21 de julio de 2006
Mi primo Luis Eduardo [cuento]
Tengo un primo que vive en Valencia y está casado con una peluquera. Se dedica a la venta de seguros en Mapfre, después de haber intentado licenciarse en Derecho sin éxito. Antes, cuando yo vivía en Valencia, solía ir a ver partidos de fútbol a su casa, y ahora aprovecho para hacerle una visita cada vez que paso por allí.
Estoy en la calle Caravaca, frente a la puerta acristalada de su portal. Las caras avinagradas de los inquilinos van desfilando mientras intento recordar el número de su puerta. Son las dos del mediodía y he quedado con él para comer. Pulso el botón con el número 21 y aparece una áspera voz femenina, de ama de casa ya entrada en años ("¿quiééén?"). Pulso el número 22 y después de medio minuto responde mi primo y me abre el portal.
-¿Qué pasa, Luis Eduardo? -le digo tendiéndole la mano cuando me lo encuentro a la puerta de su piso. Tiene la cara amarillenta y algo más hinchada que la última vez que lo vi. El pelo se lo ha rapado al cero porque ya era tan escaso que empezaba a dar asco.
-Hola, Alberto, venga, vamos dentro que tengo los macarrones en el fuego.
Pasamos a la cocina, reformada cuando se mudaron aquí. Es un piso de hace unos treinta años, hipotecado durante treinta más a un precio moderado, teniendo en cuenta la zona en la que está, muy cerca de la Avenida de Aragón. La cazuela rebosa de espuma y mi primo reduce el fuego y luego intenta secar el agua alrededor del fogón con un trapo.
-¿Cómo habéis acabado con los de las grúas? -le pregunto refiriéndome a la huelga contra las aseguradoras.
-Mal. A mí eso no me toca, pero son unos cabrones. ¿Cómo puede un sector entero de empresas privadas dejar de dar servicio de forma pactada y además intentar negociar los precios conjuntamente? Estos tíos no saben...
Se interrumpe al sonar un agudo gemido en la habitación de al lado. Es su hija Sheyla, que nació hace seis meses. Se va a atenderla pero los gemidos siguen, como taladros en las orejas.
-Espera, Alberto, que creo que a Sheyla le pasa algo -dice desde allí-. No sé si es cuestión de caca, pedo, eructo, hambre o sed. Mi mujer no viene hasta las siete y estoy yo encargado. He reducido mi jornada para ir sólo por la mañana.
-Tranquilo, Luis, no te preocupes -le digo. Me acerco a los macarrones y parecen pegajosos y a punto de deshacerse. Apago el fuego y busco una escurridera en los armarios superiores. Al final la encuentro en uno de los inferiores, echo los macarrones y dejo que se vayan secando. Mientras tanto, me acerco a ver qué hace Luis Eduardo.
Ha desnudado a la niña y le está limpiando el culito con pañuelos lubricados que va sacando de una pequeña caja de plástico. Ha sacado también un paquete de pañales desechables.
-¿Al final qué era? -le pregunto.
-Se había hecho caca. Ha comido hace poco y se ve que le han venido las ganas.
La niña levanta la cabeza y me mira con los ojos marrones muy abiertos. Tiene un rostro algo amarillento, como el de sus padres, pero es bonita. El pelo es de un marrón oscuro que pronto será negro.
-¿Te da mucho trabajo?
-Bastante. Ayer me tiré toda la tarde para fregar el suelo porque cada diez segundos lloraba y luego no era nada. Al final tuve que ponerla a mirar lo que yo hacía porque si no no se callaba.
-¿Y las noches qué tal?
-¿Las noches? Una hora durmiendo y la otra despierto hasta por la mañana.
-Menudo coñazo -le digo. Creo que se ha manchado un poco la camiseta con los excrementos de su hija.
-Amigo... Si quieres ser padre tienes que pasar por ahí.
Volvemos a la cocina y saca un bote de salsa de un armario y lo mete en el microondas, mientras vuelca los macarrones en dos platos. Luego vierte la salsa y nos ponemos a comer con cierta desgana. Parece una de aquellas bazofias que me hacía en mi piso de estudiante.
-¿Y cuándo vuelves a la jornada completa? -le pregunto con la boca llena.
-Pues no sé, de aquí a seis meses o por ahí.
-¿Y qué tal esta nueva faceta tuya?
-Amigo... Hay que adaptarse -dice con una sonrisa de satisfacción. Las mejillas están tan gruesas que se le han marcado profundas arrugas entre las aletillas de la nariz y las comisuras de los labios.
-Los nuevos tiempos demandan nuevos hombres -le digo mientras pincho rápidamente más macarrones.
-Por supuesto. Mira, ahí tengo la revista Quo que lo explica -señala al sillón que tengo junto a mi silla. Abro una página al azar y encuentro fotografías mezcladas con fotomontajes y gráficos vectoriales por ordenador, con bloques de texto muy breves-. Y por cierto, ¿aún sigues sin novia?
-Sí.
-¿Y de sexo qué tal? -pregunta muy tranquilo.
-Mal, muy mal -respondo.
-Ay, amigo... Hay que adaptarse.
Paso un par de páginas más y encuentro una fotografía de dos mujeres besándose con un hombre mirándolas. Muy cerca hay un destacado: "El 30% de las mujeres fantasea con penetrar analmente a su pareja".

11:04:00 ---------------------  

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4 comentarios:

Anónimo:
Una pequeña corrección: en vez de "pañuelos lubricados" sería "pañuelos húmedos", o mejor aún "toallitas húmedas".

Como se nota que no eres padre :-)
21 de julio de 2006 a las 18:57.  

alberto:
Je, je, ¿tengo que utilizar la terminología comercial?
21 de julio de 2006 a las 19:06.  

Anónimo:
Ya lo había pensado y no, no es cuestión de terminología comercial. El término "lubricante" es simplemente incorrecto. Si tienes oportunidad, toca uno te darás cuenta de lo que digo.

La función de la sustancia de la que están impregnados no es lubricar sino limpiar, y por lo tanto, seca en seguida, cosa que no pasa con un lubricante (por definición, para lubricar debe permanecer líquido durante el mayor tiempo posible).

El asunto es muy similar a cuando mojas una esquina de una toalla con agua para limpiarte una mancha de la camisa. ¿A que no se te ocurre usar aceite o cualquier otro lubricante?
24 de julio de 2006 a las 12:14.  

Don Manolo:
Dejando el tema de la terminologia tecnica de los panales aparte, el cuento esta bastante bien. Me gusto, y disfrute leyendolo. Ahora voy a leer tus otras cosas, a ver que tal!
31 de julio de 2006 a las 19:36.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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