8 de abril de 2006
La feminista [cuento]
Camino por la avenida Blasco Ibáñez hacia la facultad de Filología para encontrarme con Joan Oleza, el director de mi tesis de doctorado. He aparcado junto al estadio Mestalla del Valencia C.F., a unos cincuenta metros al otro lado de la avenida de Suecia. Necesito aclarar algunos puntos sobre mi objeto de estudio: tengo un ladrillo de Norman Mailer, traducido por Anagrama, que no sé si puede ser incluido.
A finales de julio, la facultad está casi vacía y sólo algunos estudiantes hacen cola para realizar sus preinscripciones o ver las últimas notas antes de irse de vacaciones. Son las cinco de la tarde y el calor húmedo de Valencia comienza a hacerme sudar. Una vez dentro del edificio, el aire acondicionado soluciona el problema.
Subo las escaleras hasta el tercer piso con una cierta pesadumbre: el problema mayor de mi tesis pueden ser las horas de autopista entrando y saliendo de esta urbe enloquecida por el crecimiento económico. Me cruzo a veces con algún chavalote que me mira con cierto desprecio: creen que soy un estudiante rezagado de veintisiete años que sube a ver las notas de su séptima convocatoria de latín. Me importan un pepino estos cabroncetes, en todo caso.
Camino por el departamento totalmente vacío de Filología Hispánica con un nudo en la garganta. No estoy nervioso, son los reflejos condicionados: como el perro de Pavlov, después de cuatro años de subir aquí a ver las notas de mis exámenes vuelvo a experimentar los nervios sin ningún motivo.
Tuerzo hacia el despacho de Oleza, ya más tranquilo (hasta aquí llegué ya licenciado), y me encuentro a mi compañero Luis Llorens cerrando la puerta con llave. Es el único becario en activo que llegó aquí antes que yo, uno de esos estudiantes de expediente brillante que deciden gastar lo que les queda de juventud en actividades mecánicas y burocráticas llamadas "investigación", con un estipendio mensual que no alcanza la mitad de la nómina de un profesor de instituto novel y que tampoco cotiza a la Seguridad Social.
-¿Qué tal? ¿Está dentro? -le pregunto.
-No. ¿No has visto la nota? -me señala uno de esos papelitos adhesivos amarillos que están tan de moda pegado en la puerta. La nota dice: "Por cuestiones académicas, el profesor Oleza no cumplirá hoy, martes 13 de julio, su horario de atención". Es la letra de Oleza.
-¡Me cago en diez! Y he venido desde Pedreguer. Tenía que haber llamado -digo enfadado.
-Pues claro, hombre. ¿Aún no has aprendido eso? -dice con aire socarrón. Es hijo de una familia trabajadora, como la mía, y no utiliza los modales elitistas y pseudointelectuales de otros becarios. La mayoría de los que estamos aquí somos víctimas de las ansias funcionariales de la clase baja, aunque algunos intenten disimular. Se corta el pelo al cepillo y está muy moreno, con un rostro seco de gesto un tanto duro. Parecería un albañil si no llevara una cartera en la mano izquierda.
-Joder, un viaje perdido -digo.
-¿Por qué no te vienes a la conferencia de la Varey? Es de una profesora muy famosa de los Estados Unidos, Inés Zapata. ¿La conoces? -me pregunta. "La Varey" es una sala llamada así, que hace años solíamos llamar "la pecera" por sus paredes de cristal. Es donde se dan las clases de doctorado, se hacen reunioncitas y los becarios trabajan con unos cuantos clónicos de la gama más baja. Está justo enfrente de nosotros.
-No.
-Está aquí por no sé qué historias... Lecturas de tesis o congresos, ya sabes.
-Sí, ya sé -digo desanimado. No tengo ganas de escucharla.
-Venga, vamos para adentro -me dice mientras me da una palmada en la espalda.
Entramos y encontramos dos sillas libres en la cabecera de la mesa, en el extremo opuesto de donde Zapata prepara sus papeles. Es una mujer de mediana edad, regordeta y de aspecto indio. Tiene el pelo teñido de naranja y en su cara, que parece haber perdido un antiguo atractivo, hay profundas arrugas sobre la boca y alrededor de los ojos, en una piel grisácea de aspecto acartonado.
Comienza a hablar y veo que tiene los dientes muy cuidados, según la norma norteamericana. Su español es el de Méjico. Luis se levanta, cierra la puerta y se vuelve a sentar. El resto de público son mujeres, supongo que estudiantes de doctorado, algo más jóvenes que nosotros. A su lado veo a una profesora de literatura latinoamericana, vieja conocida mía, con su melenaza rizada teñida de rojo y un aire nervioso. Supongo que es la que ha organizado esto.
-Me gustaría en esta charla -dice en voz muy alta- afrontar el problema de la conformación del yo masculino en función de un Otro femenino. Me gustaría también explicar la tensión masculino/femenino desde una perspectiva no posmoderna.
Me agarro fuertemente a la silla y pongo la espalda recta. Si arranco el coche en cinco minutos, aún evitaré los atascos de la salida de las oficinas. Pero veo a todas las chicas, incluso a Luis, escuchando atentamente y decido quedarme un poco más. Zapata se levanta para dibujar con un rotulador en una pequeña pizarra.
-El error histórico -sigue- es la separación masculina entre la producción de bienes y servicios y la producción de fuerza de trabajo. Conocemos ya que la mercancía es el fruto de una actividad productiva -escribe "mercancía" en la pizarra y dibuja una flecha- y que esa actividad productiva se mide en fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo pertenece a cada trabajador, que comercia con ella como con cualquier otra mercancía desde el momento que firma contratos de trabajo para percibir una remuneración...
De repente, hay un silencio espeso en torno a Inés Zapata. Las muchachas parecen entender muy poco. Luis y yo tenemos los ojos como platos. La tía sigue mientras va escribiendo en la pizarra y dibujando flechas.
-El valor de la fuerza de trabajo, como se sabe desde hace tiempo, viene determinado por la cantidad de trabajo necesaria para producirla. Ese trabajo puede ser muscular, intelectual o biológico.
Zapata hace una pausa, nos mira lentamente (el pequeño auditorio está petrificado) y continúa.
-Tradicionalmente el hombre ha centrado sus argumentos en los dos primeros tipos, pero ha ignorado interesadamente el tercero. La producción de efectivos humanos que posteriormente desarrollarán una fuerza de trabajo a lo largo de su vida se realiza por medios biológicos y recae exclusivamente en el colectivo femenino. De ahí su minusvaloración.
Nueva pausa para escribir en la pizarra y seguir hablando con un dedo levantado.
-¿Se entiende esto? El libre cambio de mercancías y fuerza de trabajo ha ignorado deliberadamente la producción de efectivos humanos, factor clave sin el cual todo carecería de sentido, la sociedad desaparecería.
Ahora deja el rotulador y vuelve a sentarse.
-Pero no quiero caer en el error de pretender una revolución al estilo masculino, una revolución violenta. La verdadera razón subyacente para esta situación es la plusvalía generada por esta producción femenina. En el caso de la producción de efectivos humanos se da un sobretrabajo que acaba generando una identidad masculina. He ahí la plusvalía. Lo masculino, por tanto, es una sobreidentidad generada por el residuo del trabajo de lo femenino.
Se nos queda mirando y creo que se da cuenta de que las chicas no entienden nada. Luis se está tapando la boca con las dos manos, como si quisiese taponar el surtidor de una fuente.
-Pondré un ejemplo concreto para que se entienda mejor -se levanta y vuelve a dibujar-. Un trabajador nacido en 1970 habrá acumulado en 1995, cuando comience a producir, un esfuerzo sobre sí que no entra en el libre cambio en el momento en que firma los contratos. Podría pensarse que basta con negarse a producir efectivos humanos sin una contraprestación clara para el futuro, pero esto no es así. La identidad masculina se ha ido conformando, gracias al residuo del trabajo dedicado a convertirlo en un ser productivo, de manera que se rompen las justas leyes del libre cambio y se subsume lo femenino a una creación de valor sin contraprestación. ¿Está esto entendido?
Todos asentimos con la boca bien cerrada. Me doy cuenta ahora de que Inés Zapata tiene los pechos grandes y nutricios, un acúmulo de valor de uso donde los haya.
-Bien, pues ahora puedo pasar a describir la verdadera clave para romper esta situación injusta. Veamos: una identidad masculina se conforma mediante dos procesos fundamentales: los cuidados maternos y los coitos. Los dos son fácilmente capitalizables si el Estado garantiza ese derecho. Por supuesto es el Estado quien debe proporcionar ese capital mediante pago directo. Las formas de conseguir ese capital no son asunto que nos incumba en este momento, tal vez la recaudación directa a los agentes que utilizan esa fuerza de trabajo sería lo más adecuado. Pero sí que nos incumbe directamente la forma de forzar al Estado, conformado y dominado por teorías masculinas, a reconocer el derecho femenino al libre cambio de sus bienes productivos.
Se produce un nuevo silencio. Miro a las otras chicas y sus rostros parecen blancos como las paredes. Zapata sigue.
-Me estoy refiriendo, por supuesto, a los coitos. Una acción sobre los cuidados maternos sería moralmente incorrecta porque los perjudicados no pueden ayudarnos en nuestro objetivo. Pero una acción directa, una huelga sobre los coitos socavaría las plusvalías sobre el yo masculino y obligaría a medio plazo a una reformulación de todo el sistema. Sería, por lo tanto, una revolución no violenta, pero un cambio fundamental. La primera revolución llevada a cabo únicamente por mujeres.
Entonces, intervengo.
-Perdóneme, profesora Zapata. ¿Está usted hablando de una huelga de sexo, el viejo sueño feminista? ¿No cree que existen ya contraprestaciones muy socializadas a cambio de los servicios sexuales femeninos? -digo con la mayor tranquilidad posible. Sorprendentemente, las estudiantes de doctorado me miran con mucho interés.
-En efecto -responde Zapata- existen esas contraprestaciones, pero han quedado desfasadas. Piense usted en la cuestión de los malos tratos, que obviamente son acúmulos especulativos de identidad masculina. El hecho de que el paradigma capitalista haya impregnado toda la actividad humana en Occidente ha conducido a una igualdad sobre el papel de las dos esferas aquí tratadas, pero eso ha desvalorizado esas contraprestaciones de las que usted habla. En cambio, el valor en fuerza de trabajo que prestan los coitos a lo masculino sí que es altamente capitalizable. De ahí el desfase. De ahí la plusvalía especulativa galopante que lleva a los malos tratos. A más igualdad, más violencia, es algo estadísticamente demostrado. Sólo la capitalización de la fuerza real de trabajo femenino romperá el círculo vicioso en el que lo femenino está inmerso. Es imperativa una huelga mundial de sexo para forzar al Estado a cambiar el statu quo.
De repente, todas las chicas han cruzado las piernas sin darse cuenta. Luis y yo las miramos de reojo. La profesora amiga suya le lanza una cómplice sonrisa.

09:17:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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