17 de junio de 2006
El editor [cuento]
Estoy en la calle Salamanca de Valencia, muy cerca de la plaza de Cánovas. Busco la oficina de una pequeña editorial que me ha ofrecido publicar este libro de relatos después de haber leído algunos en mi antigua web. Publicar en Valencia, en lugar de en Bilbao, me traería algunas comodidades, así que he accedido a la entrevista.
Son las cuatro de la tarde y el cielo está encapotado. La vieja calle tiene un tono sombrío, invernal, de uno de aquellos días tristes de mis años de facultad. Todo el mundo va en manga corta aún, por supuesto.
Encuentro el portal y veo a un gorila de unos dos metros, con la espalda como una mesa de reuniones y algo obeso. Tiene el pelo corto con algunas canas y cruza las manos por detrás con aire policial. Las piernas están abiertas y combadas en la zona de las rodillas, con problemas para resistir todo el peso. Adivino que es el portero y le pregunto.
-¿La editorial Íbidem?
-Primer piso, puerta uno -responde muy serio, satisfecho de su capacidad memorística. Subo por la desgastada escalerita de mármol y llamo al timbre. Me abre un muchacho de unos dieciocho años, con acento de Mislata, Benimaclet o el Cabañal. Supongo que se encargará del transporte de paquetes. Pronto encuentro la mesa de la secretaria, que se muestra amable.
-¿Habías quedado con él? -me pregunta.
-Sí, tenía cita a las cuatro -respondo. Mira la agenda y asiente.
-¿Alberto Noguera?
-Sí.
-Un momento, por favor -parece ahora aún más amable. No sé qué tendrá escrito en su agenda. Abre la puerta del despacho de nuestro hombre y dice algo que no oigo (imagino que "está aquí Alberto Noguera"). Se gira luego hacia mí-. Enseguida te atiende, puedes esperar ahí sentado -me señala una silla de cuero negro tensado sobre barrotes de aluminio. Me siento y contemplo la estancia, un ambiente agradable pero muy modesto, con un par de fotografías en blanco y negro enmarcadas en la pared y una estantería de madera con libros de la editorial. El teléfono de la secretaria no suena y ella escribe algo a mano.
Al cabo de pocos minutos me hacen pasar. Es un despacho de unos quince metros cuadrados, con muebles de madera de aspecto barato. Tiene otra estantería de madera con más libros de la editorial (algunos repetidos). El editor es un hombrecillo de edad mediana, tirando a joven, con un cráneo muy despoblado y un rostro algo más gordo de lo deseable. Lleva una camisa de manga corta y pantalones negros con un cinturón muy fino.
-Bueno, Alberto, ¿cuántos cuentos tienes escritos ya?
-Veintiocho -le digo.
-¿Y cuántos van a ser?
-Cincuenta.
-¿Y tienen que ser exactamente cincuenta? -pregunta arrugando la frente, como si la perfección del número le molestase. Igual está pensando en aquello de las musas, como si los cuentos fuesen hijos que envía Dios cuyo número no se puede prever de antemano.
-Cincuenta cuentos extraños -le respondo. No tengo ninguna razón concreta para que sean cincuenta. ¿Por qué habría de tenerla? Mi propia musa soy yo y las exigencias que me impongo.
-Bueno, de acuerdo. Eeeeeh... -alarga la vocal, que además no significa nada. Se hace un poco el interesante-. Estamos siguiendo una política de inversión en nuevos valores, gente joven y ultracreativa. Queremos seguir manteniendo una política de calidad, es decir publicar pocos libros pero muy buenos, nuestra editorial vive del prestigio y por lo tanto no es sólo la cifra de facturación lo que nos interesa. No obstante, para este invierno tenemos planeada una acción comercial de una cierta envergadura. Te explico: tenemos tres cuentistas jóvenes ya firmados, y queremos que tú completes el cuarteto. De esos cuatro volúmenes y de algunos cuentos de otros escritores de la casa queremos editar una antología que debería circular bastante. De ahí a tu tomo sólo hay un paso. De esa antología vamos a regalar muchos ejemplares, aunque perdamos dinero, porque el envite es para lanzaros a vosotros.
Asiento con la cabeza en una silla de madera, con el asiento y el respaldo forrados de tela negra. Con veintiocho años recién cumplidos, ¿cuántas veces he escuchado ya esos discursitos de los pequeños empresarios? El tío sigue, complacido de sus palabras.
-Entonces... -aquí una pausa para que sus engranajes cerebrales encuentren algo- Partiendo de la base de que el resto de cuentos van a ser buenos, porque ya eres un narrador con experiencia después de dos novelas, y teniendo poco tiempo para meterte con los demás en diciembre, voy a enseñarte el contrato que estamos haciendo a los nuevos valores y si estamos de acuerdo te lo enviaremos a casa para que lo firmes... ?Baja la cabeza y va abriendo cajones de su escritorio- Vamos a ver... -Saca unos cuantos folios grapados y va leyendo.
-Vamos directamente a las cláusulas: primera: derechos en exclusiva, mundiales y por veinte años. Esto es más o menos lo que se hace siempre en estos casos. También nos quedamos con los derechos para internet y adaptaciones audiovisuales, por motivos obvios... Bien, segunda: para que no tengas que estar echando firmitas cada vez, lo cual es un verdadero coñazo, prevemos ya aquí un número ilimitado de reimpresiones y ejemplares. Esto yo creo que hasta te beneficia.
Asiento desde mi silla sin abrir la boca. El tío sigue.
-Por supuesto, la remuneración que os reservamos es muy buena: un diez por ciento del precio final del libro, lo mismo que de los derechos que puedan dar las traducciones cedidas a terceros, películas, webs, etc. A eso se le descontará el IVA, no hay más remedio -dice moviendo la mano derecha sin dejar de mirar el papel-. La primera edición la haremos de mil ejemplares. Esto es importante para ti porque así no te ves presionado a vender muchos libros del primer tirón. Lo que no podemos es darte adelanto, porque comprenderás que el esfuerzo para lanzarte es muy fuerte y no podemos asumir más riesgo.
-Sí, lo comprendo -digo sin sorprenderme. Los editores pequeños nunca dan adelanto y la liquidación llega al cabo de año y medio o dos.
-Además, quería comentarte otra cosa. Nuestra editorial sigue una estrategia de fidelización de escritores. Empezamos con ella hace unos años y la experiencia nos ha demostrado que no podía haber sido de otra manera. Entonces, te leo la cláusula 22: "El Editor se reserva derechos preferentes sobre las obras futuras del Autor. Los contratos se establecerán en los mismo términos que el presente".
-Interesante tu estrategia -digo rascándome el mentón.
-Sí, no te extrañes, esto es bueno para ti. Un autor del que no tuviéramos seguridad para el futuro no nos interesaría para invertir tan fuerte en él, y nosotros queremos lanzarte pero en serio, vamos a regalar un montón de libros.
-Claro... -digo. Me mira con una media sonrisa, un tanto pegajosa.
-Esto está completado en la cláusula 23: "Los ingresos secundarios derivados de la publicación de la Obra, tales como columnas en periódicos, reseñas en revistas, conferencias o lecturas públicas corresponderán al Editor. El Autor presentará una liquidación anual de estos ingresos".
-Me parece lógico -le digo.
-Cláusula 24: "En las posibles apariciones en medios audiovisuales, el Autor mantendrá en un lugar bien visible de su indumentaria la marca de la editorial, cuya representación gráfica le será entregada por el Editor antes de la firma del presente contrato". Esto te lo daré ahora mismo, tengo todos los tamaños, se pegan solos planchándolos encima de una camisa.
-Joder, el más creativo de esta editorial eres tú -le digo. El tío sonríe complacido.
-¿Has visto? Esto lo han firmado todos. Ahora te leo las últimas cláusulas: 25: "Los demás ingresos secundarios debidos al prestigio social del Autor en su condición de escritor rendirán un 50% de derechos al Editor. Esta cláusula es especialmente operativa en casos de matrimonios en régimen de gananciales y su posterior divorcio". Como sabes, es hacerse escritor y empezar a ligar. ¿Y eso cómo lo conseguís? Gracias a mí. Y yo sí que tuve que currármelo para casarme.
Miro su cabezón de pelo escaso y su rostro como un pastel de manzana.
-Eso es porque no reconocían tu talento. ¡Tú eres el Cervantes de los contratos!
-¿Has visto? Espera, que queda una cláusula...

08:44:00 ---------------------  

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6 comentarios:

Juan Reyero:
Muy bueno. Pero me has dejado medio preocupado. Esto no tendrá algo que ver con la realidad de publicar libros, ¿verdad?
17 de junio de 2006 a las 11:13.  

alberto:
Tiene que ver más de lo que parece, te lo garantizo :)
17 de junio de 2006 a las 11:25.  

Anónimo:
Te faltó que te leyera la claúsula por la cual tu patrimonio pasa a formar parte de la editorial, inmediatamente después de tu fallecimiento.
17 de junio de 2006 a las 12:57.  

Sergio Haymuchomiserableenespañaquieroserjapones:
Dile que escriba un libro con sus claúsulas, y que te pensarás el contrato mientras reflexionas sobre la esclavitud y sobre los imbeciles que se creen que los demas son imbeciles, dos temas que casualmente te han venido a la cabeza :D
17 de junio de 2006 a las 15:00.  

pepe:
pues no esta tan mal. seguro que hasta ponia el la vaselina y todo.
17 de junio de 2006 a las 18:25.  

Emma:
a mi ese calvo no me engaña, es el mismisimo Lucifer y tu no fuiste a hablar con el por el libro, sino para venderle tu alma!

el boli era rojo? (si era rojo, todo se confirma)
18 de junio de 2006 a las 17:46.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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