26 de enero de 2013
El problema de Aaron Swartz
Hace unos días que tenía ganas de escribir una reflexión sobre el suicidio de Aaron Swartz. No es que lo lamente más que los cientos que se están produciendo en España, pero sí que viene a cuento de la idea que tengo yo de Silicon Valley.

En general, todos hemos visto el ambientillo que se gastan por allí cómo es:



Que si van a trabajar en zapatillas, que si odian los trajes, que si fiestecitas con pizza y cervezas. Todo el mundo sabe que el ambientillo de las start-up es infantiloide, propio de adolescentes. Se tiene la imagen de los programadores como gente muy joven, cosa que sólo se corresponde parcialmente con la realidad. Pero ¿es de verdad tan joven la gente que ha terminado su grado en informática? Tienen 22 ó 23, aún están en edad de hacer actividades, de soñar con un cochecito, de viajar compulsivamente, y hasta de ir a una fiesta a estar de pie tomando pizza y cerveza. Pero cuando ya vamos a plumas de pollo y a oficinas llenas de ositos de peluche, está claro que algo no funciona bien. Y digo esto desde mi década de experiencia como educador. Silicon Valley tiene un grave problema con la inmadurez, con personitas que sólo han desarrollado una parte de la mente y han dejado infradesarrolladas y tal vez atrofiadas las otras áreas, como por ejemplo la maduración psicoafectiva.

La persona para su desarrollo correcto y armonioso necesita la literatura, la música, las relaciones afectivas. Si el chaval sólo vive en los códigos, tendrá un CI muy alto pero va a quedar como un enanito emocional, como le pasó a Aaron Swartz. El trabajo del sistema educativo es evitar que esto suceda.

El ambientillo de instituto que se ha impuesto en la informática me causa un gran rechazo. Yo sé mejor que la mayoría de vosotros lo que es ser adolescente, porque no hablo sólo desde la memoria propia sino desde mi experiencia de cada día. Ser adolescente es una gran cabronada, y ello es así porque el adolescente no está hecho para ser realmente feliz sino sólo para aparentarlo. Y digo esto pensando en el factor evolutivo: la genética lo que quiere es que sobrevivas, y para ello te da una gran dependencia del grupo. El adolescente está hecho para depender del qué dirán y de la presión del grupo, aunque eso implique grave dolor y limitación en ocasiones. La naturaleza no quiere que el chaval vaya por su cuenta, porque se la puede pegar. Por eso lo hace tan inseguro. Y por eso lo hace también tan alegre y simpático, sólo para que los demás lo ayuden. Pero en el fondo es un gran egoísta y un gran cobarde. Esto era Aaron Swartz, un niño que nunca pudo crecer, que se suicidó por el qué dirán, por ser incapaz de asumir ni sus errores ni su destino.

Por eso, si yo fuese un titulado de Stanford y estuviese buscando mi primer empleo, iría directamente a aquellas empresas que me den posibilidades de madurar, de hacerme un hombre. Iría allí donde las secretarias llevan maquillaje y los directivos corbata, allí donde los sillones son de cuero y se pisa la moqueta con los mocasines. Nunca iría allí donde juegan al futbolín y en el techo se ven las tuberías del aire acondicionado. Porque sería evidente que en estas segundas empresas van a intentar fijar y potenciar mi inmadurez con fines no muy claros, tal vez para que siempre dependa de ellos y de su "gran familia" sin pedir más derechos, o tal vez para que siga en mi timidez y no intente establecerme por mi cuenta. Y, por supuesto, sacaría tiempo para leer a Richard Ford, a John Updike, a Norman Mailer y a los grandes escritores de ese país, que los tiene.

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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