13 de enero de 2006
El artista callejero [cuento]
Unas simples fotocopias me han llevado una vez más a Denia. He decidido dar un paseo por la carretera de Las Rotas para imaginarme que ya estoy de vacaciones (me falta poco) y alargar un poco el regreso.
Debí, en todo caso, haberme imaginado que el tráfico sería espeso. Estoy en una cola interminable por culpa del semáforo de la zona de los pubs, los cuartos trasteros en los que de adolescente buscaba a alguna loquita para meterle la lengua hasta el esófago. Ahora están cerrados porque son las seis de la tarde, pero esta noche el juego erótico/alcohólico sigue exactamente igual (sin mí, claro).
Después de varios minutos me doy cuenta de que no he avanzado casi nada. Estoy justo a la altura del restaurante El Poblet y se me ocurre que puedo dar media vuelta y volver a entrar en Denia para salir por la CV-725, que tiene doble carril.
Maniobro con cierta dificultad y cuando estoy apuntando ya al sentido inverso veo a un tío pintando con tizas el asfalto junto a los escaloncitos de entrada al restaurante. Aparenta mediana edad, con pelo negro y abundante y una cara musulmana con mucha carne parecida a un pimiento morrón de color amarillento. Está sin afeitar y no le queda muy bien. Lleva chaqueta y pantalones vaqueros decolorados con lejía, con aspecto sucio y ajado. Las zapatillas blancas parecen algo mejores.
Paro el motor y bajo intrigado.
-Hola, ¿qué tal? -pregunto.
-Hola. Muy bien, aquí pintando.
Está haciendo una figura que parece una chavalita joven en bañador. La parte de la cara la ha trabajado mucho más, con tizas de muchos colores y con todo detalle. Los ojos le han quedado casi perfectos. Debajo hay una breve inscripción: "Suave caricia de Mestral...".
-¿Qué es lo que hay debajo? -pregunto apuntando con el dedo a la inscripción. El tío me mira de reojo un poco incomodado, como si fuese demasiado preguntón. Tiene la mirada nerviosa y huidiza.
-Siempre pinto una figura y debajo unos cuantos versos. Estoy esperando que se me ocurra algo más.
-La cosa pinta bien. ¿Trabajas para el restaurante? -le pregunto. El tío de El Poblet puede utilizar esto como reclamo para que se metan a cenar.
-No, qué va. Esto lo hago por libre -se incorpora y da un par de pasos hacia atrás para contemplar mejor la figura. A mí ni me mira.
-¿Y qué haces, pides la voluntad a los que vienen? -pregunto pensando en que igual me toca soltar un euro (o no, porque con los años tengo la cara algo más dura).
-No, por supuesto que no -ahora sí que me mira, tiene un cierto aire pedantesco. Es mucho más bajo que yo-. No es la rentabilidad económica mi principal interés. Se trata de difusión. Estas cosas tal vez te aburran.
-No, qué va... -respondo. Veo que firma debajo como J++- ¿Esa es tu firma?
-Sí, por supuesto, Juan Mas i Mas.
Estoy a punto de decirle cómo me llamo yo y darle la mano, pero prefiero seguir en el papel policial. Una pareja de unos cincuenta años camina lentamente hacia nosotros para entrar en el restaurante. Parecen extranjeros que van a cenar a esta hora. Miran con cierta indiferencia el dibujo aún incompleto. Ella lleva unas horribles mallas negras en las que se evidencia un tenso tanga metido entre las dos nalgas celulíticas. Caminan en silencio por el caminito empedrado y se meten dentro.
-Se trata de difusión -sigue apuntando con una tiza roja al dibujo. Parece a gusto contándome su historia-, como ya te he dicho. Un artista no es exactamente la rentabilidad económica sino su difusión. Las ideas -hace una pausa y me mira fijamente apuntándome con el puño cerrado, que aún sostiene la tiza-, ese es el poder de un creador. La circulación, la difusión de su obra, la influencia y el liderazgo de una sociedad. Esta noche más de mil personas habrán visto este dibujo y leído mis versos, mi nombre estará en sus cabezas.
Me imagino a todos los ingleses y alemanes soñando con el J++. Sigue con parsimonia.
-La rentabilidad directa del arte es una entelequia capitalista. Los museos, las exposiciones, la especulación con los cuadros, la crítica, ahí está la muerte del arte. Las creaciones verdaderas son proteicas, ubicuas, el asfalto es el soporte con futuro. Las personas caminan sobre asfalto, no sobre un lienzo. Allí donde mira la gente es donde tiene que estar el arte.
Se calla de repente y sigue mirándome, como si esperara una respuesta. Pero yo, en cambio, tengo la mano sobre la boca y palpo inconscientemente la llave de mi coche en el bolsillo izquierdo de mis vaqueros.
Del restaurante sale un chaval arrastrando un cubo de basura gigante. Bajo el brazo lleva un bocadillo envuelto en papel de aluminio. Se acerca a J++ y se lo entrega sin decirle nada, sólo sonríe simpáticamente. J++ lo abre y huele la tortilla de patatas mientras su amigo vacía el cubo en un contenedor cercano.
-¿Lo ves? Aquí hay rentabilidad económica... Difusión: esa es la clave.
Me despido de él con una palmada en la espalda cuando empieza a darle grandes bocados a su cena. Pero en lugar de arrancar y desaparecer, abro la guantera, cojo un viejo rotulador, camino hacia el restaurante (J++ come con los ojos cerrados, con una bola de pan como un puño en cada carrillo), entro buscando los servicios, me meto en uno de los retretes de caballeros, cierro la puerta y escribo a la altura de mi abdomen: "Estructuras de control, de Alberto Noguera. Ahora podrías estar leyéndola". Firmado: "J++".

19:52:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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