15 de enero de 2006
La panadería de mi tío [cuento]
Tengo un tío que se dedica al negocio del pan desde hace 30 años en Pedreguer. Cuando llegó al pueblo se dio cuenta de que las condiciones laborales para los inmigrantes manchegos eran pésimas, vendió el par de yermos que tenía en su aldea y montó el negociete.
Desde bien pequeñito lo recuerdo sacando barras de pan recién hecho para ponerlas en el mostrador o manejando la masa en la trastienda. Me gustaba mucho andar por allí comiendo pellizcos de harina cruda y preguntándolo todo (decía que acabaría siendo cura por lo hablador que era).
Hoy me he decidido a hacerle una visita.
-¿Qué tal, tío Tomás?
-Muy mal.
-¿Y eso? -le pregunto. Tiene mucho menos pelo que la última vez que lo vi, con una cabeza blanca y arrugada que ahora me doy cuenta de lo grande que es. Está escribiendo números en una libreta cuadriculada. Aún no tiene ordenador.
-Cada vez viene menos gente a la panadería, los supermercados me están matando. La gente ya no come pan porque dicen que engorda, ¿por qué no dejan de comer precocinados industriales y verán como no engordan?
Los azulejos que antes relucían en las paredes han perdido el brillo. El calendario con una Virgen sí que parece haberse renovado cada año. Miro a mi alrededor y no hay ni un solo cliente. Mi tía, que antes ayudaba a servir las barras, parece tener otras cosas que hacer.
-Venga, no te quejes tanto. Tú ya vas cara a la jubilación, y Dani está colocado ya -digo refiriéndome a mi primo, que es abogado en Alicante.
-Malos tiempos. Los pocos comerciantes honestos que había vamos cerrando, ahora todo es marketing. Prefieren comprar una barra con sabor a harina que se tiene que mascar como un chicle que meterse en una panadería. Todo lo compran en el supermercado porque lo ven en la tele.
Es todavía más pesimista que mi padre. Sólo con lo que vale el local (que es de su propiedad) podrá hacerse con una buena vejez en su chaletito del Rafalet (una partida agrícola de Pedreguer). Miro a mi izquierda y veo un espléndido jamón ibérico, con la pezuña negra, montado en un jamonero y con el cuchillo bien afilado al lado, listo para cortar.
-Por lo menos no te falta un platito de jamón para merendar -le digo. Él sonríe levantando la cara de la libreta. Ahora parece aquel joven emprendedor que vino de Albacete.
-Córtate unos trozos, me lo ha traído tu tía del pueblo -me dice. Cuando empiezo a cortar se mete para adentro, tal vez a apagar el horno antes de marcharse. Al cabo de unos segundos vuelve a salir con una aceitera.
-Si quieres hacerte un bocadillo, ponte aceite de este, que es de oliva del bueno. De esto en los supermercados no hay.
Cojo una barra de pan, la abro por la mitad, echo el aceite y luego voy poniendo los trozos de jamón. Tiene razón mi tío en que el aceite es de calidad, porque desprende un olor fortísimo.
De repente me doy cuenta de que no tengo hambre. Pienso en dejarle el bocadillo hecho a mi tío pero luego se me ocurre algo mejor: me acerco al mostrador, cojo una de las etiquetas para marcar precios, escribo con el rotulador un 6 € y lo dejo en una bandeja vacía que esta mañana seguramente contendría paquetes de rosquillas.
Por la calle pasan los aficionados del Valencia C.F. con sus bufandas para ir a ver el partido al local de la peña con el pay per view. Me gustaría saber qué harán sus mujeres cuando ellos se largan (nada bueno).
De repente entra un chaval pequeñajo y flaco, con una chaqueta vaquera que le viene grande. Lleva la bufanda doblada dentro del bolsillo.
-¿Cuánto vale el bocata ese? -me pregunta.
-Seis euros -le digo. Abre los ojos y levanta las cejas.
-Joder, colega, tendrá que estar niquelado por lo menos, porque seis pavos...
-No te has comido en tu vida un bocadillo como este: pan recién hecho, jamón ibérico, aceite de oliva virgen extra. Con esto pierde el Valencia y sales contento de la peña.
El tío se ríe y saca las monedas.
-Qué cabrón eres -me dice mientras sale a la calle con su bocata cogido con las dos manos pegando un gran bocado.
La panadería se vuelve a quedar vacía y yo sé que me voy a aburrir. Dejo los seis euros sobre el banco y llamo a mi tío.
-Bueno, tío, yo me largo.
-Muy bien, pásate cuando quieras -dice saliendo de la trastienda- ¿qué tal el jamón?
-No me lo he comido.
-¿Ah no?
Cuando voy a explicarle que lo he vendido aparecen diez chavales más con sus bufanditas. Miran al mostrador buscando los bocadillos. Alguno lleva ya dos billetes de cinco euros en la mano.
-¿Y los bocatas de jamón? -preguntan.
-¿Pero qué bocatas de jamón? ¿Os creéis que estáis en casa de la tía Enriqueta? -responde mi tío con mala leche.
-Sólo había uno -les digo.
-Joder, vaya negocio vas a hacer con sólo un bocata. Venga, hasta luego -se largan y mi tío se me queda mirando.
-¿Lo ves? La gente ya no sabe lo que es una panadería.

15:57:00 ---------------------  

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3 comentarios:

Félix:
Muy bueno Alberto, no se si será verídico o no, pero es un gran ejemplo del lema 'Renovarse o morir' que todo empresario debe tener en mente. Yo me compro muchas veces un bocata para almorzar en un horno de aquí al lado :). Mas baratito, eso si
16 de enero de 2006 a las 10:53.  

Lola Viajera:
La mejor parte de leer son los mental pictures que vienen y van, gracias por los detalles, buen cuento, ya tengo hambre.
16 de enero de 2006 a las 22:59.  

alberto:
Jeje, hombre, Félix, es que ahí en Alzira son más modernos que en Pedreguer.

Y eso de "mental pictures" no lo había oído nunca. Ya me lo explicarás la próxima vez que hablemos :)
17 de enero de 2006 a las 11:11.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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