14 de julio de 2008
Pajilleros literarios
Están las vacaciones por fin tomando cuerpo, después de unos días de excesiva inactividad. Estoy haciendo muchos kilómetros en bicicleta, montañas adentro, en la soledad del asfalto caliente. Estoy también volviendo a conocer mujeres por la Red, con experiencias más positivas que en mi primera etapa. Oigo a ratos el ruido de fondo de la economía. Hoy mismo Martinsa-Fadesa ha suspendido pagos. La empresa que abrió las montañas de Pego ahora puede dejarlo todo a medias.

El sábado estuve por La Vall de Gallinera con la bicicleta, subiendo al tran tran, con viento a favor. Bajaba luego a buen ritmo, mirando la negra tormenta que subía desde Pego. Me adelantó otro ciclista con su cuadro de carbono y sus piernas depiladas. Me puse a su rueda y en el primer repecho lanza un ataque desaforado. Yo se lo aguanté de sentado, como los ciclistas de pista. Al llegar arriba se gira y allí estoy yo, a dos deditos de su rueda trasera. Pone cara de miedo, niega con la cabeza, baja el ritmo. Ya se pone blandito, ya quiere hacerse amigo. Se cree que no sé que está reventado y además cagado. Un pequeño latigazo y me lo hubiese dejado de rueda, aunque hace años que he dejado las carreritas para idiotas.

Hace varias semanas sí que casi se me escapa la mano para darle una sopa a uno. Con su mountain bike, me adelanta con un simpático saludo, luego no sabe mantener el ritmo y lo acabo alcanzando. Había acelerado para adelantarme. Se me pega a rueda y allí se tira kilómetros, primero en la bajada y luego en llano y repechos. Cuando llegamos cerca del cruce de Orba, en la cuesta, me tira un ataque y me deja de rueda. Yo iba a cruzar Orba para volver a Pedreguer, pero decido seguirlo. Lo veo meterse hacia la Vall de Laguar. Cuando me meto, me lo encuentro reventado, la cara roja empapada de sudor, con el plato pequeño en un tramo llano. Me quedo mirándolo y me pregunta de qué pueblo soy. Le pregunto qué tipo de ataques hace y me responde haciéndose el gallito. Ahí es cuando levanto la mano y se calla la boca. Luego le pregunto si tiene huevecillos de volverme a dejar de rueda. Seguimos subiendo algunos kilómetros hasta que encuentra un camino pedregoso, se mete y tengo que dar media vuelta.

Unas semanas antes, la misma historia: bajando de Castell de Castells hacia Benigembla, me adelanta un grupo de cuatro. Primero los dejo, pero luego veo el culo gordo de dos de ellos y decido subirme al autobús. Acelero y les recupero la distancia, luego descanso tranquilamente a rueda. Al llegar a Benigembla, deciden pararse allí en la rotonda, con las pulsaciones a 200. Yo sigo mi camino.

Cuando empecé en el ciclismo, hace 18 años, la gente se daba rueda, se formaban grupos improvisados. A veces te acoplabas a un grupo y pasabas la tarde con ellos. A veces se paraban a ayudarte a arreglar un pinchazo.

Del sábado tengo también otra pequeña imagen: unos ingleses en Sagra tenían montada una barbacoa y charlaban alegremente. Siempre me asombra la capacidad de los ingleses para hablar como aristócratas allí en su adosadito pladuresco, en el patio del tamaño de un cuarto de baño, asando salchichas y chorizos. Eran unos jubilados alegres, flacos, morenos como el cuero curtido. La crisis les bajará los precios de todo y les reducirá el tráfico de la calle.

Hay una sensación en España de transitoriedad, de una prueba que debemos pasar para salir reforzados. Yo creo, en cambio, que llegará un momento en el que lo que ahora llamamos crisis se vea como lo normal, en el que la gente no recuerde otro tipo de economía que no sea la pérdida continua de empleos y la lenta pero inexorable deflación. Siguen muchas obras en marcha y ya hablan de recuperación. Pero para la recuperación hará falta primero destruir el actual modelo productivo, luego construir otro modelo productivo, luego pagar nuestras deudas. Difícilmente España podrá competir en el exterior si su motor económico pierde compresión por los miles de millones de euros que se irán al extranjero en intereses de los créditos privados. Económicamente, veo una decadencia lenta y que durará décadas. Socialmente, espero que recuperemos los valores tradicionales y se nos quite la imbecilidad.

Me ha interesado también estos días un artículo sobre la superficialidad de los lectores en internet. Habla de esa excitación que todos hemos experimentado en la Red, un aumento de la velocidad mental al tiempo que una simplificación del pensamiento, como un pajillero que va de foto en foto y no disfruta ya de la experiencia real. Hay un componente también de ansiedad:
Me doy cuenta sobre todo cuando leo. Antes me era fácil sumergirme en un libro o en un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en la narración o en los giros de los argumentos y pasaba horas paseando por largos tramos de prosa. Ahora casi nunca es así. Ahora mi concentración casi siempre comienza a disiparse después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. La lectura profunda que me venía de modo natural se ha convertido en una lucha.
Esto, aunque Nicholas Carr no lo mencione, es algo tan viejo como la literatura. Al aumentar el volumen de información disponible, los escritores acostumbrados a la escasez se pierden en un marasmo de citas y referencias. Con la aparición de la imprenta y el abaratamiento de los libros hubo un Renacimiento, pero también surgieron este tipo de patologías, la continua cita, glosa y referencia de otros escritos. Quevedo esto lo ridiculizó muy bien.

Más recientemente, con la popularización de la prensa escrita, Baroja se quejaba de algunos escritores pseudocultos que se "atiborran de artículos". Ortega y Gasset también se quejaba de que sus lectores ya no reflexionaban ni cinco minutos sobre sus ensayos.

Todos conocemos a esa gente que lee las novelas a 60 páginas la hora. Yo en la facultad conocí a algunos, todos ellos muy mediocres. Es una suerte de ansiedad propia de inexpertos. Yo hace tiempo ya que en internet leo cada vez más despacio. Últimamente, hasta libros enteros en la pantalla. Hace tiempo que me he librado yo de ese "fenómeno":
Cuando les menciono mis problemas con la lectura a amigos y conocidos —la mayoría de ellos hombres de letras— muchos dicen estar experimentando algo similar. Mientras más usan la Red, más tienen que luchar para concentrarse en escritos largos. Algunos de los bloggers que sigo también han comenzado a mencionar el fenómeno.
Hay algunos que llegan a pedir que se eviten en internet los textos largos. Muchas horas conectado sí, pero con una papilla de textos breves.

Estos comentarios aparecen en mi artículo sobre meetic:
Qué risas me he echado esta tarde leyendo todos los comentarios sobre el artículo este de las 13 chicas!

...

Había leído tu artículo hace unos meses y de vuelta he estado leyendo todos los comentarios.

...

Quiero decir que me ha causado mucha gracia lo que escribió Alberto, he pasado algunas horas, porque de rato en rato hacía otras cosas, leyendo todos los comentarios que se han escrito en este bloque.
Hay 467 comentarios en ese artículo, algunos más largos que el mismo artículo (que es largo de por sí). Según Word, son casi 100.000 palabras en total, la mitad de una novela no muy larga.

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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