31 de agosto de 2014
Ford ha vuelto
ford

Hace seis años y medio estuve intentando leer la última novela de Richard Ford, titulada Acción de Gracias. Esta novela era la tercera parte de la llamada "trilogía de Frank Bascombe". Y siendo Ford un escritor tan admirado por mí, sobre todo por su irrepetible El día de la Independencia, tuve que reconocer aquí que no me gustó nada. Pensé que Ford tenía ya sus mejores libros detrás, que había perdido la creatividad, como suele suceder a los escritores ancianos.

Pero estaba yo muy equivocado, y Ford lo ha demostrado con su última obra maestra: Canadá.

Esta novela sale de la temática más actual, deja de hablar de Frank Bascombe y narra el triste destino de una familia norteamericana media en los años 60. Un padre militar, algo tonto, que se va metiendo en líos, buscándose cada vez más problemas pero sin perder la fe en su país y en la protección que supuestamente le brindaría el tío Sam. Una madre que simplemente es víctima de un embarazo no deseado y de un matrimonio que ni eligió ni la satisface. Un par de hijos medianamente felices hasta que sus padres acaban en la cárcel.

Sobre los mimbres de una trama más o menos extraña, Ford despliega unos recursos literarios que me atrevería a calificar de cumbre de toda su obra. Si en Acción de Gracias se dejó llevar por las parrafadas farragosas y los textos de relleno, en Canadá no sobra ni una coma, es un libro limpio y sincero, muy bien acabado. Es un libro sobre el fracaso, sobre la pérdida de seres queridos y sobre la soledad.

Porque para mí Ford es un narrador lírico, un escritor preocupado más por el paso del tiempo, el autoconcepto, el mundo de las emociones y la descripción de los paisajes que por el desarrollo de un asunto novelístico. De hecho, es muy evidente que no quiere desarrollar una intriga en su novela, incluso la mata antes de que surja. Como ejemplo, copio este párrafo de la página 423:
Era de cara rubicunda y llevaba un peluquín hecho de un material que simulaba un pelo negro brillante y lacio, que se asentaba en lo alto de la cabeza redonda y que no podía parecer menos natural. [...] Más tarde, cuando Jepps recibió el disparo y cayó muerto en el piso de mi casucha, y yo, aunque aterrorizado, me vi implicado en el hecho de moverlo, tuve que recoger el peluquín, algo terrible.
Es decir, que para hablar del peluquín destripo ahora todo el final. A Ford no le interesa nada la narración, lo que quiere es la descripción de paisajes, pensamientos, sensaciones, emociones y hasta olores. Sus novelas no son adaptables al cine, y eso le trae completamente sin cuidado.

En resumen, para mí Ford ha desbordado hace tiempo el realismo tradicional norteamericano de los Hemingway, Salinger, Updike, etc. Ha desarrollado un camino propio y se marca sin complejos un novelón de gran calibre a sus 70 años. Una lectura más que recomendable.

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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