7 de noviembre de 2007
Memorias universitarias V
No es fácil de pronto buscar en tu mente y volver once años atrás. Si me acuesto un viernes por la noche en el sofá puedo recordar hasta el más pequeño detalle de cada día de mi vida. Pero aquí ahora, en el recuadro de las entradas del blog, tan sólo se me aparecen imágenes sueltas.

Hace once años nadie tenía teléfono móvil. Si vivías en un piso de estudiantes, bajabas a la calle después de cenar, en el horario barato, y hacías cola frente a una cabina para hablar con tu madre. Echabas una moneda de veinte duros y duraba bastante. Cada vez que pasaba un Vespino de Telepizza tenías que levantar la voz. Detrás esperaba el siguiente, haciendo como que no escuchaba.

Los medios de comunicación tenían todavía su monopolio. Si no querías leer periódicos ni ver la tele, entonces sólo te quedaban los libros de las bibliotecas. Yo compraba todo tipo de revistas, literarias y no literarias: Ajoblanco, Primera Línea, Motociclismo, Quimera, la recién salida Qué Leer, Muy Interesante.

El ambientillo cultural en España era sesentayochista de refrito, empalagoso. Parecía que estuviésemos en plena posguerra mundial. No se hablaba más que del nazismo. Que si el nazismo era el rencor de la pequeña burguesía, que si el nazismo comenzó porque la gente se callaba y al final no había nadie para ayudarte cuando fueron a por ti, que si el nazismo demostraba las debilidades de la democracia. Todo eran historias de nazismo y escritores de lo más mediocre y absurdo que se pudiese encontrar. Celine, Chejov, Cortázar, Onetti. Unos mierdas que no valían ni para imitar a Joyce y que yo leía en fotocopias. Los usaba como laxante al levantarme de la siesta. Yo creo que toda la progresía ibérica estaba cagada porque había perdido las elecciones y apretaban a tope en sus medios con la cantinela del nazismo.

Para mí el nazismo eran aquellos coños cerrados y los miles de malas miradas y pequeñas humillaciones que sufría. Varón, blanco, aparente clase media. El enemigo público número uno. La mayoría de individuos en mi misma situación se disfrazaban de melenudos, barbudos, se ponían una especie de babuchas y pantalones como de pijama, se perforaban la nariz. "El nazismo está en ti, pequeño hombrecillo, arrepiéntete y disfrázate de cretino".

Yo era un joven bastante atractivo. Pesaba ocho kilos menos que ahora y tenía más masa muscular. Tenía el pelo tan fuerte que si me lo engominaba me podía clavar una manzana en la cresta. También hubiera partido sacos de nueces con mi pollón. Qué desperdicio.

Creo que parecía de mejor familia de la que en realidad era. Una vez me vino una encuestadora, vestida con un abrigo negro tan largo que al sentarse se lo pisaba. Estaba yo solo tomándome una Fanta de limón y me dijo que buscaba chicos de clase alta o media alta para hacerles algunas preguntas. Buen sitio para buscar gente de la clase alta, la cafetería de la facultad de Filología.

Ese curso, el tercero que pasé en Valencia, me trasladé con un compañero al barrio de Benimaclet. Era una zona barata, de pisos viejos. Muchos estudiantes de ingresos bajos se refugiaban allí. La crisis había hecho bajar mucho los precios, pero también hacía más costosos los muebles y las reformitas. La mayoría de aquellos pisos no los habitarían ahora ni los moros. El que nosotros alquilamos no merece mucho comentario, era una zahurda acartabonada, con sofá de escay y mesa de conglomerado.

Muy cerca de allí había un garito llamado El Glop. Esto en castellano significa "el trago". Estaba en una plazuela bastante bonita, con un jardín en medio. Servían cada jueves millones de cervezas y combinados de licor. La gente llamaba "cubata" a cualquier mezcla de refresco azucarado con licor. Que yo sepa, el cuba libre es ron con Coca Cola. Pero da igual, aquellos filósofos domésticos no sabían tanto. La mayoría eran muy catanalistas, hasta el punto que yo pensaba que todos los catalanes debían de ser así. La verdad es que si los catalanes se pareciesen a aquellos tíos, Cataluña tendría el nivel económico del Sahara Occidental.

Al Glop fui unas cuantas veces y le saqué poco provecho. Una vez me vino una con pinta de furcia a pedirme fuego y yo no se lo pude dar. Otra vez estuve con los catalanistas y acabaron cantando y bailando danzas regionales. Cuando pasó un ratito, a eso de las tres de la mañana, se asomó un tío desde el primer piso y nos enseñó una especie de tetera: "os largáis o os tiro esto en la cabeza".

Había también fiestecitas en los pisos. Recuerdo sobre todo una que se organizó en el mío sin pedirme permiso. Llegué y me encontré la mesa llena. Habían dejado un sitio para mí, me hice la cena y me puse con ellos. A la bebida me invitaron, eso sí. Esta gente valenciana catalanohablante de los pueblos era muy amable y siempre me trató muy bien. Eran sobre todo de la zona del sur de Valencia.

Otro día fuimos a ver a un grupetto llamado Toy Dolls a una sala que se llamaba Zeppelin. Ahí me lo pasé un poquillo mejor.

En la facultad, me aburría como nunca. Me había yo seleccionado las optativas más agradables el primer curso y ahora para el segundo me debía hacer muchas troncales. Gramática, lingüística, sintaxis, latín, fonética y fonología, gramática histórica, catalán y hasta lógica semántica. Esta última asignatura ya la han quitado, después de muchas protestas. No son capaces los nuevos estudiantes de desambiguar la frase "el rey de Francia es calvo". Yo creo que muchos de los llamados filólogos que salen de las aulas ahora tienen menos nivel que un maestro de escuela de hace 20 años. De filólogos tienen lo que yo de ingeniero aeronáutico.

Tenía muchas clases por la tarde y le iba yo cogiendo el gustillo a la nocturnidad. Me ponía a mirar la gente pasar por aquellas aceras amarillentas. Tenía la ciudad un cierto misterio. Ya no estaba tan asustado y reflexionaba más. No eran tiempos felices ni en Valencia ni en ninguna parte. La crisis había hecho mella en el ánimo y sólo se podía confiar en aquel hombrecillo que repetía "España va bien". Vendió las empresas públicas, desató una orgía de crédito y se puso las medallas económicas.

Los de Filología estábamos ya en el edificio que habían dejado los de Económicas, una cosa más espaciosa y funcional, aunque no más nueva. Le hicieron algunas reformas, pero los escaloncitos de mármol estaban y aún están desgastados de tantas suelas arriba y abajo. A mí me gustaba el ambientillo de allí por las noches, ahora en noviembre. Había una gran tranquilidad, la cafetería estaba cerrada, la biblioteca vacía, muchas luces apagadas. Las clases tenían una asistencia muy baja y los profesores se demoraban más contando batallitas. Los huecos entre clases los pasaba mirando por la ventana y soñando con un futuro lejos de allí. El presente ahora es mucho mejor de lo que yo podía esperar, por la calidad de vida, pero sucede que ha perdido la magia.

Me pasa una cosa muy curiosa con esa facultad, que demuestra que soy un perrito de Pavlov. Durante mucho tiempo, más de dos años, solamente subí al tercer piso para ver notas de exámenes. El tercer piso es donde están los departamentos, claro. No se ponían las notas en internet ni nada de eso, acababa de corregir el profesor, rellenaba unas actas a mano, las firmaba y las colocaba con una chincheta en el tablón. Entonces alguien las descubría y corría la voz. Y luego subía yo con el corazón en la boca, con el miedo al suspenso. Y ahora, once años después, todavía cuando subo a ese piso se me acelera el pulso.

15:49:00 ---------------------  

2016 en Denia (Alberto Noguera)
El implacable retrato del desencanto y la corrosión de las ilusiones en la España de principios de siglo.
Comprar por 3,59€ en Amazon.

7 comentarios:

Anónimo:
Al, dile a tu doctor que te suba la medicación, el brote no remite.
7 de noviembre de 2007 a las 21:35.  

Anónimo:
"... pero sucede que ha perdido la magia". Qué gran verdad. Y qué putada para todos aquellos que llegamos tarde al sexo, a las buenas amistades, y a todo lo mágico de la vida.
En cuanto a lo que comentas de parecer de clase alta o baja, yo creo que tiene más que ver con la amabilidad y las maneras que con la economía. Yo provengo de la clase trabajadora, pero me sentía igual que tú en la universidad, rodeado de fantasmones de clase media con unos modos más rudos que los míos.
Y sí, soy castellano y mis paisanos me parecen un poco cabroncetes.
7 de noviembre de 2007 a las 22:08.  

david:
Parece que haga referencia a hace bastante más de once años. Algo así como veinte o veinticinco.
8 de noviembre de 2007 a las 09:01.  

aKent:
algo que me llama mucho la atención de tus comentarios son las referencias a la crisis de los 90. hindagando en mis recuerdos no tengo "conciencia" por asi decirlo de la crisis.

cierto es que mi padre acabó por cerrar un negocio que nos dio de comer por 11 años pero en general en mi entorno no se vivió "una crisis" al menos de manera abierta

un saludo y darte felicidades por el blog, que aunque en muchas cosas no pensemos de forma similar, siempre es bueno abrirte de vistas y leerte resulta muy ameno

aK
8 de noviembre de 2007 a las 10:30.  

Anónimo:
Crisis según como te afecte. Tu padre cerró un negocio y otras pesonas se fueron al paro. Y encontrar trabajo en aquella época no era facil.
Alberto, casi no me acuerdo lo que era vivir sin internet y sin telefono movil, parece que haya pasado un siglo desde entonces...
8 de noviembre de 2007 a las 11:44.  

Anónimo:
El pollete cascanueces lo utilice pero que muy bien cuando sali de Espana a Holanda y Alemania, por alli se folla que da gusto. Espana es un pais de catolicorros y conios cerrados, la dictadura aun sigue entre nosotros.
8 de noviembre de 2007 a las 12:52.  

zambombo:
¿Toy Dolls, un "grupetto"? Será una coña... En su estilo, son uno de los mejores grupos del mundo. Y no soy fan.
8 de noviembre de 2007 a las 16:37.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


Leer los archivos

Entradas destacadas:
Pepito Relámpago - Pepita Nuncabaja - Seis meses en meetic - Etapas de la burbuja