18 de febrero de 2006
La Cremà [cuento]
Camino por Micer Mascó, Valencia, abriéndome paso entre el gentío. Faltan pocos minutos para que comience la Cremà de las fallas y he encontrado una lo bastante gorda como para divertirme un rato viéndola consumirse. Hace más de una hora que he perdido a mis antiguos colegas de facultad, borrachos como cubas, y he decidido acabar la noche por mi cuenta y no conectar el móvil.
Los ?cubalitros? de Coca Cola con cualquier licor siguen circulando, algunas chavalitas se han sentado en la acera mareadas, con los transeúntes esquivándolas como si fuesen perros durmiendo la siesta. Los grupos de chavalotes a veces tienen un porrón con vino o una litrona.
Por supuesto, también hay matrimonios de mediana edad, grupos de divorciadas de treinta años (peligroso acercarse a ellas si quiero llegar a dormir a mi casa), ancianos que seguramente habrán ayudado a pagar el monumento, e incluso chavalines de once o doce años que se habrán escapado del control de sus padres.
Aquí en estas fiestas de Valencia me suelo encontrar cómodo porque no corro el riesgo de que aparezca algún antiguo compañero del colegio a contarme lo estupenda que es su vida actual (hipoteca, trabajo de oficina, pareja (in)estable). Esta noche es algo así como nuestro Carnaval, una gran liberación antes de las noches cálidas y días soleados que nos acompañarán hasta noviembre. Es además un gran negocio que deja mucho dinero en la ciudad.
Conforme se acerca el gran momento la aglomeración aumenta. Hay dos chicas algo más jóvenes que yo que me empujan con las caderas e incluso me frotan los pechos en el brazo. Una de ellas aprieta tan fuerte que en lugar de la almohadilla de la teta lo que noto son las costillas que hay detrás.
Me giro y veo que son casi tan altas como yo, maquilladas y bien peinadas, sin el aire amargado de las que salen a buscar pareja. Tienen rasgos mediterráneos, con el pelo muy negro y la piel amarilla. La que está más cerca de mí tiene una preciosa figura bajo su camisa negra ajustada. La otra está un poco gordita.
De repente desaparecen y las veo sentándose en un banco de cemento unos metros más allá. Parecen muy animadas en la conversación. Me escurro entre la gente (algunos están sudados ya, hace calor) y me siento con ellas. En lugar de presentarme o decir alguna chorrada las miro tranquilamente y ellas sonríen complacidas. Luego siguen con su conversación.
-¿Has oído lo de la Agencia Española del Alquiler? Un piso para mí sola, eso sería lo mejor -dice la más delgada.
-Claro. Todavía no te vayas con Pep, hazme caso. Cuanto más segura estés antes, mejor.
La falla tiene una figura central que llega hasta el cuarto piso de los edificios. Es un gordinflón caracterizado como un cerdo, con una especie de frac y un maletín con la inscripción ?hipotecas?. Más abajo está Aznar inflándolo con una bomba como las de las bicicletas. No me he acordado de leer las inscripciones. Ahora, con toda la gente que tengo delante, no puedo ver ya el resto de la falla.
Se hacen las doce y comienza la Cremà: suena una traca que llega a la base de la falla y enciende el fuego. Al principio no veo más que un poco de humo, pero pronto las llamas empiezan a devorar las piernas de Aznar.
El fuego crece mucho y los listillos que creían tener el mejor sitio se ven obligados a retroceder por el calor. Los bomberos riegan las paredes de los edificios. Muy pronto se aparta todo el mundo y nos quedamos las chicas y yo en primera fila. Ellas me sonríen con aire malévolo. Estas ya han estado en muchas cremás, lo mismo que yo.
Aznar es ya cenizas, y el fuego sube por las piernas del cerdo hipotecario. El maletín se enciende y la inscripción se borra.
Miro a las dos chicas: resisten el fuerte calor con una mano frente a la cara. Me fijo en sus ojos negros, en los que se reflejan las llamas enloquecidas. Son miradas de esperanza. El cerdo cae con gran estruendo y todo el mundo grita.

19:41:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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