2 de enero de 2006
En el jardín de la vanidad
Me he pasado casi todo el día "migrando" cosas de un ordenador a otro. Me he comprado un portátil, un barato Dell Inspiron 630. Iba a escribir sobre la inutilidad de las tiendas de informática. Iba incluso a contar la anécdota de un amigo mío, que empezó a tener fallos, fue a la tienda y le respondieron "tienes un virus", a lo que él respondió: "acabo de formatearlo", a lo que el tendero, tan tranquilo, respondió: "este virus está en la placa base".

Pero no. Tengo ganas de hablar de los profesores universitarios españoles.

Claro, que no vamos a meter a todos en el mismo saco. Hay algunos que a veces incluso pisan la calle. Pero la mayoría de los que he conocido vivían en un pequeño jardín de vanidades, cultivando inocentes fantasías como niños megalómanos.

A mí lo que más me sorprende de la facultad de Filología es cómo pueden creerse hombres de talento rebuscando como ratas entre los papeles de los archivos. El único al que le he oído una afirmación modesta es a uno que se llama Ignacio Soldevila, que dijo que la tarea de investigador es parecida a la de una hormiga. Los jóvenes, en cambio, creen estar haciendo algo trascendente: anotar cada uno de los personajes de las novelas históricas de Galdós, por ejemplo. Un pequeño esfuerzo para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad.

Yo he tenido algunos profesores buenos. Unos por su talento, los otros por su modestia, los otros por su empatía. Recuerdo a Joan Oleza, José Luis Canet, Teresa Ferrer.

Pero la mayoría fueron lamentables. Tenían manías de prima donna. Recuerdo a una que daba literatura latinoamericana que estuvo todo el curso llegando a clase entre diez y veinte minutos tarde. A veces llegaba resollando, sin maquillar ("intenté alargar demasiado el fin de semana"), otras veces tan campante con el cigarro en la mano. Nadie fue capaz de llamarle la atención. Esta mujer sólo daba seis horas de clase a la semana.

Otro recuerdo que era muy puntual. Un hombre rechoncho y calvo, algo sanchopancesco. Explicaba enredando las palabras, los conceptos e incluso la sintaxis. No se entendía ni él. A veces tenía voz de borracho. El nivel de suspensos era tan alto que acabó redactando todo el contenido del curso en unas fotocopias y de eso nos examinábamos. Claro, la gente dejó de ir a clase. Yo iba porque entonces era algo tonto.

Tuve otra que era una sociópata. Se burlaba de los estudiantes. Nunca sabías por dónde te iba a salir. Yo creo que el ego se le salía por las orejas. Tenía, en cambio, un buen nivel en su asignatura.

Hubo otro muy joven, recién ingresado como profesor titular. Claro, aquello le hacía sentir en la cima del mundo. A sus treinta y cinco años, y ya cobrando a fin de mes. El no va más. Su indumentaria denotaba la clase media baja (origen de casi todos los funcionarios): vaqueros de supermercado, calcetines blancos, zapatillas de deporte baratas, aquellas J Hayber. Tenía también algo de pluma, aunque no me quedó clara su homosexualidad.

Recuerdo otro que era hombre talentoso, aunque un poco gandul. Desaparecía durante meses sin dejar señas. Le gustaba escribir poesía e incluso novelas. Cuando venía a clase, lo hacía sin papeles ni bolígrafo. Recuerdo una clase que dio de introducción histórica del Romanticismo. Habló de corrido sin papeles, de pie y con las manos en los bolsillos. Llevaba pantalones de pana y unos zapatos viejos. Tenía el pelo gris y una barba también canosa. Cuando acabó el discurso, se marchó por donde había venido.

Aún puedo citar a otra que se atrancaba a mitad del discurso. Se creía graciosa diciendo "ahora no sé por dónde iba". Un genio despistado, vamos. Estaba enrollada con uno de los alumnos, un pedantillo de esos de estilo francés, de porrete y voz engolada. Yo más bien creo que no hablaba para no cagarla.

Supongo que a estas personas si les dijeran que deben de cumplir sus horarios (seis horas semanales de clase, tres de atención) montarían en cólera. Verían la "libertad de cátedra" amenazada. Habría que echarse a la calle con pancartas y movilizar a sus amigos de las columnas de periódico. Sería toda una afrenta a la intelectualidad española.

Y claro, si además les dijeran que deben demostrar resultados, que queremos ver cuántos de sus alumnos están en el paro, cuántos trabajando y qué sueldos tienen, nos llamarían neoliberales.

Lo que hay que hacer, si se quiere ser un buen progre, es seguir enviando dinero a fondo perdido. Dejar que con nuestros impuestos sigan regando ese jardincito de espantapájaros. No inteferir en la labor social que realizan: el dictado de apuntes y el consumo de tabaco.

22:13:00 ---------------------  

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2 comentarios:

José Luis:
Bueno, en teoría no pueden dedicarse ya al consumo de tabaco, a lo mejor eso les ayuda a dar mejor sus clases. ¿O tal vez se avecina una nueva rebelión en la Universidad contra la nueva ley?. Qué lástima haber acabado ya la carrera.
3 de enero de 2006 a las 16:24.  

alberto:
Pues hombre, aquello era realmente un fumadero. Caminabas por los pasillos con los ojos escocidos, viendo sombras entre el humo.

Y ahora veremos si cumplen la ley o se las dan de Jean Paul Sartre. Y por cierto, se me olvió citar a otro profesor que tuve en la facultad de historia: era beligerante con el tabaco. Fumaba ostentosamente en clase. El día del examen, estaban todos fumando, a las nueve de la mañana. Yo me mareé con tanto humo y fui a su mesa a protestarle. El tío me respondió "¿y yo qué quiere que haga?". Al cabo de un año me encontré una noticia en el periódico: había muerto el prestigioso historiador xxxx. Un ataque al corazón.
3 de enero de 2006 a las 18:48.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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