26 de abril de 2006
Memorias universitarias III
Estoy aún hablando de la primavera de 1995. Yo era ya un estudiante de Filología pero no estaba matriculado. Recuerdo de aquellas primeras clases los discursos de Evangelina Rodríguez, una mujer con un gran nivel en su asignatura pero con profundas taras mentales. Se reía de los alumnos, sobre todo de los chicos. Pero era imprevisible, podía en un momento dado ser encantadora y luego pegar una patada en los huevos. Yo no sé qué frustraciones debieron confluir en aquella persona para dejarla así. Y digo esto sin ningún rencor, no tuve el más mínimo roce con ella. Simplemente, procuraba evitarla. En sus clases nunca abrí la boca.

Asistí a clases de Evangelina Rodríguez hasta el último curso, pero en aquellos primeros días me impresionaba su dominio de la materia. Hablaba de memoria y a toda velocidad. Esto yo creo que no es muy pedagógico, y se presta a los alardes de oratoria por parte del profesor. Pero a ella valía la pena escucharla. La asignatura a la que yo acudía entonces trataba de las técnicas de puesta en escena de las comedias del siglo de oro. No sé si hablaba también de la vida de los actores.

Yo entonces no lo sabía, pero el departamento de Filología Hispánica de la Universidad de Valencia es un claro caso de endogamia académica. Todo el mundo allí ha estudiado teatro del siglo de oro, en especial Lope de Vega, que pasó un tiempo en Valencia. Yo no digo que este teatro no sea interesante, pero no se puede uno llenar la boca con la famosa "diversidad" y luego poner allí a todos los profesores con el mismo perfil.

Pero en fin, las clases me empezaron a gustar y yo me fui comprando algunos libros. Recuerdo que leí el Ulises y creí que me gustaba. Hasta a eso puede llegar la sugestión. Tenía ansias de ideas complejas. Pensaba que la literatura podía ser algo trascendente, de vital importancia. En eso, he dado un giro de 180 grados.

Otra profesora que conocí fue Beatriz Gallardo. Tendría entonces unos treinta y pocos años, era alta y delgada, aunque con la cara regordeta. Tenía tipo musulmán, con piel morena y músculos finos. Era una de esas personas tipo Imanol Arias, sin sentido del humor y algo de "mala sombra". Su asignatura era Lingüística, la troncal de primer ciclo. Esta asignatura estaba considerada el gran "hueso" de la licenciatura, y esto creo que le daba a aquella mujer aún más pretensiones. Está de más que diga que se creía alguien de gran importancia, porque esto les ocurre a todos los profesores universitarios sin excepción.

Resulta que un día fui a su clase, en el Aulario III, a escucharla. Allí había algo de masificación y tuve que sentarme en la última fila. No me había comprado sus dosieres porque había que hacer una larga cola en la fotocopiadora. Ella caminaba de parte a parte del aula, explicando la lección. En realidad no lo hacía mejor que cualquier profesora de instituto. Yo diría que era bastante limitada intelectualmente, aunque me puedo equivocar.

Pues decía que aquel día estaba yo allí sin papeles, al fondo de todo, mirándola pasearse. De tanto leer el Ulises tenía ya la vista borrosa y no la distinguía bien. Creo que ella se me quedó mirando varias veces y le pareció mi mirada impertinente. Su orgullito entonces pergeñó una venganza: detuvo la clase y me interpeló directamente.

-A ver, usted...

Yo entorné los ojos y conseguí distinguir su brazo señalándome. Me pidió que explicara la última ley lingüística que acababa ella de enunciar. Le respondí que no tenía los papeles, pero enseguida quien estaba sentado a mi lado me los pasó. Yo respondí cualquier tontería y esperaba que se riera de mí como el viejo aquel Sanmartín, pero lo que hizo fue insistir, a lo que yo respondí con algo de malhumor. Luego me dejó en paz. Decidí no volver más por allí. La mujer tenía realmente mala sombra.

Al terminar el Ulises decidí escribir mi primera novela. Tenía 18 años y me veía ya capaz. No sabía lo mucho que me equivocaba. Estuve redactando a mano una sucesión de monólogos interiores, imitaciones de géneros, discursos enloquecidos y diálogos. La historia trataba del asesinato de un joven por una banda de gamberros. Ya en verano la terminé a máquina, con una Olivetti Pluma de mi padre. Todavía conservo aquella máquina, aunque no funciona bien la tecla del acento.

Y entre unas cosas y otras, por aprovechar el tiempo, decidí sacarme el carnet de coche en una autoescuela llamada Jordá que estaba al lado de las facultades, en la misma Blasco Ibáñez.

Aquello era un cubículo más pequeño que el 7 Eleven que había al lado. Había un diminuto recibidor con una mesa allí encajada y una miniaula de unos diez asientos, con una pizarra y un televisor. El profesor era un hombretón calvo que se las daba de dinámico. Señalaba a cualquiera durante la explicación y le hacía responder. Yo creo que el temario de una autoescula no da más de sí. El hombre era mediocre, pero no hacía falta más. Total, eran unas cuantas informaciones para memorizar antes del examen y olvidarlas lo antes posible.

Pronto me cansé de aquellas lecciones. Pedí fotocopias de los tests y los fui haciendo en casa. En poco tiempo me presenté al examen teórico allí en Valencia y aprobé.

Luego, en las lecciones prácticas tuve a otro instructor. Era un hombrecillo fibroso y renegrido muy peculiar. Quería aparentar gran tranquilidad pero era un bloque de nervios. Cuando yo aceleraba un poco para ir zigzagueando por los carriles, a veces daba respingos en el asiento, esperando el choque. Parecía que se le salía el corazón por la boca. Utilizábamos un Opel Corsa casi nuevo. Tuvimos tiempo de hablar de muchas cosas. Yo estaba algo triste, por la sensación de tiempo perdido en los estudios, y él me contaba que corría hasta 30 kilómetros los fines de semana. También me hablaba de educación vial y demás. Recuerdo que me dijo que un semáforo era una oportunidad para descansar antes de seguir conduciendo. También me dijo que nunca mirase el cambio de marchas para ver qué marcha llevaba, que lo comprobase con la mano derecha si acaso. También me enseñó a girar el volante sin cruzar un brazo sobre el otro. Yo creo que todo aquello fue lo más útil que aprendí en todo el curso. Y además en el examen aprobé fácilmente.


Luego, ya en vacaciones, decidimos Jaime y yo cambiar de piso. Recuerdo que viajamos a Valencia en su viejo coche un día de julio. Hacía en la ciudad un calor insoportable, el asfalto era como una plancha caliente. Jaime conocía un sitio que proporcionaba direcciones de pisos libres por un módico precio. Lo mejor era que allí tenían un callejero con pequeños conos pinchados, de modo que podía saberse dónde estaba cada piso antes de llamar. Del resto, se ocupaba el cliente.

Hicimos unas cuantas llamadas y visitamos siete u ocho pisos. Vimos algunos decentes, aunque demasiado lejos. En aquel tiempo el metro llegaba aún a pocos sitios y pensábamos ir andando a la facultad. También había algún cabroncete que parecía negarse a reformar el piso después de 40 años de uso, y había pensado en alquilarlo a estudiantes. Éramos un negociete rentable, recogíamos lo que nadie quería y pagábamos religiosamente. Una cosa parecida a los inmigrantes de ahora. Yo le dije a mi madre que no habitaría más zahurdas, que si no había dignidad regresaría a mi pueblo. También se lo dije a Jaime y aceptó.

Lo que sí que estaba bien eran los precios. Creo que estaban más bajos que nunca. Nuestro precio límite eran 60.000 pesetas, unos 350 €, con comunidad incluida. Por ese precio conseguimos al final un buen piso, con calefacción, muebles decentes, tres habitaciones, cocina y cuarto de baño en buen estado y un balcón grande con vistas al barrio de Benimaclet. Yo elegí la habitación interior, que era silenciosa y tenía un viejo armario de madera con un gran espejo, estilo Escopeta Nacional.

Las cosas, entonces, iban mejorando. Allí pasaría un curso muy agradable a partir del otoño. Antes de eso, pasé el último verano ocioso hasta mi licenciatura. La próxima vez que pisara la facultad de Filología, ya sería para matricularme oficialmente.

16:42:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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