17 de marzo de 2006
El gimnasio gratuito [cuento]
En Denia ha llegado por fin el calor y los alemanes caminan en sandalias y tirantes por el puerto en dirección a la playa. He venido a comprarme el periódico y echar un vistazo a las novedades de mi librería habitual.
La chaqueta de pana que llevo me está sobrando y tengo la espalda sudada por culpa del asiento del coche. Cruzo la calle caminando despacio y me dirijo a la calle Campos, saturada de turistas españoles y extranjeros, además de los dianenses, que tienen cara de estar disfrutando del primer día cálido del año (no en vano el calor es el negocio principal de esta ciudad).
Me meto en el primer kiosco que encuentro y le dejo un euro sobre el banco a una chica con unas mechas algo pasadas de moda. Tiene aproximadamente mi edad y mira con cierto interés mi negra barba de una semana. Creo que he engordado un poco este mes y no me queda tan bien. En todo caso, esta tarde me afeitaré.
Salgo esquivando a un par de ingleses que buscan la prensa amarilla de su país y abro el periódico de pie sobre la acera. Paso algunas hojas hasta que me detengo en un artículo.
Levanto la vista pensativo y me tropiezo con un cartel gigante que reza: "GIMNASIO GRATIS". Está justo al lado de una sucursal del BBV, en la planta baja de unos de los pisos más caros de la ciudad. Los transeúntes se detienen para mirar los escaparates, a través de los que se ven un montón de personas, sobre todo hombres jóvenes en camisetas de tirantes mostrando sus peludas axilas, haciendo ejercicios en varias máquinas. Hay más de diez bicicletas estáticas.
Cruzo la calle, que los fines de semana es peatonal, y me acerco con curiosidad. Me llama la atención un sonido sordo, como de fricción intensa. El olor a sudor es también muy perceptible.
Me quedo de pie en la entrada. Las máquinas tienen unos cajones detrás en los que se regula la dificultad con un mando. No veo las placas de acero de los otros gimnasios. Las bicicletas estáticas, alineadas en una larga fila al fondo, tienen unos extraños cilindros en la parte trasera que parecen el motor de una máquina de coser, de los que salen unos cables que van a parar a una pequeña caja común.
Un tío muy musculado, con una camiseta negra que parece a punto de estallar en sus bíceps, mira a los "clientes" con los brazos cruzados y las piernas abiertas como un pastor de cabras que vigilase el rebaño. Está calvo aunque es bastante joven.
-Oye -digo acercándome-, ¿cómo es que lo habéis puesto gratis?
-Bueno, tenemos un contrato con el Ayuntamiento. Es un servicio comunitario, uno más de los muchos que pone para turistas y ciudadanos.
Lo que dice es cierto. En verano se ofrece incluso cine gratuito en la playa.
-¿Y esos cables que asoman de las bicicletas? -le pregunto.
-Eso sirve para regular la intensidad -dice mirando a la pared blanca con cierta timidez.
-¿Necesitas electricidad para regular la intensidad?
-Tú por eso no te preocupes -dice mirándome a la cara y mostrándome la palma callosa de la mano. Tiene pinta de poder romper varios ladrillos de un solo golpe-. Si quieres puedes ejercitarte, no hay problema. Yo ahora tengo que salir un momento.
Miro alrededor y no veo duchas ni sala de aeróbic (tal vez por eso las mujeres no vienen). Las bicicletas son bastante viejas, con aspecto de segunda mano. Nada que me invite a quedarme.
Antes de irme veo una pequeña puerta blanca entornada al lado de la última bicicleta de la fila. Una curiosidad irreprimible me asalta y me escabullo disimuladamente hacia adentro de lo que parece ser un cuarto oscuro.
Encuentro un pequeño interruptor a la izquierda y se encienden varios tubos de neón. Cierro la puerta y me pongo a fisgar. Hay un par de mesas de conglomerado con utensilios como cinta aislante, tijeras y varias cajitas con recambios para las piezas de las bicicletas. Veo también un pequeño botiquín, una colchoneta inflable sobre la que este tío seguramente pegará sus siestas, y una caja negra adosada a la pared de más de un metro de ancho.
Muy pronto encuentro una lengüeta que me permite levantar la tapa. Lo que hay dentro son varios contadores digitales con etiquetas escritas a mano que indican: "jalones", "sentadillas", "pectorales", "dorsales", además de "bicicleta 1, 2, 3" hasta la 12. Las cifras que indican aumentan lentamente.
El contador de la bicicleta 5 de repente se para. Abro rápidamente la puerta, asomo la cabeza y compruebo que una de las bicicletas acaba de ser abandonada, aunque ya hay otro chaval preparándose para sentarse.
Vuelvo a mirar los contadores rascándome la barba, que parece tiesa como las púas de un cactus. Este tío me está dando mala espina.
Cuando decido marcharme para no arriesgarme a ser descubierto, veo que una de las mesas tiene un cajón debajo. Tiro de él y aparecen un montón de sobres abiertos. Miro el primero y veo que es una factura de Iberdrola. Lo raro es que para cada día hay dos cifras: una positiva muy pequeña y otra negativa mucho mayor. La cifra final es negativa y está traducida a euros (56.000 para los últimos dos meses).
Vuelvo a dejar el sobre en su lugar, cierro el cajón y abro la puerta para salir.
Me encuentro con el gorila de antes, con los brazos sobre las caderas (las manazas tienen las venas muy marcadas y parecen dispuestas a lanzarse a mi cuello) y una cara como si me hubiese pillado acostándome con su mujer.
-No pongas esa cara -le digo-. Todavía no has empezado a negociar el convenio colectivo.

22:52:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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