26 de junio de 2015
Brasil II
Después del ajetreo de la noche anterior, desperté mal dormido. Estaba en la habitación de lo que allí llaman "posada", que es una especie de hostal. Estaba en la planta baja y ni tan siquiera el ventilador del techo y la ventana abierta podían quitarme el calor.

Nada más entré al cuarto de baño me di cuenta de que las ventanas no tenían cristales. No los necesitan.



A 12º de latitud sur el invierno no existe. Ni tan siquiera nuestras "olas de frío" u "olas de calor". Allí no conocen el frío, como ya indicó Gabriel García Márquez en el primer párrafo de Cien años de soledad.

Por poner una cifra, la temperatura mínima absoluta de toda la serie histórica de la ciudad de Salvador de Bahia es de 12 grados. Y esto, muy probablemente, se debiese puntualmente a una tormenta. También, la máxima absoluta es de 37º, mucho menos que en Alicante. La amplitud térmica entre el día y la noche no supera los 6º, con una humedad que rara vez baja del 80%.

Desayuné y salí a dar una vuelta. Este pueblecito está prácticamente todo empedrado y es una anomalía en su entorno. Parece que fue adquirido completamente por un alemán, a mediados del siglo XX. Esto allí lo explican con naturalidad, que el tío compró el pueblo. Yo no lo entiendo muy bien, pero supongo que se trataba de un latifundio que incluía dentro las casas de los nativos.

El alemán lo que hizo fue convertirlo en un negocio turístico. Primero controló con mano de hierro toda la violencia y las cacicadas, y luego negoció con varios empresarios la construcción de los primeros hoteles. Después puso publicidad en Alemania y pronto tuvo llenas todas las habitaciones. Esto fue dándole una cierta marca a la "playa del fuerte".

No tardaron mucho en llegar turistas de las grandes urbes brasileñas y en arrancar un negocio aún mejor: la construcción de viviendas de lujo.



De esto la población nativa poco o nada sabe. Ellos viven en sus casuchas de colores sentados en el porche y saludando a todo el que pasa. Puedes creerte que estás en un poblado africano. Muchos no trabajan y los otros lo hacen a medio gas. No tienen entre sus prioridades ni el enriquecimiento ni la ambición. Allí la vida es fácil, es sencilla y a veces corta.



A veces sí que montan algún negociete, el de esta foto se llama "Eliane modas" y anuncia accesorios masculinos y femeninos. Si vas y tocas a la puerta igual sale o igual tienes que preguntar a la vecina, que te dice que la ha visto salir y que estará al caer. Luego llega con una cesta de patatas en la cabeza, con las que va a hacer la cena.



Otros se pintan la pared de su casa en plan graffiti con un pincelitos y acuarelas. Lo de "intringuly chinguly" parece que es una frase de un viejo cómic argentino. Intringuly Chinguly Huu Huuu y se transformaba en Superhijitus.



Luego está la calle principal, que es la que se vende directamente al turista. Aquí los precios son desorbitados, no le tienen nada que envidiar a los de la Milla de Oro de Madrid. A 3,2 reales cada euro, igualmente un vestidito de trapillo te sale por 80€.

Estos negocios ya son un poco más serios, pero las clavadas son de escándalo. Parece que, gracias a las expansiones monetarias de ese genio llamado Lula, el real no para de caer y la inflación va tomando proporciones que asustan. La gente que hace un año se paseaba por esta calle comprando lo que le daba la gana y comiendo donde quería, ahora no puede creerse los precios. Pero sigue habiendo gente con dinero que sigue gastando como si nada pasara.



Una cosa que me llamó la atención fueron los macacos. Hay a millones y se suben a los árboles esos del fondo. Son peludos y pequeños, con un rabo muy largo. Parecen una mezcla de gato y ser humano. Los turistas les tiran nueces abiertas y ellos van comiendo.

Hubo uno que andaba comiendo afanosamente con las minúsculas manos y tenía al lado un gato. El gato comía al lado como buen camarada, pero el cabroncete levantó la cara y le pagó un sopapo. Cuando el gato le enseñó los colmillos, el muy cobardica se tiró árbol arriba en una exhalación. Cómo se nota la estirpe homínida.



Quise otro día ir a visitar la "mata de Sao Joao", un cacho de selva virgen que ha crecido directamente sobre la arena.


Aquí la arena de la playa no es esa franja estrecha del Mediterráneo. Se extiende durante muchos kilómetros y crece el follaje sobre ella. También los pueblos están encima de la arena.



Es pura arena todo lo que pisas. Hay caminos por los que puede pasar el coche y también las bicicletas. Sale la gente por allí a correr, a 30º.



Estuve, en medio de esta floresta, en un museo que tenía varias serpientes autóctonas disecadas. Me dijeron si quería que abriesen la jaula y podía coger una viva pero decliné la oferta.

Luego estuve visitando algunas otras posadas para intentar buscar el aire acondicionado, porque no creía que pudiese soportar aquello durante quince días. La que más me gustó fue una que estaba metida ya en la jungla, en la espesura de cocoteros y plantas raras. El tío nos esperó a la entrada y tuvimos que caminar con él casi un kilómetro para llegar al sitio.



No había nadie allí alojado porque era temporada baja y no paraba de lloviznar. Lo que me echó para atrás fueron las nubes de mosquitos, que no paraban de picarme.







Otro día decidí que quería ver el entorno real del estado de Bahia, no el parque temático del alemán. Cogimos el cochecito alquilado y nos fuimos a tocar las narices por ahí.





Todo es una pura cochambre. La gente no tiene coche y va mojándose en la moto. Otros directamente no tienen zapatos. La población urbana tiene miedo de ir por aquellos pueblos.



Una casa destartalada con una tienda en medio del barro es el único lugar para tomar algo.



Aquí no quieren venir los chinos a poner el bazar. Aquí el chino se llama el "tenho tudo". El de la foto no quiso presumir y puso "quase tudo".



Lo que no falta ni aquí ni en ningún lugar atrasado y miserioso es la religión. En este caso, esta "asemblea de Deus" parece cristiana al 100%. Otras veces aparecen las mezclas con el Candomblé, la Umbanda, el Batuque o lo que sea. Los ritos africanos previos a la colonización mezclados con el cristianismo. A esto lo llaman el "sincretismo".



El ambientillo aquí es tranquilo. En cierto modo, España se parece mucho a esto: un atraso matriarcal en el que la sociabilidad y la tradición dominan sobre la racionalidad y la innovación. Se vive para el bailecito y para saludar al vecino las tres veces que pasa al día.





No es fácil echarle fotos a la cara a la gente. Desde luego que sería una práctica poco recomendable en estos pueblos. Había en las mugrosas tabernas grupos de "descamisados" sentados en cajas de madera y con una litrona en la mano. Sus mujeres adecentan la chabola e intentan cocinar cualquier verdura del huerto mientras ellos arreglan el país y esperan el siguiente negocio sucio.



Queríamos llegar a las dunas blancas de Diogo, y para eso había que meterse por caminos en mal estado y con barro.



Estas dunas fueron de lo mejor del viaje, pero de ellas hablaré en la siguiente entrega.

17:56:24 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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