4 de marzo de 2008
Memorias Periodísticas II
Con todo lo que me gustan los ordenadores, me estoy dando cuenta de que tienen un efecto excitante, aceleran nuestro ritmo cerebral y disminuyen nuestra profundidad sensitiva. Esto lo puedo decir porque para mí parece que fue ayer cuando nunca encendía un ordenador y pasaba las tardes leyendo libros. En aquellos tiempos mi pensamiento era más lento pero más complejo.

No quiero meterme ahora con nadie, pero es posible que esto ocurra no sólo al que escribe sino también al que lee.

Contra eso, escribo mis memorias. Busco en mis recuerdos, reflexiono, me detengo en observar mi pasado desde esta perspectiva. Por supuesto, no estoy en "la última vuelta del camino", ni tan siquiera creo haber llegado a la mitad. Pero ya hay un trecho largo recorrido y no es bueno avanzar sin asimilar lo aprendido.

Voy a contar mi relación con uno de los mejores y más canallas empresarios que nunca he conocido, el primero y único que me ha pagado una nómina. Dos veces me contrató y ninguna me despidió. Incluso el carnet de moto me lo financió. Con una simple referencia a él, me concedieron el crédito de mi primer coche. Y con todo, me explotó miserablemente.

Este empresario se llamaba Rafael del Castillo y había nacido en Ciudad Real. No sé si sus orígenes eran muy humildes, aunque a mí me parece que sí. Tampoco sé a qué edad se trasladó a Valencia, pero bastante joven. Estuvo de agente de seguros, de director de alguna agencia, y no sé por qué cruce de cables fundó un periódico llamado "Valencia 7 días". Luego fundó otros dos, que fueron en los que yo trabajé: Superdeporte y El Boletín de Empresas, Empleo y Finanzas.

Era un tío flaco, nervioso, de piel bronceada, estatura media y el pelo peinado con gomina, sin canas ni alopecia. Parecía más joven de lo que era, tendría unos 43 años. Cuidaba mucho su aspecto. Tenía un carácter aniñado, se reía continuamente, todo eran bromas que gastaba.

Era un lunes de junio de 2001 cuando me llamó una secretaria para entrevistarme con él. No me dieron cita para otro día ni nada, había que coger el coche y presentarse allí. Yo estaba a cien kilómetros.

Llegué, saludé todo nervioso y me pasaron a su despacho. No hubo truquitos de "espérese aquí" para poder observarme por una web cam ni historias de esas. Me sentó delante de su mesa y me dijo: "aquí hay que cubrir una sustitución de una correctora que está enferma y será sólo para el verano". Esto ya me lo había dicho la secretaria. Yo le dije: "no hay problema, esto yo luego me lo pongo en mi currículum y me busco otro trabajo". Y el tío enseguida saltó: "¡Eso es! Así me gusta, gente con ganas de trabajar". No sé si firmé el contrato esa tarde o al día siguiente, la cuestión es que nos levantamos y me hizo una visita guiada por todo el periódico:

"Aquí es donde están los redactores, aquí los maquetadores, aquí trabajarás tú...". Todos los ordenadores eran MacIntosh. Los redactores tenían unos viejos PowerMac con pantallitas de 13" y carcasas de plástico marrón, todo en una pieza, con la disquetera debajo del monitor. Los teclados eran grandes y estaban más machacados que los escalones del Micalet. Tenían roña fosilizada entre las teclas. Los redactores escribían muy rápido, leyendo de un pequeño papelito escrito a mano y sin apenas mirar la pantalla. Yo entonces pensé que eran unos fieras por escribir a aquella velocidad. No me daba cuenta de que quien se tendría que comer luego las erratas era yo.

Los maquetadores trabajaban en otros Mac más modernos llamados G4. Tenían pantallas de 17" y los gráficos se veían muy bien. Como era un periódico deportivo, donde el diseño contaba mucho, pues era una sección importante. Al lado de los maquetadores, en otro PowerMac viejuno, trabajaría yo.

Del Castillo, cuando acabó la ronda, me dijo: "tu trabajo es venir aquí por la tarde, leerte el periódico y marcharte a tu casa, ¿qué te parece?".

Me parecía genial.

Yo tenía sitio donde quedarme en Valencia porque mi hermano y sus compañeros de piso se marchaban en verano. Me instalé allí solo y sin conexión a internet y me traslaba todas las tardes, a eso de las tres y media, al periódico, en la otra parte de Valencia. Mi Ford Fiesta sin aire acondicionado a esas horas era un verdadero horno. Llegaba sudado a la redacción y luego me secaba en un minuto porque mi mesa estaba debajo del aire acondicionado.

Yo tenía la idea, que no le conté a nadie, de convertirme en periodista y pasar del tema de las oposiciones, de las maquetaciones web y de los lectorados en el extranjero. Sabía que en el momento que me dejaran escribir demostraría mis dotes. Era cuestión de esperar esa oportunidad.

El verano pasó y yo no hacía más que leer el periódico. Corregía bastante rápido y no me agobiaba antes del cierre. En los periódicos deportivos se cierra muy tarde porque los partiditos se juegan allá a las diez de la noche. Recuerdo que en el Trofeo Naranja, uno de esos de pretemporada, el Valencia llegó a jugar partidos hasta pasadas las doce de la noche. Entre que los periodistas salían del campo y llegaban andando a la redacción, se ponían a escribir, cambiaban algo de las maquetaciones, los fotógrafos seleccionaban y pasaban las fotos, se hacían las dos.

Al final, cada día, sólo nos quedábamos tres personas: el maquetador de cierre, el cierre propiamente dicho (redactor aunque no muy bueno) y yo. El cierre era el responsable de todo: revisaba cada página, luego firmaba el acta, entregaba el disco óptico al mensajero que se iba a la imprenta y hasta apagaba las luces y cerraba las puertas. Yo me solía ir unos minutos antes, en cuanto leía la última página, que solía ser una de aquellas que se la dictaban al cierre por teléfono.

Claro, ahora ha cambiado todo porque cualquiera tiene un portátil, pero en el año 2001 todavía muchos plumillas regionales escribían sus artículos breves a mano y los dictaban por teléfono. Muchas veces no eran ni periodistas sino algún contacto en un partido regional que pasaba el resultado y los nombres de los goleadores.

Como no podía cenar en mi casa, me llevaba un bocadillo con dos hamburguesas y me lo comía mientras leía. Era un periódico de muy poco texto, la verdad. Con 200 líneas y fotos muy grandes llenaban las primeras páginas. Una página con 400 líneas era excepcional. Y hablo de líneas de periódico, a cinco columnas.

Por supuesto, aquel periódico con más de 25 periodistas sólo podía entenderse por el chollito que nuestra generación representaba: buena formación, mucha inocencia y sueldos muy bajos. No voy a meterme ahora otra vez en ese tema. Del Castillo sabía muy bien que el ambientillo de trabajo, las vistas a la Avenida de Aragón y la animación típica de una redacción ya eran bastante, no hacía falta pagar mucho. Los redactores importantes, con dedicación a tiempo completo, cobraban unos 1.200 euros. Estos se ocupaban del Valencia C.F. y nada más. Los otros redactores de fútbol, más la sección llamada "poli" (resto de deportes) cobraban 605 euros y venían sólo por la tarde excepto los jefes de sección. Muchos aún estudiaban. Había también uno dedicado al motor, que tenía el mejor sitio, en una esquina, con la cristalera detrás, con estanterías para guardar todos sus papeles y con un iMac nuevo. Este redactor era especial, se encargaba de los deportes del motor y también de un suplemento entero sobre coches. Por sus manos pasaba mucha publicidad y por tanto gozaba de mejor trato. Pero no pasaba tampoco de los 800 euros.

Del Castillo venía a verme muy a menudo. Parece que le caí bien. A mí él me hacía mucha gracia. Siempre llevaba trajes a todo lujo, en pleno agosto. Se dejaba la chaqueta en su despacho, se arremangaba la camisa y se iba a supervisar a unos y a otros. Era un gran motivador de la gente, hacía la pelota a todo el mundo. Había uno medio ceporro llamado Pep Portas que hacía las noticias de vela y de golf. Echaba él las fotos y escribía el texto. Era un tema que no interesaba a los otros redactores. Al final lo despidió pero le siguió encargando alguna colaboración: "mira Pep, a ver si puedes ir a la regata esa de Denia y haces unas buenas fotos, te lo pagaremos bien". Subía un día el pobre Pep hecho polvo las escaleras, con la cámara colgando, el portátil bajo el brazo y Del Castillo desde su despacho: "¡Pep Portas, el periodista total!".

Cuando acabé mi sustitución me llamó a su despacho y me dijo que el contrato se había terminado pero que podía ofrecerme algo más. Se trataba de su otro periódico, el semanario de economía El Boletín de Empresas, Empleo y Finanzas (nombre escogido por él mismo). Como era un semanario, no había trabajo para un corrector a tiempo completo, era cuestión de ir dos tardes sólo. A mí aquello me pareció poca cosa y le dije que por qué no me metía de redactor, que yo podía corregir y escribir al mismo tiempo, y así completaba toda la semana. Me dijo: "pero tú no puedes escribir, no eres periodista". Yo le dije: "¿cómo que no? Yo estoy harto de escribir, tengo en internet una página web toda llena de visitas". El tío comenzó a reírse, le debí de parecer un loco, ahí escribiendo gratis por la Red. Pero se reclinó en el sillón de piel y se quedó pensando: "oye, eso de combinar las dos cosas es una buena idea, a mí me hace falta gente polivalente". Estaba, por supuesto, echando cuentas y moviendo piezas, en cuestión de salarios era un Domine Cabra. Me dijo que igual me llamaba, pero que no lo tenía claro. Yo me marché y volví a quedarme en el paro.

Pasaron tres meses, era el primer día laborable después de Navidad, y me llamó otra vez la secretaria. Fui a su despacho y me dijo que trato hecho, que me hacía redactor-corrector. Mi trabajo principal sería la corrección, pero podría ayudar en las labores de redacción. Yo, aunque no me creáis, estaba convencido de que en cuanto me viese escribir me iba a ir subiendo de categoría.

El semanario aquel era una pequeña basura en la que no me voy a detener. Ya si acaso lo contaré en otra entrega. Tan malos eran y tantas pérdidas tenían que los había sacado del piso en el que estaban y los había metido en una habitación del otro periódico, un sitio que antes era el despacho de los comerciales. Y los comerciales acabaron en una garita sin ventanas justo al lado.

La directora del semanario era una que se estrenaba aquel día. Resulta que el muy cabroncete lo que había pensado para recortar gastos era despedir al director, poner a la redactora ésta como "coordinadora" y meterme a mí por debajo haciendo las tareas de corrección y cubriendo parte del trabajo que dejaba libre la ahora "coordinadora". Y la "coordinadora" recibió una pequeña mejora en su sueldo.

La plantilla en total éramos cuatro redactores y dos maquetadores a tiempo parcial. El problema era que pronto me di cuenta de que el único capaz de escribir artículos con una mínima profundidad era el antiguo director, que ahora estaba en casa con depresión. La "coordinadora" no sabía ni escribir, ni coordinar, ni entrevistar, ni mucho más que fumar y cotillear.

El periódico iba muy mal, no se vendían ni 400 ejemplares y apenas se sacaba publicidad. Iba para atrás como los cangrejos. Lo sensato hubiese sido cerrarlo, pero Del Castillo se empeñaba. Me reunió aparte y me explicó su plan de saneamiento: "tú ve y hazles la mamadita, que luego voy yo y paso el cazo". La "mamadita" eran las entrevistas a los empresarios, y el cazo era la publicidad que él luego reclamaba.

Parece que a las muchachas no les gustaban las "mamaditas" ni salir mucho a las ruedas de prensa. Les gustaba la redacción, el teléfono, el cotilleo y convertir la habitación aquella en un auténtico fumadero de opio. Publicaban las notas de prensa que les enviaban, hacían entrevistas por teléfono y pronto dejaron el periódico convertido en una especie de almanaque de la señorita Pepis con jerga pseudoeconómica. Tragaban todos los datos que les daban y no contrastaban nada.

Pronto me di cuenta de que la idea de Del Castillo al meterme a mí era que fuese moviéndome mucho más para que el periódico se fuese dando a conocer. Y vaya si me moví. Me empecé a patear despachos, pasillos, ruedas de prensa, ferias, galas. Cada dos por tres entraba y salía de nuestro despacho pegando miradas rápidas, a ver cómo íbamos. A veces soltaba: "¡Periodista de calle! ¡La noticia está en la calle!" y se largaba.

Otras veces me decía: "el buen periodista..." y se quedaba haciendo el gesto como aquel de Reservoir Dogs que dice "este es el único violín del mundo que escuchan las camareras".

La cuestión es que en pocos meses yo había hecho ya decenas de entrevistas. Salía a tres y cuatro por semana. Todas personalmente, a veces desplazándome bastantes kilómetros y pasando la nota de gastos. La "coordinadora" no se preocupaba de aquellos trabajitos, sólo le gustaba ir a los convites de FITUR y a las ruedas de prensa en las que caía regalito. Por cierto que en la primera rueda de prensa que me encargaron se equivocaron y sí que había regalito: un reloj de metal que aún lo llevo. A partir de ahí, ya sólo ya sólo me dejaron visitar las ruedas de prensa de Vicente Rambla, que entonces era conseller de Trabajo y ponía el tío unas flechas de aquellas tipo peluquero de Anasagasti, porque mes tras mes le crecía el paro y siempre era un exitazo. Me gustaba tanto aquel Vicente Rambla que meses después, cuando ya estaba yo en otras labores de más enjundia, pedía ir y no me dejaban porque mandaban a la becaria.

Ya hablaré cuando toque de esas entrevistas. Más de cien empresarios entrevisté en aquella época, todos en persona y con grabadora. Desde el actual presidente del Valencia C.F. hasta pequeños emprendedores, cada uno con su idea. Sobre todo, me especialicé en las empresas tecnológicas. Valencia crecía mucho en aquel tiempo y el mundillo empresarial estaba muy agitado.

Y Del Castillo seguía en su línea de recorte de gastos. Si aquellas muchachas llevaban dos años trabajando con unos iMac de aquellos de carcasa verde, el tío cogió y se los cambió por los obsoletos cacharros de los otros redactores de fútbol. Cuando nos quejábamos, nos respondía: "¡Pero si esos ya van solos!".

Dejó de contratar también a fotógrafos y nos compró una camarita digital para que nosotros mismos echásemos las fotos. A mí aquello no me molestaba nada porque así me hacía todo el periódico yo. Y a las otras les decía: "hacen falta tíos polivalentes como Alberto: él se lo escribe, se pone las fotos y se lo corrige". Y la "coordinadora" le respondía: "sí, pero si hace un fallo no lo ve a la primera y no lo ve a la segunda". Aquella tía había empezado a verle las orejas al lobo y sabía que la principal amenaza para su mediocre silloncito era yo. Por eso empezó a arrinconarme todo lo posible.

Una vez no sabían cómo rellenar páginas y les dije si me dejarían hacer un reportaje sobre los nuevos emprendedores en internet y pensé en meter una entrevista a David de Ugarte, aprovechando que me iba a reunir con él en Madrid. Me dijo: "¿pero podrás con una página doble?". Yo que aún era jovencito, me mostré bien sobrado: "hombre, claro". "Bueno, pero haz muchas fotos por si acaso luego falta texto". Cuando volví y escribí la página, a ella en principio le gustó y la puso justo en el centro del periódico. Pero cuando entró Del Castillo el lunes a felicitarme, ella ya me miró de costado y dijo: "sí, pero para esos reportajes ya estoy yo". Y Del Castillo estuvo rápido de reflejos: "claro, claro, tú a Alberto le das lo que te sobre a ti".

El periodismo es una profesión de vanidades que poco a poco te va convirtiendo en un imbécil sin que te des cuenta.

Luego Del Castillo me encargó cubrir las ferias de Feria Valencia. Se trataba de hacer entrevistas y reportajes con la idea de captar publicidad. Las ferias normalmente tienen un presupuesto muy alto en publicidad y reparten a casi todos los medios. Como no teníamos ni comercial ni nada (porque la que había se fue a un sitio mejor) seguro que pensaba en un futuro hacerme también gestionar esa publicidad. De momento, la gestionaban de mala manera entre el director comercial de Superdeporte y él. Pero cuando empezaron a publicarse mis reportajitos, empezó a caer algún que otro anuncio. Entonces él se animó: "¡en cada feria hay que rascar, aunque sea un faldón!". Y allí andábamos rascando y peloteando.

Sobre la fauna que se mueve por una feria, podría hacer también otro artículo entero. En una feria no se produce nada, solamente se vende. Es el paraíso del empresario español, sobre todo el valenciano: sólo hay comerciales. Y esos comerciales son de dos tipos: los enfocados a las empresas expositoras y visitantes, y los enfocados a los medios. Los enfocados a los medios son antiguos periodistas que se han metido allí para tener un sueldecito digno y un horario de oficina. Desprecian a los redactores de verdad porque ganan menos que ellos pero están obligados a hacerles la pelota. El trabajo que se hace en los medios es bestial para la poca relevancia de esos eventos. Pero es así como funcionan las ferias y Feria Valencia tiene mucho éxito.

A mí nunca me gustó ir a las ferias, ni tan siquiera a la de tecnología. Pero me pateé decenas: la de motor, la de azulejos, la de muebles, la de bricolaje, la de educación, la de construcción, la de papel, la de ataúdes. Hay una feria para cada sector. Algunas ferias son eventos bestiales y otras están casi vacías.

Bueno, me queda mucho por contar sobre este tema y lo haré en próximas entregas.

20:07:24 ---------------------  

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5 comentarios:

Hèctor:
He gaudit molt llegint les teves "Memorias Periodísticas".
Em trec al barret!!!.
No hi ha dubte de que la teva vida es força intensa!!!.

Moltes felicitats Alberto.
5 de marzo de 2008 a las 00:59.  

Mónica:
¿Cuándo llega la tercera parte? ¡Qué ganas!
Por cierto, ya se ha traducido Acción de Gracias, en Anagrama, como siempre.

Un saludo, Alberto.
5 de marzo de 2008 a las 15:57.  

 alberto 
:

¡Mil gracias por avisarme, Mónica! Me voy ahora mismo a encargarlo a agapea.com
5 de marzo de 2008 a las 16:16.  

barbol:
me encanta releer esta historia, en estructuras de control y la otra eras vanesa y curiosamente es en gran parte como me había imaginado que te ocurrió.

mi impresión es que a vanesa la tratabas con muchísimo cariño, eso me cautivó en la novela. en estos relatos te tratas mucho peor, es diferente, claro.

en estr de ctrl también eras menos furibundo, como con menos odio. la novela fluye de maravilla, a mí me encantó y la he recomendado pero me niego a soltar mi ejemplar.

es tontería decirlo y ya te hartará, pero eres mi escritor generacional, ¡el único! aunque soy mayor me representas en buena parte. por eso prefiero el formato blog-columnista que adoptaste, más pegado a la realidad y a la actualidad, así te puedo leer con frecuencia.

Aún así lo que más me ha gustado de todo lo que te he leído siguen siendo las páginas sobre vanesa y su iniciación adulta en los tiempos de las universidades masificadas y el primer internet.

con respeto, un lector.
5 de marzo de 2008 a las 17:55.  

Mónica:
¡De nada! Pensé que ya lo sabrías, pero no y me alegro de serte útil. Lo consulté en la página de Anagrama. Yo de momento lo he solicitado en la biblioteca para que me lo encarguen ya que gracias a ellos me he leido todo lo publicado aquí de Ford (funcionan muy bien las desideratas).
Un abrazo y gracias por ser tan prolífico y darnos ya la tercera parte.
6 de marzo de 2008 a las 15:52.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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