hacen en España. Simplemente, según me han comentado, repercuten esa pérdida ordinaria de gasoil en el precio al cliente, y tan contentos.

Lo siguiente que me encontré fue una macumba, un hechizo del Candomblé. Se suelen preparar y abandonar en las carreteras.



Alguien quiere purgar sus pecados o desatascar sus canales de energía y atraviesa un tubérculo con 45 palillos y lo deja en un plato sobre sal gruesa.



Ya de vuelta en la posada, tiré a tapar el sol de la ventana y sólo encontré una bandera de Brasil. En la bola central hay escrito: "orden y progreso". Nótese que no pusieron "sexo y violencia".

18:53:21 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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