22 de marzo de 2007
La duda me corroe
Una de las cosas mejores del entusiasmo con el que se ha recibido mi columna sobre los catalanes es que me han emparentado con moros y judíos. Sobre todo lo de los judíos es lo peor, ese pueblo con el porcentaje de premios Nobel más alto del mundo.

¿Acaso seré yo el descendiente de un converso? ¿Uno de esos amargados que practican la ironía? ¿Latirán en mí los genes del bachiller Fernando de Rojas o del mismo Mateo Alemán?
El pesimismo radical de Fernando de Rojas y Mateo Alemán, la ironía de Cervantes, la amarga imprecación de fray Luis de León son manifestaciones distintas de una estrategia personal de desengaño, resistencia o huida. Si el acoso y destrucción de la clase social de los conversos retrasó por espacio de siglos el acceso de España a la modernidad intelectual, política y económica surgida en Inglaterra y Francia en los siglos XVII y XVIII, las formas literarias que originó de rechazo entre sus víctimas se adelantan en cambio a las creadas por los artistas y escritores del siglo XX y nos conceden la posibilidad de leerlas como contemporáneas nuestras.
Américo Castro.
Ese castellanito fanático que mataba y expulsaba a sus mejores genios, sigue 500 años después acusando de judío a su vecino.

Y los comentarios ya los pondréis otro día, cabroncetes.

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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