19 de enero de 2006
La Cova del Rull [cuento]
Subo lentamente por la carretera de Ebo, con unas fuertes rampas que me obligan a ir casi todo el tiempo de pie en mi bicicleta (una GT de competición). Es mediodía y el sol da fuerte sobre la niebla que aún queda de la noche, lo que da un aire fantasmagórico a estas montañas. Contemplo el viejo caserón decimonónico de cuatro torres construido sobre la roca y escondido tras un bosquecito de pinos, la antigua residencia de alguna de las familias pudientes de la zona.
Después de una primera parte muy dura, las rampas se suavizan y consigo estabilizar mis pulsaciones. Llevo un ritmo correcto y en poco más de una hora puedo estar arriba. El bosque ha desaparecido y lo que hay es roca desnuda con algunos matojos.
Luego me dejo caer hasta Ebo, un asentamiento medieval con una iglesia románica que aún es el edificio más grande del pueblo. Actualmente sólo viven toda la semana aquí pensionistas y algunos labradores y albañiles (cuesta más de una hora llegar). Los fines de semana sí que hay mucha vida, con los antiguos habitantes que vuelven desde las ciudades a aprovechar las casas que han heredado.
Tuerzo hacia la Vall d'Alcalá y enfrento la rampa que hay antes de la Cova del Rull. La señal de peligro marca una pendiente del 16% pero creo que puede ser más. Me retuerzo como una lagartija de pie sobre la bici para que los brazos puedan transmitir algo de fuerza a las piernas. Pronto empiezo a culebrear también con el manillar para pasar fuerza a la rueda trasera (los trucos del ciclista cansado son toda una ciencia) y por fin consigo llegar al rellano de la cueva.
Hay un ancho aparcamiento en el que caben tres autobuses y una pequeña construcción pegada a la roca en la que una mujer espera tras una ventanilla como si fuese la taquillera de un cine. Los pobladores paleolíticos que pintaban con los dedos las paredes de la cueva poco sospechaban el dinero que iban a generar aquellas figuritas alargadas y monocromas.
Me paro un momento para descansar y beber agua. Aquí vuelve a haber bosquecitos y más allá todo el valle está cultivado, sobre todo de almendros y cereales (algo poco rentable).
Oigo un ruidito como el de una taladradora que poco a poco va aumentando. Pronto aparece un ciclomotor de tipo scooter con una chavalita que se para cerca de mí. Estoy sentado sobre un pequeño muro de hormigón que impide que caigan piedras al aparcamiento.
-Te he visto venir desde Ebo -dice con una amplia sonrisa con los dientes muy blancos. Debe de tener unos dieciséis años, es pelirroja y muy delgada, con la nariz afilada y una barbilla prominente.
-¿Y me has seguido? -pregunto indiferente. Cuando voy en bici no pienso en iniciar conversaciones y me ha descolocado un poco.
-Sí, hay muy pocos ciclistas que se atrevan a subir por aquí -dice. Se ha bajado del ciclomotor y se ha sentado en el muro a unos tres metros de mí. Tengo que levantar la voz para que me oiga. Aparte de la taquillera de la cueva (que no puede vernos) no hay nadie en tres kilómetros a la redonda.
-Tu moto casi no puede subir por esta cuesta.
-Sí que puede, pero va despacio.
-¿No te gustaría subirlo en bici? -le pregunto.
-Aún no puedo, pero he bajado hasta Pego y vuelto a subir -responde. Saca un móvil y se pone a teclear con indiferencia, como si perseguirme con el ciclomotor fuese algo normal.
De repente suena el teléfono y responde.
-Okay, mom, come down in five minutes... -dice. Habla inglés como si tuviese canicas en la boca, lo que me dice que su madre es de la zona de Londres. El valenciano lo habla perfecto, por lo que deduzco que ha nacido aquí.
-¿Dónde estudias? -le pregunto. Ella no responde, teclea un número y se pone a hablar en perfecto castellano.
-A las diez llamo al timbre. Como no bajes enseguida me largo, ¿vale tía?
Es un poco chulita y sólo las endorfinas que mi cuerpo produce después del esfuerzo impiden que me enfade.
-Eres la chica más guapa que he visto esta semana -le digo. La verdad es que tampoco he visto muchas.
-¿En serio? -responde con una sonrisa pícara y las cejas (pelirrojas) levantadas. La experiencia es un grado: la he ganado ya para mi causa.
-En serio. ¿Por qué no te acercas un poco? Estás muy lejos y no te veo bien.
-De acuerdo, pero no me saques defectos ahora.
Se sienta a mi lado y me doy cuenta de que no es muy alta y está extremadamente delgada. Tal vez por eso ha conseguido llegar hasta aquí con el ciclomotor.
-¿A qué te quieres dedicar profesionalmente? -le pregunto. Se abrocha la cremallera de la ajustada cazadora que lleva antes de responder.
-Escritora.
-¿Ah sí? Qué bonito -digo. Pienso que será una buena profesora de instituto. Espero que no se le ocurra estudiar Periodismo.
-Quiero hacer novelas extrañas, sin argumento. Novelas que muestren la vida de las personas como son, sin finales felices ni tristes ni de ninguna clase.
-¿No vas al cine? -le pregunto. Es raro lo que ha dicho en alguien de su edad.
-No, nunca. Me duermo cuando veo una película. Hay demasiados tópicos -dice mirando el bosquecito de pinos.
-Estoy de acuerdo contigo, yo tampoco veo películas. ¿Y en qué lengua vas a escribir las novelas?
-English -responde otra vez con su acento londinense.
-¿Y dónde las vas a publicar? Te costará encontrar editor.
-Aquí. En esta zona hay más ingleses ya que en Inglaterra. Se venden miles de libros y periódicos en inglés.
-Tienes razón -digo recordando una librería de Dénia que recibe todas las sábanas inglesas antes que los kioscos de Trafalgar Square.
Se queda callada y mira la pantallita de su móvil sin motivo aparente. Creo que ahora que se ha sincerado conmigo sí que le asalta la timidez.
-Pues te decía que nunca he visto una chica tan guapa como tú -digo. Esto ya empieza a ser mentira. Le he pasado el brazo por encima de los hombros y puedo oler ya su estupenda melena pelirroja, metida dentro de la cazadora. Tiene los ojos marrón claro y me mira fijamente.
-A ver lo que haces, colega -me dice dejándome oler su delicioso aliento-. Creo que la subida esta te ha trastornado un poco.
-Mi abuelo siempre decía que "burro cansado, burro armado".
Se queda mirándome sin poder reprimir la sonrisa, aplastando sus labios rojo oscuro contra los dientes. Me acerco un poquito más...
Despierto con un horrible dolor de cabeza. Está anocheciendo y se ha levantado un viento helado que arrastra la grava del aparcamiento desierto. Me incorporo y miro el lugar donde mi amiga aparcó la moto, busco la huella de las ruedas. No veo nada. Tengo que hacer todo el viaje de vuelta de noche.

14:28:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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