29 de enero de 2006
La casa azul [cuento]
Conduzco por el estrecho camino de tierra que lleva a la casa de mis tíos. Tenía la intención de charlar un rato con mi prima Silvia sobre literatura (siempre se compra el Babelia) pero pronto compruebo que todos se han marchado. El perro me ladra, como siempre, y decido volver a mi casa.
Cuando estoy subiendo al coche oigo detrás de mí:
-¡Por favor! -es una voz extranjera, me giro y veo a un tío de unos 60 años, rubio aunque con la fina piel morena y acartonada. Está flaco y parece muy aseado, con una camisa a rayas perfectamente planchada y pantalones vaqueros.
Me fijo en su casa y está pintada de azul, con un tejado tradicional a dos aguas y grandes ventanales. La última vez que vine creo recordar que estaba en obras.
-Sí, dígame -respondo.
-¿Podría hacernos un pequeño favor? Mi esposa está injuriada y necesitamos bajar una puerta -dice. Tardo un par de segundos en comprender que "injuriada" viene del inglés injured y quiere decir "lesionada".
-Sí, claro -me acerco y veo a su sonriente mujer, otra extranjera muy morena con algo más de grasa en el cuerpo que se sostiene el brazo izquierdo, con una contractura en el bíceps. Tal vez están terminando las obras y ha forzado demasiado.
Me señala una puerta que está dentro de su Citroën Berlingo. Lo ayudo a sacarla dificultosamente, porque debe de pesar 50 kilos. Parece que esté blindada, pero miro la puerta principal de la casa y ya está puesta.
La mujer nos conduce hasta el jardín de la parte trasera, donde sí que hay un hueco para ponerla. Lo conseguimos después de varios intentos y yo acabo con las manos resecas por el viento de poniente, que baja casi a cero grados.
-Muchísimas gracias. Te voy a invitar a un licor que fabricamos nosotros.
-Bueno, de acuerdo -digo mirando las palmas de mis manos, que están enrojecidas. Imagino un moscatel fermentado en algún tonel del tío este, pero sale con un líquido azul en un vasito de cristal. Dudo si bebérmelo, pero él tiene otro vaso y pega un buen trago.
-¿Esto qué es? ¿Se lo ha traído de su país? -pregunto.
-Sí, es fabricación mía.
-¿Fabricación suya? ¿A qué se dedica usted?
-Soy químico. Trabajo en un muy grande laboratorio de una empresa farmática en Holanda. Hago licor en ratos, para consumo personal.
-¿Y de dónde sale este licor?
-De ningún sitio. Es licor sintético. Es muy fácil aislar formantes básicos. Mi mujer prueba -dice. Miro a su mujer, que sonríe con vergüenza. Tiene las mejillas rojas, como si hubiese estado bebiendo litros de esto durante años.
-Pues está muy bueno, sí señor -digo sinceramente. Tiene un sabor ligero, como de cerveza, pero con mucha más graduación y un punto salado al final. Estoy pensando en encargarle unos cuantos litros y ver qué salida podría tener esto en los garitos de Denia, pero desisto inmediatamente en cuanto imagino el papeleo que habrá que pasar.
Doy unos cuantos pasos hacia atrás para que me dé el sol y veo a dos chavalines de unos ocho años de pie en la puerta del garaje. Llevan unos chalecos con aspecto de camisas de fuerza, con una argolla en la espalda en la que está anclada una cinta parecida a la de los perros. Ya vi algo parecido a esto en Inglaterra, pero para niños más pequeños.
-¿Estos son sus hijos? ¿Cómo es que los tiene atados?
-Es muy importante su radio de acción -dice metiéndose en el garaje. Lo sigo y veo que efectivamente, las cintas tienen al final un mango que suelta algunos centímetros cuando le das a un botón, como las de los perros-. Voy a soltar un poco para que vean que estás aquí. Es muy importante el reflejo.
-¿Qué reflejo? -digo pegando el último trago del licor. Espero que esto no lleve ácido lisérgico y esté alucinando.
-Mi mujer es pedagoga. Tenemos todo científico. Reflejo es reflejo condicionado, Pavlov -dice. Me doy cuenta por su acento de que no es holandés sino ruso.
-¿Les mide usted la saliva a sus hijos?
-Saliva no. Todo. Todo lo tengo aquí -dice señalándome un monitor de plasma colgado de la pared con varias gráficas.
-Gráfico uno muestra ritmo cardíaco, gráfico dos muestra nivel glucosa, gráfico tres lactosa, gráfico cuatro presión arterial, gráfico cinco adrenalina, gráfico seis endorfina. Todo controlado. Analiza la sangre cada hora a partir de una microgota del brazo -los niños llevan una especie de gotero diminuto-. Si alguna constante es alterada, el programa corrige con una microinyección. Tengo todas las substancias sintetizadas en la nevera.
-¿Pero para qué quiere usted tanta parafernalia? -pregunto algo indignado.
-Es muy bueno para su salud y me permite trabajar el reflejo condicionado. Los dos tienen ordenador personal, y si por ejemplo quiero que no fumen, puedo enseñarles alguien fumando y dosificar algo de adrenalina. En pocos meses, el humo del tabaco les causa ansiedad. Mis hijos rechazan drogas, violencia, religión... Es pedagogía científico-química. Todo problema de fracaso social es un problema de pedagogía. Mi hija -dice señalando la chica rubita, que ahora se ha tumbado junto a su hermano- será médica, y mi hijo arquitecto. Ellos no irán al colegio. Su educación es científica.
Me giro para mirar la salida, con ganas de escapar, y veo que la niña está practicando una lenta felación al pequeño pene de su hermano. El niño se pone los brazos detrás de la cabeza con total tranquilidad, como si le estuviesen haciendo un masaje en los pies.
-Oiga, ¿ha visto lo que están haciendo? -le digo con los ojos abiertos como platos. El tío ni se inmuta.
-En mi plan de educación es muy importante la libertad.

13:30:00 ---------------------  

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2 comentarios:

Marta Salazar:
pero qué horror! y esto, te pasó de verdad? Muy buena la historia!
10 de febrero de 2006 a las 21:07.  

alberto:
Bueno, la verdad es que es un relato. Sólo pasó en mi imaginación.
10 de febrero de 2006 a las 21:27.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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