4 de abril de 2006
Memorias universitarias I
Hace dos días vi la pirámide de población española que publicó El País. Tenía la forma de una pera: estrecha por arriba, como es lógico, pero también en la base. La amplitud máxima estaba en los hombres y mujeres de 25 a 29 años. Esos somos los nacidos entre 1976 y 1981. He hablado otras veces de ese fenómeno. El fin del Régimen de Franco y las grandes esperanzas abiertas llevaron a todos los alfredos landas a fecundar a sus mujeres como locos. Esto creó una generación hipertrofiada, que no cabe en ninguno de los lugares por los que pasa: en la guardería ya las cuidadoras se sorprendían de la masificación, en el colegio no teníamos ni silla, en los institutos había 40 en cada curso. Esto es algo que arrastraremos hasta la muerte. De momento hay problemas para conseguir vivienda, pero luego los habrá para jubilarse y finalmente para tener asistencia médica. Ataúdes no deberían de faltar, en todo caso.

Pero si en algún lugar esta masificación fue especialmente cruel fue en la Universidad. Allí se cortó en seco nuestra feliz adolescencia. Allí empezamos a ver que las cosas no eran como nuestros padres las habían imaginado. Tampoco como las películas americanas nos habían hecho creer. Para mí fueron unos años de mierda y pienso contarlo todo con detalle. Antes me echaba la culpa a mí mismo. Ahora sé quiénes son los culpables.

Mi primer día en la facultad fue gris y bochornoso. Aquella primera semana de octubre hacía aún calor. Yo llevaba unos vaqueros Levi's azul marino y una camiseta de tenis. Mi madre me había comprado ropa nueva para empezar el curso. Recuerdo que salí del piso compartido caminando a toda pastilla. Tenía una media hora hasta las facultades y me había entretenido demasiado duchándome.

Llevaba el horario en mi mochila: cada una de las clases se hacía en un edificio diferente. Cuando me había matriculado en septiembre, había encontrado muchos grupos cerrados y acabé con clases por la mañana, por la tarde, por la noche, con un montón de huecos en medio.

Llegué al lugar indicado: era un viejo edificio de mármol, pretencioso, decadente y manchado por la contaminación. Era un vestigio de los viejos tiempos, de la universidad de élite. Subí los escalones desgastados y entré en el inmenso recibidor. La escalera era monumental, toda de mármol, curvada a los lados. El techo estaría a más de 20 metros de altura.

En aquel momento yo no lo sabía, pero se trataba de la antigua facultad de Farmacia, que había quedado ya obsoleta para los científicos. Allí decidieron colocar algunas clases de Derecho, puesto que no cabíamos todos en la facultad.

Se me ha olvidado decir que el primer año yo estudié Derecho. Luego pasaría a Filología Hispánica.

No recuerdo bien cuál fue la primera clase. No sé si Historia del Derecho, con un tal Sanmartín, un andaluz con la cabeza esférica y el pelo blanco. Tenía aire muy doctoral, se escuchaba a sí mismo. Básicamente venía a repetir lo que decía el manual de su departamento, redactado por don Mariano Peset.

Sanmartín comenzó la clase con este aviso:

-No se preocupen los que no tienen asiento, después de los primeros días la mayoría de alumnos comenzará a faltar a clase.

Había chavales sentados en el suelo con sus carpetas en las rodillas, dispuestos a apuntar todo lo que dijera aquel hombrecillo. Estábamos en un aula muy vieja, con el piso de tablas combadas, los marcos de las ventanas herrumbrosos, y las mesas llenas de letreros a bolígrafo. Había mucho espacio, aunque pocos asientos. La mesa del profesor estaba sobre una tarima de un metro de altura. Aquello parecía casi un escenario.

Al acabar las clases, salíamos todo en estampida, como cabestros buscando el abrevadero. Pero lo que buscábamos eran las aulas de nuestras siguientes clases. Cada uno iba a un sitio. Unos se dirigían al Aulario III, un edificio de reciente construcción que albergaba sobrantes de varias facultades. Este aulario estaría a 800 metros de la antigua facultad de Farmacia, y tal vez me quedo corto. Otros iban al salón de actos de la facultad de Medicina, donde había también clases de Derecho. Otros corrían hacia la facultad de Psicología. Sólo los alumnos de los cursos superiores podían tener clases en su facultad.

Recuerdo muy bien el aula de la facultad de Psicología. Allí trasladaron luego a Sanmartín, cuando hubo reclamaciones. En realidad, toda la facultad interrumpió las clases una semana para reubicar los grupos. Ahí se puede entender el grado de planificación que tenían.

En aquella aula habían colocado un montón de mesas supletorias, aparte de las filas de asientos que estaban atornilladas al suelo. Algunos se quedaban sin mesa y debían colocarse al fondo, en unos bancos de madera con las carpetas en el regazo.

El silencio en las clases era sepulcral. Habría allí doscientas personas metidas, y el hombre dictaba sus apuntes sin ninguna interrupción. Era verdaderamente un prodigio aquella copistería manual.

Tuve un pequeño encontronazo con aquel profesor. Pidió que le diésemos nuestras fichas. Es importante aquí explicar que cada profesor nos pedía una ficha, que nosotros debíamos rellenar. Debíamos pegar también nuestra foto. Normalmente hacíamos fotocopias en color de cuatro fotos de carnet y luego las recortábamos con unas tijeras. No se le ocurrió a nadie que nuestras fichas estaban ya en los ordenadores de la facultad desde el día que nos matriculamos.

Yo fui a por esas fichas a la facultad y me entregaron una especie de octavillas con dos rayas negras. Entendí que en el recuadro superior izquierdo había que pegar la foto, pero no sabía qué más datos debía incluir.

Entonces, a Sanmartín le entregué la ficha con mi foto, mi nombre y dos apellidos y mi DNI. Se la dejé encima de su mesa antes de que comenzara la clase.

Pero cuando todos estuvieron en silencio, él vio mi ficha y la levantó con dos dedos:

-A ver, ¿quién es Alberto Noguera Navarro?

Yo levanté la mano.

-¿Cómo me entrega usted la ficha en blanco? ¿Qué quiere que haga con su foto, que me la meta en el bolsillo?

Todos estallaron en una carcajada. Me levanté a recoger la ficha. Le pregunté qué debía incluir y me respondió malhumorado:

-¡Pues su dirección, teléfono de contacto, todo, hombre!

No sé si se habrá jubilado ya este doctor Sanmartín. De esto han pasado doce años, casi seguro que sí. Pero si pudiese hablar con él ahora, le diría:

-Querido señor don Ceporro: consiga usted los datos de sus alumnos en la base de datos de su Universidad. No sea usted tan funcionario, ¡hombre!

Yo quería hacer amigos, pero los estudiantes de Valencia venían directamente desde el instituto y ya se conocían algunos. Formaron grupos cerrados y los demás tardamos unos días en encontrar compañerismo.

Recuerdo que uno de los chavales salió al balcón en un descanso entre clases. Aquel balcón era tan largo como el aula, de unos treinta metros, y daba directamente a la avenida Blasco Ibáñez. El chaval era flaco y nervioso, con el pelo negro cortado al cepillo. Se estaba comiendo un bocata de medio metro, envuelto en parte en papel de aluminio. Se asomó al balcón, abrió los brazos, y con el bocadillo aún en la mano grito: "¡Españoles! ¡Este país necesita una dictadura!". Luego un amigo le rió la gracia y volvió a meterse para adentro. A mí me pareció que yo no iba a encajar allí.

Otra profesora que recuerdo se llamaba Remedio Sánchez. Los alumnos la llamaba la Reme. Tenía un buen nivel y había escrito ella su propio manual. Su asignatura era Derecho Constitucional. Empezó su curso con la siguiente advertencia:

-A mí, de veinte alumnos, ya de entrada, me sobran doce.

Todos tragamos saliva y pensamos que entraríamos entre los ocho elegidos. No sólo éramos muchos en la facultad, sino muy competitivos. No había apenas estudiantes de relleno, íbamos todos a muerte. Teníamos muy asumida esta falacia: los jóvenes inteligentes, con su esfuerzo, conseguirán destacar en los estudios y coparán los mejores puestos de trabajo. La realidad ha demostrado que el premio a ese esfuerzo ha sido el paro y la precariedad laboral. Los mejores puestos los han copado los hijos de los que los estaban copando entonces.

Aquella Remedio era el tipo de profesora adicta a su trabajo. Decía algunas veces: "qué miedo tienen ustedes a trabajar en fin de semana. Yo trabajo el fin de semana más que entre semana". Quedaba claro que no tenía familia ni amigos. A veces nos contaba anécdotas sobre sus viajes a Italia para acudir a congresos. A mí aquello me parecía muy grande. Luego supe cómo funcionan estas cosas: yo te invito a ti, tú me invitas a mí. Todo lo paga el Estado o los alumnos.

Una cosa que ahora suena ya extraña es que aquella mujer fumaba un cigarrillo tras otro durante sus clases. Parecía ya bastante deteriorada, pero el caso es que sigue viva y dando clases.

A mí su asignatura me interesaba. Llegué a ir al examen, aunque no llegué a ver la nota. Abandoné esa facultad un buen día, de repente, en enero. Años después vi que había sacado un notable.

Otra profesora muy diferente era la de teoría del Derecho, una mujer aún joven de gran belleza que se mostraba amable con nosotros, aunque algo vanidosa. Hablaba con un micrófono en voz baja. Nos puso luego un examen oral y yo sólo aprobé la parte práctica. La otra se me trabucó y me confundí.

He mencionado ya a Mariano Peset. Este catedrático era muy importante en aquel tiempo. Ahora es incluso doctor Honoris Causa por la Complutense y parece que sigue dando alguna clase como profesor emérito. Era ya casi un anciano, enjuto, calvo, con un gran bigote completamente blanco. La asignatura que me impartió a mí era "Historia del Derecho Foral Valenciano". La verdad es que el hombre lo hacía muy bien, alternaba las explicaciones con alguna anécdota personal, no leía los papeles ni dictaba apuntes, nos preparó toda la información en unas fotocopias. Un día recuerdo que entró a clase con una caja de cartón muy pesada. Pidió ayuda a los alumnos para dejarla sobre la tarima. Dentro había quince o veinte manuales escritos por él.

-Son de la edición antigua y ya no los podremos vender. Pero quédenselos, las variaciones son muy pocas.

Algunos se levantaron y cogieron uno. Cada libro valía unos 30 €. Yo no me levanté porque ya lo había comprado.

Un día nos explicó la diferencia entre derecho y obligación:

-¿Yo ahora por qué me tengo que jubilar, si no me quiero jubilar?

Otra vez, cuando nos vio muy desanimados por la masificación, nos dijo: "no se preocupen, ya sé que en esta Universidad no funciona nada. Pero antes tampoco funcionaba nada".

Yo creo que Mariano Peset era, y aún es, un vestigio de la época gloriosa de la Universidad, cuando allí se formaba a una élite. La universidad de masas ha sido un gran fracaso y sólo ha inculcado mediocridad.

Pero don Mariano nos edulcoró la cosa. Todo había empeorado mucho en pocos años. Allí no funcionaba absolutamente nada. No funcionaban ni las máquinas de los cafés. Pedir un Bollicao implicaba 30 minutos de cola. El hacinamiento era casi insoportable.

Una cosa que he tenido yo buena desde joven ha sido la rapidez de reflejos. No soy de los que defienden causas perdidas. Pronto supe que no continuaría estudiando Derecho. Pero aún pasaría unas cuantas semanas más en aquel hormiguero.

16:51:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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