29 de abril de 2006
El maestro Sakyamuni [cuento]
Conduzco perdido por la urbanización La Sella, buscando unos campos de tenis en los que he quedado con mi antiguo amigo del instituto Xavier Pons. Antes de llamarlo por teléfono, decido preguntar al primero que me encuentre.
Pronto veo a un anciano vestido con una acartonada túnica roja y sandalias de piel. Está inclinado cortando los brotes de una planta que tiene en un gran macetero. Detrás de él veo una construcción muy grande de una sola planta, pintada de rojo oscuro y con algunas paredes circulares. Los grandes ventanales de cristal están protegidos por rejas de acero pintado de negro.
Detengo el coche y me acerco a preguntar.
-¿Sabe por dónde anda el campo de tenis?
-No. No conozco muy bien la zona, apenas salgo de mi templo -responde con un cierto acento oriental, aunque su español es casi perfecto fonéticamente. Tiene la cabeza afeitada, en la que se dibuja como un mapa grisáceo la zona que aún retiene cabellos. Las partes frontal y occipital aparecen despobladas. Evidentemente, es un monje budista, uno de esos flacos octogenarios que aún conservan mucha energía. Miro al templo y siento mucha curiosidad, siempre me ha interesado la doctrina antimonoteísta del budismo, aunque no he llegado a conocerla bien. Veo la puerta principal abierta, mostrando una sala muy grande con baldosas color tierra. No veo a ningún otro monje entrando y saliendo.
-¿Es usted un monje budista? -le pregunto.
-Sí, soy el maestro Sakyamuni, el encargado de este templo.
-Encantado -le doy la mano-. No sabía que hubiese un templo de este tipo en Pedreguer...
-Es muy reciente.He sido designado para administrarlo, después de 40 años en Madrid. Los otros monjes vienen también de allí.
-Pero usted no es madrileño.
-No, yo soy nepalí. La situación política nos fuerza a muchos a emigrar.
Ahora detecto mejor sus rasgos orientales: sus ojos almendrados ya muy arrugados, su total braquicefalia, sus pómulos salientes... Tiene la piel bastante morena y cuarteada. Me imagino su juventud a los pies del Himalaya, en una ciudad medieval sin ninguna evolución desde hace más de mil años. Ahora me acuerdo de Xavier, que debe de hacer diez minutos que me espera en el campo de tenis (esté donde esté) con su raqueta metida en una funda y un tubo de cuatro pelotas. No tengo muchas ganas de empezar a pelotear.
-¿Y tienen ya muchos adeptos de esta zona?
-No muchos -dice sonriendo-, pero algunos ya se han interesado. Puede entrar a ver el templo.
El maestro Sakyamuni camina hacia la puerta como si supiese que lo voy a seguir.
Llegamos a la gran sala embaldosada. Todo es muy austero, las paredes son de color marrón claro, lo mismo que los pilares circulares. Al fondo hay un pequeño altar de madera, en el que supongo que se inclinarán a rezar todos los monjes.
El maestro cruza otra puerta y aparecemos al otro lado del templo, ante un pequeño valle dividido en parcelas yermas.
-La primera verdad es que todo es dolor -dice Sakyamuni mirando las colinas del fondo, pobladas de chaletitos de distintos colores-. El dolor mueve al ser humano como un hombre a su marioneta. El dolor ha construido esas casas que allí ves, la necesidad de aislamiento de las otras personas.
Me quedo pensando un momento y el maestro continúa.
-La segunda verdad es que el origen del dolor es la sed, el deseo de placer. Esa sed se origina en la ignorancia y da lugar a la codicia, el odio y el error.
El maestro camina hacia unas pequeñas escalinatas en las que antes no me había fijado. Son unos cuantos escalones que dan a una puerta de acero sin pintar. La abre y entramos en un sótano oscuro y mal ventilado, en el que sólo entra luz y aire por unas rendijas de la parte superior que están al nivel del suelo. Hay unos quince o veinte monjes arrodillados, con la misma túnica y rasgos orientales que el maestro, manipulando trozos de piel con una aguja y un hilo grueso. En un rincón veo una caja en la que parece que depositan el producto acabado. Creo que son carteras de piel. Los monjes me miran un tanto extrañados pero siguen con su trabajo.
-Sin codicia, sin odio, sin error -dice el maestro-. Nuestras vidas han suprimido el deseo. Ahí está la tercera verdad, la desaparición del dolor y la llegada al nirvana, a la absoluta liberación.
Se calla de repente y vuelve a las escaleras. Lo sigo y cierro la puerta. Se queda de pie mirando las parcelas yermas, que deben de ser unas veinte. El resto de huecos en esta zona están totalmente construidos y habitados por alemanes de fuerte poder adquisitivo.
-El camino santo tiene ocho miembros -dice señalando un estrecho camino de tierra que atraviesa las parcelas por el centro-, ocho vías de perfección: la opinión, la intención -señala cada vez una parcela. Las malas hierbas parecen albergar ratas y serpientes debajo-, la palabra, la actividad corporal, los medios de existencia, el esfuerzo, la atención y la concentración mental.
-¿Y el resto de parcelas? -le pregunto.
-Están vendidas ya.

10:39:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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