4 de enero de 2006
Sociedad de la Masturbación [cuento]
Estoy en la casa de la Cultura de Pedreguer, un edificio que antiguamente fue el colegio, luego pasó a ser guardería (aquí aprendí a hacer hoyos con una pala y a pintar patos de amarillo) e incluso biblioteca. Hace unos años la Generalitat soltó el dinero y lo reformaron completamente para actividades culturales.
Me han medio obligado a venir porque un profesor de valenciano del instituto de Denia quiere dar una charla sobre la implantación de las Nuevas Tecnologías en el pueblo. Las elecciones municipales anticipadas por culpa de unas obras ilegales han situado al UPV (partido nacionalista valenciano) a las puertas de la alcaldía, y este profesor, que se llama Ferran Ferrer, puede ser el nuevo alcalde.
El tío nunca me ha caído bien. Llegó a darme valenciano y sus clases eran una lectura monótona del manual. Ni tan siquiera se molestaba en fotocopiar ejercicios, los dictaba para ir haciendo tiempo y que acabase pronto la clase. Me estuvo suspendiendo durante todo COU y al llegar a selectividad saqué un 9 (sabía ya más catalán que Pompeu Fabra). Pero el colega se lee MTX y me ha pedido que asista.
La sala permanece vacía, con un tablero cubierto con una tela verde al fondo y unas cuarenta sillas plegables de madera ordenadas en filas. Estoy sentado en la última fila y miro el reloj: faltan diez minutos.
De repente alguien me pone la mano en el hombro.
-Oye, Alberto, necesitamos un pequeño favor -oigo por detrás. Es Andreu, antiguo compañero mío del instituto y el que me ha convencido para estar aquí. No lo veía desde hacía tiempo: ha adelgazado bastante y lleva una perilla de estilo clásico. Sostiene un disquet con dos dedos-. Tengo la impresora rota y no he podido imprimir el discurso de Ferran. Me lo pasó por e-mail para que le echase un vistazo. ¿No puedes ir a tu casa rápido? Son sólo cinco folios.
Acepto, ya mosqueado, y me voy caminando con tranquilidad hasta mi casa. De pequeño se me hacía un gran viaje desde la guardería, pero sin semáforos y con las manzanas tan pequeñas tardo sólo cinco minutos. Enciendo el ordenador, abro el archivo de Word y leo el bodrio lleno de tópicos. Encuentro un error y hago un pequeño cambio. Luego lo imprimo.
Cuando vuelvo con los folios la sala está llena. Supongo que el público estaba en la cafetería haciendo tiempo hasta que llegara su hombre. La mayoría forma parte de esa ridícula intelligentsia que germina en los pueblos: maestros de escuela, oficinistas, libreros, hijos de empresarios, casi todos con ideologías que en Madrid hace treinta años que no defiende nadie. Casi ninguno con una ligera idea de lo que es internet.
Veo pelos cortos teñidos de rojo, forros polares, barbas canosas, lustrosas barrigas estilo Blasco Ibáñez. El humo del tabaco apenas me deja ver la mesa en la que va a hablar Ferran. Los dientes de las mujeres que ríen desaforadamente parecen haber tomado un par de tonos más hacia el gris que la última vez que los vi.
Ahora recuerdo a una gordita de aspecto moruno con el pelo oxigenado que era dependienta del video club y que nos servía películas pornográficas cuando teníamos 14 años. Una gran idea, puesto que con tantas pajas en Pedreguer no ha habido nunca ni nazis ni nacionalistas violentos.
Entra Ferran y el rumor baja de golpe. Los circunspectos padres de familia, que han venido con sus mujeres, parecen ser los únicos que lo miran con algo de desconfianza. Tal vez son los únicos que no tienen claro el voto (el mío será abstención).
Empieza el discurso con tranquilidad, mirando al auditorio con la práctica que le dan sus soporíferas clases de instituto. Tiene un aire a Carod Rovira, con una brillante calva sobre un bigote de esos de reprimido y falso.
Por fin llega al párrafo final.
-Los nuevos hábitos sociales, la tendencia de nuestra economía al aislamiento de las personas y las posibilidades de las redes hacen necesario y posible un gran cambio en la forma en que las personas se relacionan. Un cambio que ya se está produciendo en las ciudades grandes. Por eso considero prioritario incorporar cuanto antes al pueblo de Pedreguer a la verdadera Sociedad de la Masturbación...
Ahora su calva parece un semáforo en rojo. Adiós alcaldía.

18:26:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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