5 de abril de 2006
Memorias universitarias II
En aquel otoño de 1994 yo vivía en un piso compartido. Éramos dos muchachos. Mi compañero se llamaba Domingo, un viejo amigo del colegio y el instituto. Era hijo de inmigrantes cordobeses y hablaba castellano. Creo que de pequeño lo malcriaron y le estropearon el cerebro: era un niño grande, lleno de complejos que intentaba disimular con la simpatía andaluza. Se iba todavía a dormir a las ocho y media de la tarde. Los primeros días se asustó tanto que no salía de casa por las tardes. Yo creo que no dormía por las noches del miedo que tenía. Otras veces se iba al Corte Inglés a pasear por allí, tal vez recordando las veces que había ido con sus padres.

Buscamos a otro compañero para pagar más fácilmente el alquiler. No sé qué tipo de estupidez nos guiaba, pero habíamos dejado libre la habitación más grande. Llamamos a una oficina de la Universidad que buscaba alojamiento a extranjeros del programa Erasmus. Pronto llegó un alemán unos cuantos años mayor que nosotros y con algo de pluma. Era un chico correcto y tuvimos un par de noches largas conversaciones en inglés. Él no sabía nada de español. Domingo nos escuchaba, pero creo que no entendía nada.

Yo pensaba que las cosas empezaban a marchar. Había aprendido a cocinar espagueti y tortilla, a fregar los platos y a barrer el suelo. Todavía tardaría unos meses a concienciarme de que debía de limpiar el cuarto de baño. La verdad es que el piso no era malo. Era un bloque de unos quince años, de ladrillo. Teníamos una vieja televisión en blanco y negro, pero el resto de muebles eran casi nuevos. El comedor era grande y había un sofá con tres plazas.

Yo volvía de las clases a mediodía y cocinaba mis espagueti, con un bote de tomate frito y carne picada. Recuerdo que compraba el periódico El Mundo. Pensaba que un futuro abogado debía estar informado. Pero al final sólo leía la columna de Umbral.

El alemán comía en la facultad, y Domingo creo que andaba dando vueltas por el Corte Inglés. Yo tenía una sensación de soledad muy intensa. Empezaba a ver que en el instituto vivía muchísimo mejor.

Esta es una de las cosas que sorprenden a los europeos acerca de España. Un país en el que todo el mundo vive en grupitos y cuadrillas, en el que la familia tiene tanta fuerza, y deja abandonados a sus jóvenes cuando cumplen los 18. Los padres pagan el alquiler, la comida, el transporte, los libros y la matrícula, pero no pueden hacer nada por su bienestar dentro de la facultad. Los profesores, por su parte, vivían metidos en lo suyo, en sus investigaciones, en sus libros, en sus vanidades. Su último pensamiento era el bienestar de los alumnos. Eran muy hábiles halagándolos con el tratamiento de usted y con las peroratas ex catedra, pero todo era falso.

En el mundo anglosajón, las universidades cuidan de los alumnos de una manera integral. Dentro del campus hay residencias para los alumnos, con servicios de limpieza, comedores y zonas de ocio. Hay también recintos deportivos e incluso locales de ocio nocturno. Cada alumno tiene un tutor que le supervisa y le apoya psicológicamente si la presión empieza a afectarle. Son así todas las universidades, no sólo las famosas de Oxford, Harvard, etc.

En Alemania, el modelo es diferente. El alumno sigue viviendo generalmente con sus padres, o en un piso en su pueblo. Se desplaza cada día hasta su facultad en transporte público, bicicleta o coche. La distribución demográfica del país, con muchas ciudades medianas, propicia que casi todos tengan una universidad relativamente cerca. Por supuesto, la gente tiene aparcamiento, carriles bici, autobuses y trenes.

Este es el modelo que tal vez quiso copiar España, pero sin dinero e improvisando. Hubo masivas migraciones de estudiantes hacia las grandes ciudades. Todos debían buscarse la vivienda y la manutención por su cuenta. Incluso los libros de lectura obligatoria debían de buscarse de librería en librería por toda la ciudad.

De todas formas, creo que ya no vale la pena calentarse la cabeza. Me parece que el modelo mismo de universidad tiene poco sentido. Desplazarse físicamente para recibir una dosis de información oral que se transcribe defectuosamente en una libreta; memorizar información teórica, sin aplicación real, para poder pasar un examen; desperdiciar un montón de años estudiando materias abstractas, o claramente obsoletas con respecto al mundo profesional; todo esto es ya un absurdo. Creo que la mayoría de investigadores que hay en las universidades justifican sus salarios por la docencia y nada más, pero si alguno está haciendo algo útil, opino que debería de encontrar un modo más eficaz de transmitir sus conclusiones. Las clases magistrales son una gran pérdida de tiempo y de dinero para la gente joven. Las empresas, tanto públicas como privadas, deberían de asumir más competencias en la formación. Los institutos de enseñanzas medias, con sus "ciclos formativos", lo están haciendo también.

Mi compañero Domingo, entonces, pronto se convenció de que le esperaba una vida de perro durante cinco años. Creo que tampoco soportaba la idea de vivir separado de su familia. De repente me dijo que se volvía al pueblo a estudiar música a distancia. Me quedé solo con el alemán.

En pocos meses, yo decidí que tampoco aguantaba más. No hablaba apenas con nadie en la facultad (en las diversas facultades por las que iba rotando). Tan sólo con una chica muy tímida, que luego supe que era lesbiana, y una muchachota rubia y algo pretenciosa.

También conocí, jugando en el club de ajedrez, a otro estudiante de Derecho de un curso superior. Era muy bajo, apenas pasaría del metro sesenta. Iba siempre con unos vaqueros que parecían de niño. Chocaba la mano ya en plan abogado. Caminaba siempre con una carpeta negra debajo del brazo. Se quiso hacer amigo mío y yo le dejé venir a mi piso una vez. Pero pronto vi por qué estaba solo: era colérico y se enganchaba en discusiones infantiles. Le gustaba también reírse de los demás. Todo lo hacía sonriendo, dándoselas de listo. Pronto decidí esquivarlo.

Iba a dejar Derecho pero no quería renunciar a la universidad. La presión social por obtener un título era enorme. No podía darles aquel disgusto a mis padres. Y tampoco había ningún trabajo que me gustase.

Decidí, en cambio, hacer borrón y cuenta nueva. Abandoné Derecho y cambié de piso. Propuse en mi casa estudiar Filología Hispánica para conseguir un puesto de profesor de instituto. Mi padre en principio se opuso, le costaba renunciar a sus fantasías, pero pronto lo aceptó. En cuanto al piso, contacté con otro compañero del instituto, llamado Jaime. Él estaba con otro chico y tenían una habitación libre.

El nuevo piso estaba en la Avenida Cardenal Benlloch, a la altura de la calle Caravaca. Esto de nuevo es un decir, porque tendría unos 50 años y no había sido reformado.

Mi habitación tenía unas baldosas ásperas, con unas cenefas borrosas, que se movían al pisarlas. Había también un armario como el de mi abuelo, de chapa de madera. Había un gran ventanal que daba a la calle, pero las compuertas cerraban mal y entraba el ruido. Faltaba la persiana, aunque el hueco sí que estaba, vacío y dejando pasar el aire de la calle.

Recuerdo que mi madre me compró un gran edredón y una estufita eléctrica. A pesar de eso, pasaba un frío horrible. Pero lo peor era el ruido: aquella avenida tenía un tráfico muy intenso, y no tenía apenas mediana. El ruido reverberaba entre aquellos edificios que no dejaban ningún hueco. Muchas veces me despertaba a las tres de la mañana alguna motocicleta sin silenciador o algún loco que tocaba la bocina.

El resto de aquel piso era igualmente cutre. La cocina tenía más mierda que el retrete de un moro. La puerta no cerraba, había sido pintada con acrílico tantas veces que ya no encajaba en el marco. Los fogones eran de gas. El fregadero estaba hecho con placas rectas de mármol. La suciedad se había enquistado allí y ya no salía. El cuarto de baño estaba más limpio, pero era también de cuando mi abuelo hizo la mili.

Pero con Jaime me lo pasé bien. Cocinábamos siempre macarrones y poníamos dos lonchas de queso encima para que se derritiesen. Por la noche, siempre lomo con patatas fritas. Alguna vez nos hacíamos unos bocatas gigantes de pechugas con pimientos fritos. Él me enseñó a cocinarlo todo.

Hay una anécdota que aún me da risa. Eran las elecciones autonómicas de 1995 y toda la avenida tenía fotografías de Vicente González Lizondo. Este señor era un regionalista valenciano de extrema derecha que fundó un partido llamado Unió Valenciana. Su mayor peculiaridad era la defensa de una supuesta "lengua valenciana" que sería distinta del catalán. Esto a Jaime, que era un catalanista de izquierdas, le repugnaba. Entonces, una noche bajamos con un cuchillo a cortar uno de los carteles. Lo hice yo subiéndome a una farola. Los operarios habían dejado una escalera atada con una cadena para continuar el trabajo al día siguiente. Simplemente subí y corté con el cuchillo. Luego teníamos aquella fotografía, en un plastico muy grueso y de tamaño aproximado de 1 x 1,5 metros. Primero la colgamos en la pared y le fuimos pintando bigotes y orejas de diablo. Pero como eso nos aburrió, yo pensé en fabricarme un delantal (!). Recorté cuidadosamente la cara de aquel hombre, dejando dos vetas a partir de sus orejas y un asa para meter yo el cuello por encima de su cabeza. Me lo puse, me lo anudé y funcionaba perfectamente. Una vez una vecina se asomó a la ventana y se quedó mirando estupefacta. Nosotros no parábamos de reírnos. Luego me cansé y lo tiré.

El otro compañero de piso se llamaba Román y era de Denia. Este es tal vez el personaje más ridículo que he conocido en mis años universitarios. Era bajito y caminaba encorvado. Jugaba al fútbol y hacía pesas en el gimnasio. Tenía un cuerpo de esos depilado y con todos los músculos marcados. Yo creo que se creía un hombre extraordinario. Su cara era como salida de una película de Fellini, con rasgos mediterráneos pero muy angulosos, con la mandíbula marcada, la frente estrecha, los pómulos prominentes. La nariz era grande y afilada. Había sido seleccionado alguna vez para jugar torneos juveniles de fútbol y jugaba también con el equipo de Denia. Recuerdo que incluso le pagaban algo. Iba y venía de Denia a Valencia para entrenarse en un Fiat Punto de sus padres.

Sus padres eran inmigrantes castellanos de muy poco dinero.

La carrera que estudiaba Román era magisterio. Llegaba a veces con grandes cartulinas con dibujos hechos con ceras. Los hacía él en las clases. Dormía muy poco, se iba por ahí a hacer cosas, estudiaba por la noche y luego se acostaba un par de horas. Siempre iba de un lado a otro apresurado. Jaime y yo lo veíamos muy poco. Una vez nos contó que tenía una enfermedad bastante grave. Se llamaba "osteopatía de pubis" (también llamada "osteítis púbica"). Ya lo habían operado una vez y debía hacer ejercicios abdominales casi diariamente. Nos contó una vez que el médico le había dicho que tenía las articulaciones como alguien de 60 años.

Entonces, Román se creía un joven, guapo y musculoso universitario, con éxito en el deporte. Yo veía a un pequeño paleto encorvado, con los huesos cascados y estudiando una carrerita de mujeres.

Claro, él podrá responder que yo también era un triste estudiantillo tímido y solitario. Y tendría razón. Creo que cualquier hombre analizado con demasiado detalle parece un pobre diablo.

Al final de ese curso, perdería de vista a Román. Años después lo volví a encontrar en una zona de bares. Iba con una chica flaca, amarilla y con el pelo negro. Creo que era mayor que él. Claro, no dudo que aquí el hombre se creería un Rodolfo Valentino.

Si tuviese que imaginar cómo vivirá Román ahora, diría que está casado con alguna mujer insignificante, se ha hipotecado 30 años por un piso mediano, trabaja como maestro y conduce un cochecito diésel. Si las articulaciones aún le funcionan, seguirá jugando al fútbol en algún equipo regional. Y con todo esto, se creerá un Tom Cruise.

Volviendo al invierno de 1995, en Filología no me dejaron matricularme. Debía esperar al curso siguiente. Lo que hice fue acudir a las clases para asegurarme de que era esa licenciatura lo que yo quería y al mismo tiempo sacarme el carnet de coche en una autoescuela.

Esos meses ya fueron mejores. En las aulas de Filología sobraban asientos. Las clases me gustaban, sobre todo las de literatura. Los estudiantes eran casi todos muchachas calculadoras que aspiraban al funcionariado. No me parecieron mal. Los pocos hombres que había eran otra cosa: los de Filología Catalana era nacionalistas de extrema izquierda, los de Filología Hispánica eran fantásticos con pocas ganas de trabajar. Muchos vestían como pordioseros y aparentaban vivir en la Bohemia. En realidad estaban malgastando el dinero de sus padres.

Luego, en cursos superiores y sobre todo en doctorado, conocería algunos chicos con algo de inteligencia. Me acuerdo de Fernando, Juan, Luisma, Javier, Luis. Ya les llegará el turno y hablaré de ellos.

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
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y que los rostros pasan como el agua".
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