10 de marzo de 2006
El taller literario [cuento]
Cuando estoy viendo la televisión en la cocina preparándome para cenar suena mi teléfono móvil en mi habitación.
-Oye, Alberto, soy Marcos, ¿te acuerdas de mí?
Sí que me acuerdo: es un primo lejano que nunca viene a mi casa pero que cuando me ve por ahí me tiene enganchado una hora con jerga literaria y discusiones sobre el estilo. Es químico y se dedica a hacer análisis en una fábrica de hormigón. Ronda los 45 años y tiene dos hijos que hacen la ESO.
-Tengo un vago recuerdo. Hacía tiempo que no me llamabas -digo fingiendo alegría. Estoy seguro de que busca algún favor literario. Mi madre tiene ya terminadas las pechugas a la plancha y el olor llega hasta aquí. Tengo ganas de sentarme a cenar.
-He estado ocupado. Pero ahora puede que nos veamos muchas veces. Tengo algo que contarte. He organizado un taller literario en la Casa de la Cultura.
-¡No me jodas! -digo con mal disimulada frustración. Este tío es capaz de echar a perder todo el sistema educativo del pueblo, al menos en la parte de letras.
-Sí. Hay demanda, a la gente le interesa, y ya sabes que yo tengo ínfulas literarias desde hace tiempo.
Mi padre avanza por el pasillo sin prestarme atención para sentarse a cenar. Creo que hay también ensalada porque me llega el olor del vinagre.
-¿Y a mí para qué me necesitas? Yo soy un perro callejero en cuanto a estilo.
-No. Lo que quiero es que vengas a generar debate y traigas algún escrito, algo inédito si puede ser -dice con aire confiado, como si fuese a sentirme halagado. Si me niego insistirá durante toda la noche y me quedaré sin cenar.
-De acuerdo, eso está hecho. Iré un día y ya no más.
-De acuerdo.
-He dicho sólo un día y ninguno más, eso lo has oído, ¿no?
-Sí, sí, lo he oído. Ya estás creyéndotelo demasiado.
-Claro, claro. Te voy a llevar algo jodido a ver si le sacas el sentido. Todavía sigo pensando que eres un adoquín literario. ¿Cuándo es el taller?
-Ahora mismo, de diez a once. ¿Tú ya has cenado?
-No, todavía no -respondo apretando el puño izquierdo-. Pero en cuanto acabe estoy ahí.
Cuelgo y me siento a la mesa. Mi madre se me acerca con un folio en el que tiene escrito algo con su letra de niña (la de quien ha escrito poco en su vida).
-Si mañana por la mañana vas al Amica, necesito estas cosas -me señala su lista llena de utensilios de limpieza.
Cuando acabo subo al segundo piso, donde tengo el ordenador, lo enciendo e imprimo mi relato "El chico de Telepizza", a ver si le pilla el sentido.
En la calle llueve muy fuerte y hace frío. Las gruesas gotas caen oblicuamente (puedo verlas al pasar bajo uno de los focos naranja) y no invitan en absoluto a salir. Los charcos de la calzada tienen burbujas, lo que significa, según decía mi abuela, que va a llover mucho rato más.
Cojo una carpeta de plástico, meto el cuento y la lista de mi madre para no olvidarla mañana. Esta tarde he aparcado justo frente a mi casa, por lo que evito coger el paraguas.
Doy cuatro saltos hasta mi coche, conduzco durante tres minutos hasta la Casa de la Cultura, aparco y corro hacia la puerta trasera acristalada a través de la que veo a Marcos haciendo ya explicaciones.
-Muy buenas -digo. Todos se me quedan mirando. Hay más de veinte personas, lo que me recuerda un hecho constatado: ya hay más escritores que lectores. La mayoría son mujeres de mediana edad, más atractivas de lo normal (como siempre que se trata de literatura), con amables melenas sin mechas ni cardados. Hay un par de abueletes que parecen haber venido a matar el aburrimiento.
-Hombre, Alberto, pasa, estaba explicando el tema del narrador.
Me siento en la primera fila en una de las pocas sillas vacías. De repente noto que la chica de al lado me toca el antebrazo. Miro su cara sobresaltado y recuerdo que es Inés, compañera mía de COU que ya me recomendaba a Pérez-Reverte en 1993, cuando aún hablaba en la tele.
-¿Qué tal, Inés? -dejo la carpeta sobre la mesa en la que habla Marcos y le doy dos besos. Ha engordado un poco y no le ha sentado nada mal. Charlamos en voz baja mientras sigue la explicación magistral. Me llega alguna frase a la que no presto atención.
-...normalmente los comentarios hay que ponerlos en boca de un personaje...
De repente interrumpe su discurso.
-¿Dónde está lo tuyo? ¿Dentro de la carpeta? -pregunta quitándole las gomas para abrirla.
-Sí -respondo. La verdad es que no tengo ganas de ser analizado delante de estos aprendices. Y menos por otro aprendiz.
-Bueno... -dice levantando el labio inferior y tocándose la barbilla- Es un texto duro, áspero, dislocado, enumerativo. La narración ha sido reducida casi al grado cero. Los semas caen como paquetes desde un avión. Sin embargo, el sentido ha de extraerse en una lectura en profundidad, más allá de la referencialidad. Esa aparente falta de cohesión citativa, listativa, fragmentativa, cubista es falsa. Los significados poéticos aparecen cotidianos y disolventes. De hecho, el último verso es esta escueta afirmación brutal, literal: "disolvente"...
Cuando oigo esta última palabra me levanto como movido por un resorte. Me acerco para mirar el folio que sostiene con dos dedos: ¡el cabrón está leyendo la lista de la compra de mi madre!

19:54:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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