13 de abril de 2006
Manolo el del bombo [cuento]
Hace muchos años, mi abuelo vendió una parcela de secano poco productiva cerca de Ondara a un constructor. El precio, para mí demasiado bajo incluso para la época, fue uno de los pisos del nuevo bloque para turistas que se iba a construir. Luego lo heredó mi padre y siempre lo hemos tenido alquilado en manos de una agencia. No he llegado a conocer a ninguno de los inquilinos.
Actualmente es un bloque viejo y de mal aspecto, con los balcones herrumbrosos y varias zonas de la fachada desconchadas. Aun así, el alquiler ha subido considerablemente gracias a la fiebre del turismo.
Aparco en un descampado a unos cien metros (donde se han excavado ya las zanjas para los cimientos de algo que parece otro bloque de apartamentos) y camino por la estrecha carretera hasta encontrarme con la reunión de propietarios en el portal. Algunos han propuesto una actualización casi total del edificio para poder desalojar a estos inquilinos de baja rentabilidad (que tienen la costumbre de emborracharse y vomitar en las escaleras o gritar por las ventanas a las cinco de la mañana) y poder subir aún más el alquiler. La idea es atraer turistas "de calidad", una idea casi racista que se refiere al poder adquisitivo de los visitantes.
Yo, en cambio, pienso que los años dorados del turismo de sol y playa han pasado y que hay que seguir exprimiendo lo que quede de naranja, sin invertir nada, hasta que se acabe y tengamos que malvender el solar. En este tipo de negocios milagrosos siempre me utilizo a mí mismo como estudio de mercado: un mes metido en un zulo asfixiante y pegajoso, saliendo cada día unas horas a tender la toalla en una arena ardiente y hacer cola para comprarme una botella de agua por el triple de lo que vale, no es mi idea del paraíso. No abandonaría un lugar fresco y tranquilo para meterme aquí ni aunque me pagaran. Y pienso que muchas personas pronto acabarán pensando como yo.
Las caras de los propietarios, según abro la puerta y los miro, no demuestran esa inquietud. Todos son hombres de mediana edad, orondos valencianos con tiendas de ciclomotores, restaurantes, zapaterías o talleres de coches. Sus negocios funcionan al máximo mientras ellos están de vacaciones. La mayoría lleva pantalón corto parecido al de los boy scouts y sandalias. Por supuesto, arriba llevan una camisa bien metida en los pantalones. Son bastante amables por la inclinación innata a lo comercial de los valencianos, aunque ya saben que estoy en contra de sus ideas. En el rincón de la derecha veo a un inquietante personaje: es pequeño y regordete, con una fea calva llena de pelusa y un bombo colgado dispuesto a sonar. Nadie me lo presenta y decido ignorarlo.
-Muy bien, pues ya está el último que faltaba. Podemos empezar -dice el presidente, un viejo carpintero de bigotes largos y blancos de aspecto céltico. Creo que es el que más pisos tiene. Se llama Josep Mut.
-De acuerdo -comienza uno que creo que se llama Osvaldo, un bocazas que cada vez que he venido ha monopolizado las conversaciones para no decir nada-. Necesitamos levantar todo el mármol de entrada y escalera, picar las paredes, cambiar el techo, los ascensores y las barandillas. Tenemos también que cambiar el tejado y repintar todo el edificio. Los balcones cada uno que se los cambie, el modelo está en la ferretería del Magdaleno.
-¿Total cuánto? -pregunta Mut mirando a un diminuto y escuálido personajillo de gafitas. Parece ser el secretario.
-20.287 euros por piso -dice.
-De acuerdo -sigue Mut-, tampoco es tanto. Podremos subir el alquiler o vender con un montón de beneficio. ¿Estáis todos de acuerdo?
Cuando estoy a punto de hablar hay uno que levanta la mano. Es un obeso fantoche, con pantalones vaqueros largos y un polo que apenas puede contener el fardo de sebo que lleva alrededor de la cintura. Habla castellano. Parece uno de esos cabreros manchegos aterrizados aquí en los setenta que se creen Emilio Botín porque tienen una empresa que monta aires acondicionados. Apuesto a que no le va mal, en todo caso.
-Tendríamos que ver -comienza solemnemente- los materiales que se van a poner y hablar con los especialistas. Ahora hay unas empresas de decoración que podrían hacer de esto una finca de lujo. Todo es cuestión de proponérselo.
-De acuerdo, todo se puede hablar -interrumpe Mut-, pero ahora vamos a ver si todos están dispuestos a emprender la obra. ¿Alguien tiene alguna objeción? -pregunta mirándome de reojo.
Comienzo a hablar.
-Me parece una cifra... -el tío del rincón comienza a aporrear el bombo a toda pastilla. ¡Bum, bum, buummm! ¡Bum, bum!
-¿Pero a este tío qué le pasa? -pregunto con un evidente cabreo mientras lo señalo con la mano casi tocándole la cara. Él mira al suelo con docilidad canina.
-Tranquilo, Manolo -dice Mut. Luego se dirige a mí-. Ha venido en calidad de oyente y a veces expresa su opinión. Pero tú no te preocupes por él.
Sigo hablando todavía mosqueado.
-Estáis haciendo un presupuesto... -¡Bum, bum, bum! ¡Buuummm! ¡Bum, bum! Manolo vuelve a "expresar su opinión".
-¿Pero esto qué cojones es? -pregunto con un evidente enfado. Todos, incluso Mut, evitan mirarme a la cara.
-¿Alguien más desea expresar su opinión? ¿Se aprueba la propuesta por unanimidad? -pregunta Mut.
-¿Pero vosotros sois gilipollas o qué...? -¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Manolo aporrea aún más fuerte. De repente, se para.
-Bien -sigue Mut-. Puesto que hemos escuchado a todos los propietarios y no ha habido voces en contra, se aprueba la propuesta por unanimidad.

16:14:00 ---------------------  

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"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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