21 de julio de 2006
La sumisa [cuento]
Estoy en un sótano con un olor rancio, como de bodega, pero en lugar de toneles de vino hay otros utensilios: un par de poleas que cuelgan del techo por las que pasan dos cadenas con unas correas de cuero en los extremos; un rollo de cuerda de nylon, parecida a la que utilizan los escaladores; un potro de madera con correas para atar pies y manos; un largo látigo negro de cuero sobre una mesa, junto con una docena de varas de madera o bambú, algunas de ellas con una lengüeta de cuero atada en un extremo; tres mordazas con una especie de bola de billar en el centro; un consolador muy fino con una bola metálica en la punta, con un cable eléctrico para enchufarlo; varios collares de perro con sus correspondientes cadenas; un juego de esposas y grilletes; un par de perchas de las que tienen pinzas.
-¿Qué te parece? -me pregunta Elsa Monfort, la dueña de la casa. Es profesora en la facultad de Filología y he acabado en su chalet de Olocau tras una conversación telefónica sobre novela norteamericana. No la conocía personalmente. Ha resultado muy habladora y se ha metido rápidamente en temas sexuales hasta que ha insistido en enseñarme su mazmorra. Tiene 36 años, tres hijos que viven con ella y un ex marido en paradero desconocido. Tiene un cuerpo muy agradable, algo entrado en carnes y con pechos grandes. Su rostro revela una perfección de líneas que ha comenzado a perderse, en parte por el sobrepeso y en parte por las arrugas. Su larga cabellera negra parece teñida.
-Muy bonito todo. ¿Qué es exactamente lo que haces aquí?
-Aquí es donde me tratan como lo que realmente soy. Mi personalidad social es una máscara.
-¿Quiénes te tratan como lo que realmente eres? -pregunto intrigado.
-Ahora mismo nadie. Por eso estás tú aquí -dice con una amable sonrisa. Ahora me doy cuenta de que su "máscara social", la que he conocido hace un rato, excluye cualquier tipo de agresividad.
-¿Y qué es lo que quieres de mí?
-Hace poco mi antiguo amo se marchó a vivir a Madrid. De modo que soy una esclava sin amo.
Ahora empiezo a entender su propuesta. Necesita alguien que la tiranice y maltrate, y ha pensado en mí. La pregunta que no me atrevo a hacer es por qué en mí, cuando creo que soy lo más alejado de ese tipo de canallas. ¿Tendrá algo que ver con lo que escribo, y que ella ha leído?
-La verdad es que no tengo ninguna experiencia en esto.
-Tranquilo, todo se aprende. El proceso de iniciación es largo, tendrás que domarme poco a poco.
Ahora me imagino a Elsa sobre el banco de madera y un tío rompiéndole cañas en el culo. Me pregunto si los collares se utilizan para sacarla a pasear como si fuese un perro.
-De acuerdo, enséñame -digo movido por la curiosidad.
-Muy bien -dice complacida, otra vez con su bonita sonrisa-, lo primero que debes hacer es ordenarme lo que desees y yo te obedeceré, sin límite alguno. Si no estás complacido, deberás imponerme un severo castigo. Un castigo muy severo, ¿me entiendes o no? -dice señalando la mesa con el látigo y las varas.
-Entiendo -respondo. Ahora parece una maestra de escuela. Me pregunto qué tipo de órdenes podría darle. Tal vez la redacción de mi tesis de doctorado.
Comienza a desnudarse sin que yo le diga nada. Es algo paticorta, y el exceso de grasa la hace parecer incluso más indefensa. De repente se me ocurre para qué sirven las perchas con pinzas.
-Siéntate en el potro -le digo. Ella obedece complacida. Cojo una de las perchas y atrapo con las pinzas sus pezones, que se estiran como si fuesen chicles de fresa. Luego aparto sus cabellos hacia atrás para poder agarrarlos y la fuerzo a arrodillarse en el suelo. Cojo la cuerda de nylon, le ato las manos a la espalda y los pies con otro nudo. Ha quedado arrodillada, con la cara en el suelo y totalmente inmóvil. No dice nada.
Camino un poco por la estancia, pensando en cuál es el siguiente paso, y veo un extraño paquete de papel sobre la mesa de madera. Lo abro y aparecen varios cirios gruesos, parecidos a los que se utilizan en las procesiones de Semana Santa.
-¿Para qué sirve esto? -le pregunto.
-¿No lo sabes, mi amo? -responde sin mirarme. De repente lo entiendo.
Subo a la cocina y enciendo un fogón con el que prendo el cirio. Bajo otra vez al sótano y veo que ella ni se ha movido. Le doy la vuelta con un puntapié y queda boca arriba, con todo el vientre expuesto y los pechos enrojecidos por las pinzas. Dejo que la llama vaya derritiendo los bordes del cirio y las gotas encendidas caen sobre su piel blanca. Ella se retuerce de dolor apretando los dientes.
-¡El látigo, amo, castígame con el látigo! -dice muy excitada. Tiene el cuello tenso con las venas marcadas, y toda la cara enrojecida.
Camino unos cuantos pasos para coger el látigo y la miro desde allí. Parece que algún desalmado la haya estado maltratando. El problema es que he sido yo.
-Creo que la sesión de hoy ya se ha terminado -le digo.
-¿Por qué, amo? He sido muy mala. ¡Castígame! -me dice.
-No me gusta esto. Creo que es moralmente reprobable.
De repente vuelve a ponerse su máscara social. Es otra vez la profesora de literatura. Ya no me llama amo.
-¿Moralmente reprobable? A ver, Alberto, ¿es que no estamos en un país libre?

11:11:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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