21 de julio de 2006
Publimagos S.L. [cuento]
Me paso por casa de mi amigo Zamora para comprobar cómo funciona el Denia Light, el periódico amarillo que fundó con White. Trabaja en una habitación de casa de sus padres, un edificio unifamiliar de dos plantas en las afueras de Denia (zona de La Pedrera). La idea de marcharse a vivir solo parece que la ha abandonado, aunque he evitado preguntarle.
Teclea frenéticamente en su flamante portátil mientras charla conmigo. Parece que escribe el editorial, una pequeña controversia sobre la planificación urbanística.
-¿Y cómo os funciona la publicidad? -le pregunto. Tengo dudas sobre la confianza de los anunciantes.
-Mal. Tenemos que buscárnosla nosotros solos por los concesionarios de coches, la única agencia de Denia se niega a darnos publicidad. Quieren pagar precios ridículos. Ahora mismo he quedado con el tío a ver si entra en razón.
Sigue tecleando durante un par de minutos y yo echo un vistazo a la habitación: estanterías de conglomerado repletas de libros (best seller y novela juvenil en su mayoría, con varias enciclopedias coleccionables y atlas que nadie habrá leído), una mesa con una montaña de periódicos viejos, varios trofeos deportivos llenos de óxido, un amplio ventanal con vista al mar.
De pronto suena el timbre y Zamora abre. Entra un individuo alrededor de los treinta años, alto y de facciones agudas. Tiene el pelo engominado y muy espeso. Lleva un traje negro con camisa blanca. Me da la mano aunque Zamora no nos haya presentado.
-Vamos a ver, me tengo que ir pitando -dice mirando su reloj-, tengo dos reuniones antes de comer. Dime cuál es tu oferta.
-Bueno... -comienza Zamora con muchas dudas- Estoy autorizado a rebajarte un 25% más, pero me ha dicho White que hasta ahí podemos llegar.
El individuo al que no me han presentado se rasca el mentón. Parece pensando más el modo de largarse que valorando la oferta.
-Bueno, vamos a ver. Yo puedo por ese precio pasarte algún cliente si él lo pide expresamente. ¿Entiendes? No puedo meterte en mis proyectos.
-Pero ¿por qué no? Joder, somos más baratos que cualquier otro periódico. Salir en Levante te va a costar un pastón -responde Zamora algo enfadado.
-No salimos en Levante ni en ningún periódico.
-Pero ¿cómo que en ningún periódico? ¿Y dónde salís?
-Vamos a ver -dice pasándose la mano por la nuca. Sabe que está perdiendo el tiempo pero decide ser amable y explicarnos algo. Ahora me parece que puede que sea más joven que nosotros-, el ojo es el ojo. ¿Entiendes? Allí donde está el ojo, allí está mi publicidad. Los periódicos son un buen soporte publicitario, pero a precios mucho más baratos. Yo busco ojos, y veo muchos más ojos en la calle que en casa leyendo un periódico.
Hace una pausa para mirarnos, pero Zamora y yo nos quedamos callados. Parece lanzado en su discurso, pero dudando sobre si merecemos la pena como interlocutores.
-¿Vosotros sabéis por qué nos llamamos Publimagos? -pregunta.
-No -le respondo yo. Zamora parece mudo. Puede que esté deseando que se largue.
-Porque saco conejos de la chistera, ¿entiendes? Con seis mil euros puedo lanzar una empresa. En lugar de montar un ejército a base de dinero, como hacen otras agencias, hago marketing de guerrilla. Máximo efecto con el mínimo gasto. Por eso pensé que la prensa gratuita podría servirme, pero parece que estáis centrados en el modelo de los grandes dinosaurios, El País, El Mundo, y demás barcos a la deriva.
-Eso no es cierto, Alfonso -dice Zamora. Ahora ya sé cómo se llama el publimago.
-Vamos a ver, dos mil euros por un faldón es precio de prensa de pago.
-¡Anda ya! Dos mil euros no es nada para una empresa...
-Si tengo presupuestos de seis mil euros, a dos mil euros el faldón serían tres faldones, o sea nada. El efecto en las ventas sería nulo. Seis mil euros a la basura. Eso te lo pondrá Ford o Mercedes si tienes un suplemento de coches, pero no para vender sino para callarte si ves algún defecto en sus nuevos modelos.
Zamora se calla.
-Oye, Alfonso -digo-, podrías explicarme mejor eso de camino a la calle. ¿Qué pasa si te contrato para que promociones mi nombre?
-¿Tu nombre para qué?
-Para venderme como escritor, por supuesto.
-Ah, que tú escribes y estás empezando. Buena idea. ¿Qué presupuesto?
-Bueno, venga, largaros -interviene Zamora-, que tengo que terminar el editorial. Y a ti, Alfonso, que te den, colega... -se gira para seguir escribiendo. Alfonso sonríe y le da una fuerte palmada en la espalda que Zamora ignora.
Salimos de la casa y Alfonso comienza a hablar.
-Vamos a ver, tradicionalmente el publicista se ha centrado en el mensaje. Yo pongo todo el énfasis en el soporte. Pensar dónde voy a meter la publicidad, ese es mi trabajo. A cada producto, un soporte adecuado. Y sobre todo, hay que estar allí donde mira el ojo.
-Entiendo. ¿Y qué soporte me encontrarías a mí? -le pregunto. Estamos en la acera y algunos transeúntes nos miran con curiosidad. Hace mucho sol y tengo ganas de llegar a mi casa.
-Esto se tiene que estudiar con detenimiento, no vamos ahora a improvisarlo. Toma mi tarjeta.
Me alarga el rectangulito de cartulina con los datos de su empresa y se queda callado tocándose los botones del traje. Creo que también tiene ganas de marcharse.
-De acuerdo -digo mirando la tarjeta. No parece tener página web-, te llamaré para ver cuándo podemos hablar. Tú mientras tanto vete pensando la estrategia.
-Muy bien -dice-, sería la primera vez que lanzo a un escritor. Un reto profesional interesante.
Mueve los pies con ganas de empezar a caminar.
-¿Hacia dónde tienes el coche? -le pregunto.
-Hacia allí -señala en dirección oeste, donde lo tengo yo también.
-De acuerdo, yo también voy para allá.
Comenzamos a caminar y encontramos la acera repleta de cagadas de perro que sus dueños no se han dignado a limpiar. Me bajo de la acera y continúo por la calzada.
-Qué desastre. Los dueños unos guarros y el Ayuntamiento que no hace ni caso -digo. Él sonríe mientras se mete la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.
-Una falta de urbanidad, pero un paraíso para el buen publicista.
-¿Cómo? -pregunto extrañado. Él saca un puñado de banderitas pegadas a un palillo y se agacha hacia los excrementos. Las clava en ellos y pretende seguir caminando.
-¿Pero esto qué es? -insisto.
-Para no pisar, hay que mirar -dice satisfecho-. El ojo, todo se basa en el ojo.
Me acerco a las banderitas y leo: "Restaurante ISA. Arroces, tapas, platos típicos".

11:17:00 ---------------------  

2016 en Denia (Alberto Noguera)
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3 comentarios:

Anónimo:
No sé con qué quedarme:

- ¿Relacionará la gente al restaurante con la mierda?

- Le dirá alguien a sus amigos: oye, que os invito al restaurante que vi el otro día anunciado en una boñiga
23 de julio de 2006 a las 18:50.  

Maui:
¡Que horror!El tal Alfonso parece un personaje de "La hoguera de las vanidades" o "Wall Street". ¡Despierte Alfonso! Lleva usted dos décadas de retraso.
25 de julio de 2006 a las 18:56.  

AYN RANDiano:
...me he reido a carcajadas. La "punch line" es GE-NI-AL.

Alberto: Cuando leo "cuento" dejo de leer y paso a otro post.

Haces muy bien en escribir micro historias en plan "publireportaje".
19 de diciembre de 2007 a las 14:48.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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