23 de enero de 2006
El chico de Telepizza [cuento]
No me gustan las novelas ambientadas en una sola ciudad, al estilo decimonónico. Siempre que oigo a algún escritor decir que "la novela está ambientada en..." ya sé que estoy ante alguien que cuenta la vida que ha leído en los libros y no la que ha visto en la calle. Sin las redes, teléfonos móviles y mucha carretera no se pueden hacer buenas novelas hoy en día.
Por eso aparezco por Ontinyent con mi bloc de notas. Llego hasta la gasolinera Repsol y aparco con total facilidad. El tráfico tiene esa fluidez de las ciudades de tierra adentro, de las que se puede escapar por los cuatro costados y por lo tanto se saturan menos. Me paseo un rato aparentando que voy a algún sitio (sólo escribo a escondidas porque si no la gente se incomoda).
Camino por el antiguo barrio de los labradores, con las casitas bajas pintadas de blanco. Aquí sólo parecen vivir jubilados y muy pronto sus hijos heredarán y malvenderán el suelo, que es tan abundante que no se puede especular con él, para que se construyan estupendos bloques de pisos como los que hay enfrente junto a la carretera.
Tuerzo a la derecha y bajo una empinada cuesta que me conduce hacia el barrio medieval. Aquí los edificios son altos y con un cierto lujo, algún coche sale de su plaza de garaje. Hay poca gente porque muchos han escapado hacia la costa.
Cuando llego al antiguo castillo que ahora hace de juzgado veo el puente rehabilitado sobre el Clariano, con luces rojas que marcan las aceras. Camino hacia allí y me paro extasiado por el paisaje: el río ha ido excavando en esta tierra blanda un acantilado en el que incluso han construido una pequeña carretera. Del Clariano sólo queda una especie de acequia sucia, que supongo que crecerá cuando llueva.
En eso Ontinyent se parece a Alcoy, partida por un río que fluye cien metros por debajo de los puentes. Al fondo veo el otro puente, una imitación del Puente de Calatrava de Valencia. Supongo que simbolizará la nueva prosperidad de la ciudad, mientras que este es el antiguo paso medieval, el lugar por que el debió penetrar Jaume I en el siglo XII.
Cuando saco el bloc para apuntar algunos detalles (el crepúsculo anaranjado sobre la carretera no hace falta porque se me va a quedar grabado en la mente) pasa una chica de mi edad taconeando. No es guapa, tiene una gran melena morena rizada y se aprieta una chaqueta de cuero que apenas puede abarcar sus caderas. Las dos grandes nalgas se mueven acompasadamente en un vaivén cotidiano y placentero. He encontrado un personaje.
Vuelvo tranquilamente hasta el coche. Es de noche y la ciudad ofrece poco interés: se parece demasiado a las demás.
Cuando llego encuentro a un grupito de chavales sentados en el capó de mi Ford Focus. Me indigna la tranquilidad con la que muchos tratan los coches ajenos. Uno de ellos está sentado sobre una Derby Variant de las viejas con un cajón de Telepizza. Discuten acaloradamente.
-Biaggi está acabado. Rossi le ha tomado ya el sitio y comido la moral. Sete y Checa... Morralla pura. Si no abren paso a los jóvenes no habrá nunca un campeón español en MotoGP -dice el de la moto. Es pequeño y flaco como una lagartija, tiene la cara llena de granos y un fino pelo rubio que se ha dejado crecer como una cortinilla a un lado de la cabeza.
-Si las pruebas del Circuit no fuesen la estafa que son, saldrían mejores pilotos. A Barberá yo sé de muchos que lo ganaban... -dice uno de los que están sentados en mi coche, que tiene incluso los pies encima del capó.
-Oye, chavales, bajaros de mi coche -digo acercándome. Me miran con desagrado pero obedecen inmediatamente.
-En tercera con la mía entro en esa curva -dice uno de ellos intentando ignorarme. Tiene un pelo tan rizado que casi parece africano, sobre una cara de sebo que habrá asustado a los del Junior Aspar Team.
-Os veo muy metidos en el tema de las motos -les digo. Me los imagino trucando un ciclomotor en algún garaje para competir los domingos por la mañana en circuitos urbanos con balas de paja.
-¿Y a ti qué te importa? -responde el que ha tenido que bajar los pies del capó. Es algo más atractivo que los demás, con gafitas de metal y muy poca cara de piloto.
-Tú eres el más carbonilla -digo mirando al de Telepizza, que asiente moviendo su largo cuello como un avestruz. El gordito sonríe-. ¿Has ido ya a probar a Cheste?
-Sí, pero las motos que te dan no corren todas igual. La mía no iba ni cara al aire.
-Tienes que saber llevarla. Hay que mantener el régimen en la zona buena. Los cambios de marcha han de ser rápidos. Tienes que acordarte de esconderte detrás del carenado -le digo. Al fondo veo a dos operarios del Ayuntamiento con monos amarillos y cascos de plástico. Parece que vayan a levantar las calles para meter más fibra óptica.
-Ya lo hice, joder. Todos los días me entreno con esta moto. Tengo conocidas todas las curvas de este pueblo.
-¿No vas al instituto?
-No. ¿Para qué? Si mi vida son las motos, quiero estar aquí, con mi moto.
Miro el cajón donde mete las pizzas y parece torcido hacia la izquierda, como si se hubiese dado ya algún castañazo.
-Hasta la gasolinera y vuelves, a ver cuánto haces hoy -dice el gordito manipulando su reloj digital de pulsera. Creo que cronometran este recorrido todos los días.
-Vale. A ver si Aspar se entera de una vez de lo que es la caña fuerte. Que venga el cabrón de Barberá aquí a ver si me gana -hace una pausa mientras arranca con un pequeño empujón-. A la de tres.
El gordito cuenta.
-Uno, dos... ¡Tres!
El chaval da gas a fondo mientras se esconde detrás de la pequeña protección de la Variant. Saca la rodilla mientras inclina todo el cuerpo a la izquierda. De repente percibe algo, frena pero su rueda delantera parece clavarse en el suelo como un toro que hinca los cuernos en la arena. Da una vuelta de campana y pega un morrazo sobre el asfalto justo antes de que la moto se le caiga encima.
Los operarios del Ayuntamiento se ponen a gritar. Uno de ellos sostiene con las manos la tapa de la alcantarilla.

17:39:00 ---------------------  

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1 comentario:

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26 de enero de 2006 a las 15:25.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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