23 de mayo de 2015
Brasil I
A principios de este mes he hecho un viaje a Brasil, al estado de Bahia. Nunca he tenido una especial preferencia por Brasil, pero por motivos que no hace falta explicar me venía bien ir allí a pasar 15 días haciendo turismo y algo de papeleo. Encontré unos vuelos baratos con Air Europa y una amiga nos cedió una habitación de su posada en Praia do Forte, unos 70 km. al norte de Salvador de Bahia. He vuelto con cinco kilos menos y la epidermis chamuscada, pero también satisfecho por haber descubierto un gran país. Aquí van mis experiencias.

Salimos de Alicante con un avioncito de juguete, con las hélices de plástico, que tenía que cargar las maletas de mano en la bodega porque no cabían dentro. Había, por ahí por la Mancha, unas pequeñas "turbulencias" que me marearon y casi me hicieron vomitar. En el aterrizaje veía yo los árboles inclinados por el viento mientras la cáscara de nuez aquella iba dando bandazos. Llegamos con retraso y salió todo el mundo corriendo para enganchar con los otros vuelos. Yo seguí las flechas hasta que acabé dentro de una tienda con una gente allí llamándome para mostrarme productos y sin saber para dónde tirar. Parece que está ahora de moda en los aeropuertos poner un circuito por dentro de las tiendas como forma obligatoria de llegar a tu puerta de embarque.

Entramos de los últimos en el Airbus 330, que ese sí que tenía 60 m. de largo. Despegamos a eso de las dos del mediodía y a aquel mastodonte las turbulencias no le hicieron ni cosquillas. Estuve tan tranquilo leyendo y escuchando música. Iba yo todo ilusionado por ver el sol del Ecuador y por "saltar el charco", cosa que nunca había hecho. Iba vigilando la geoposición del avión en la pantallita: primero pasamos sobre las Canarias, luego bordeamos la costa africana y allí por Dakar nos adentramos dirección sur en el Atlántico. En el Ecuador levanté la ventanilla y, en efecto, la luz era cegadora y el cielo tenía un fondo negruzco.

Aterrizamos en Salvador a las 22:30 hora local, cinco horas más en España. El aeropuerto estaba muy silencioso y tranquilo. Pasamos el control de pasaportes y esperamos nuestras maletas. Salimos al aparcamiento y nos dimos de bruces con el aire caliente y pegajoso, como de noche de julio en el Mediterráneo, pero aún más húmedo. El bochornazo era totalmente asfixiante. Hablamos con el tío que nos esperaba, de la empresa de alquiler de coches. Firmé el contrato, me pasó la tarjeta por el TPV portátil, me dio las llaves y salí de allí conduciendo un Chevrolet Celta de 1.000 cc. Íbamos a buscar la famosa churrasquería Boi Preto, una institución culinaria de Salvador de Bahia.

Nada más toqué la calle vi que no tenía apenas gasolina. Me metí en una gasolinera, bajé del vehículo y se quedaron los operarios asustados mirándome. Allí no es costumbre bajar del coche para repostar, y menos un sábado casi a medianoche. Allí se le da la llave al negrito por la ventanilla, que abre el depósito, enchufa la manguera, pone la cantidad deseada, cierra el depósito, devuelve la llave, saca el TPV portátil y pasa tu tarjeta. Luego te vas sin poner el pie en tierra.

Ya salir de la gasolinera fue una aventura. No hay allí eso que llaman carril de aceleración ni hostias, tienes que salir directamente a una autovía de dos carriles con el coche parado. Tampoco es que visibilidad hubiese demasiada. Acabé saliendo como pude y un autobús tuvo que pegar una frenada brutal detrás de mí. Continuamente empecé a encontrarme un tío con unas chanclas cruzando a saltos una calle de cuatro carriles, el otro con la bicicleta y sin luces saltándose todo tipo de semáforos, grupos de maromos sin camiseta por la calle, prostitutas con el pelo rastafari y la falda al nivel de las bragas, calles y más calles de chabolas, favelas, restaurantes apestosos, negocios de quincalla, coches desguazados, cristales rotos, individuos que aparentan vigilar algo. En según qué barrios, es obligatorio saltarse los semáforos en rojo si se quiere salir con vida. Uno me tuve que saltar a tenazón porque los demás me pitaban. En plena noche, con la mala iluminación y el calor sofocante todo aquello me parecía un descenso al infierno de Dante.

Llegamos al Boi Preto y de repente seis tíos trajeados (que no sé cómo lo hacen para no sudar) mirándonos mientras aparcamos. Saludamos y el jefecillo asiente con la cabeza a los demás. Podemos pasar. Las armas, no muy disimuladas, al cinto.

Entramos y fue una inmediata decepción. No sé si era ya demasiado tarde, pero allí no quedaba casi nadie. Tomé un plato y pasé por el bufet libre en plan tapas, luego unas lonchas de carne y sin postre. Se pone un tío a mirar cómo comes para adelantarse a tu deseo. Si tiraba a beber agua, al dejar el vaso una mano por detrás me lo llenaba. Si el plato estaba casi acabándose, venía el tío con el churrasco ensartado y te cortaba otro trozo. Eso es lo que se considera lujo en Brasil, el sistema esclavista de poner a un africano a abanicarte mientras otros vigilan con fusiles en la puerta para que no te puedan asaltar. Realmente, yo ya no tenía mucha hambre y comí muy poco. Unos 100€ para dos personas me costó. No recomiendo a nadie pasar por allí.

Al salir, como no acertaba a poner la marcha atrás del Chevrolet, metí un par de golpes en la pared que dejaron unas marcas. Estaba yo ya nervioso. Salí otra vez al caos de las calles y quería parar a ver el parachoques cómo había quedado. La policía había detenido a dos maleantes en una moto y a nosotros nos dejó pasar. No podía acertar con el camino hacia Praia do Forte porque cada vez que tenía que meterme por un sitio no podía cambiar de carril porque se metían todos a toda leche. Otra vez me encontré en medio del carril un cono de plástico que se había desplazado por el viento. Allí los conos no son pequeños como aquí, son casi tan altos como el coche y anchos como un biombo.

Al final, cuando ya enganché la autopista llegamos al peaje. Quería yo pagar con tarjeta porque no tenía reales brasileños. Nada. Imposible. Sólo en efectivo se puede pagar en ese peaje. Llamaron al jefe, luego al jefe del jefe, luego me dijeron que abrían la cadena y que podía dar media vuelta. No existe ningún recorrido alternativo para llegar a Praia do Forte, sólo el peaje. Otra cuestión es que los cajeros automaticos cierran a las ocho y casi no hay cajeros 24 horas.

Dando vueltas otra vez por Salvador encontramos una zona de bares en la que se anunciaba un cajero 24 horas. Allí había un enjambre de jóvenes riendo y bebiendo en la calle. Una muchacha me vino disparada a saludar al coche, aunque no la entendí. Saqué unos billetes como kleenex arrugados y mugrosos. Volví al peaje y ahí pude pasar.

Unos kilómetros dentro ya de la autopista hubo un frenazo y nos paramos. Pasaron los dos de delante y vi que había unos conos y un coche de policía. Tenía delante un camión con las luces apagadas y pensé que estaba parado por un accidente. Quise entender que tenía que bordear el camión por la derecha. Tiré a pasar y se puso el poli a gritar. Intenté dejar el coche en el arcén y me lo vi pipa en mano, un pistolón de aluminio cromado, con calibre para agujerear la puerta de un camión, apuntándome y gritando colérico. Paré del todo y levanté las manos. Lo que gritaba, pude entender, era que parase el motor. Paré el motor y me pidió la documentación. Entregué mi pasaporte y la documentación del coche. Miró que tenía el cuño de la Policía Federal de ese mismo día y me dijo que "fuese con Dios". También antes dijo que estaba nervioso porque allí había habido varios muertos. Yo no sé si los muertos habían sido a tiros o por accidente de tráfico. En cualquier caso, seguí camino hacia el pueblecillo de marras.

Unos kilómetros más adelante alcancé al camión que estaba antes parado. No tenía las luces apagadas, sencillamente no tenía luces traseras. No había, no llevaba detrás luz ninguna.

En plena autopista y sin iluminación te encuentras a gente que cruza andando o en bicicleta. A veces en grupo. Está todo lleno de señales amarillas que indican peligro porque los peatones cruzan por donde quieren. Hay también pasos de cebra así directamente en la autopista. La velocidad máxima a la que yo iba era 80, pero la gente va a 100-120 sin problemas.

Llegamos a la entrada de Praia do Forte. Allí los resaltos si se pasan a más de diez por hora hacen que el Celta parezca el coche fantástico. Y los ponen justo en el carril de frenado. Luego hay cuatro kilómetros de adoquinado y por fin llegas al pueblecillo. Fui directo a la cama y no me preocupé de mirar nada. Ya en la siguiente entrega iré poniendo fotos.

12:04:01 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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