15 de enero de 2006
Ajedrez (y IV)
Acabo ya con mis experiencias ajedrecísticas, no quiero ser pesado.

Al comienzo del curso siguiente, en 1995, decidí apuntarme al campeonato provincial en Alicante. Iría todos los sábados en coche con la gente del club Marina Alta, que eran casi todos de Denia.

Aquí me gustaría desmontar el tópico ese de que los jugadores de ajedrez son tímidos con las mujeres. Había dos solteros, más los dos adolescentes. Otros dos tenían mujeres muy atractivas. Luego había otros dos más mayores que no sé qué mujeres tenían.

Me llamó mucho la atención un jugador del que no recuerdo el nombre. Era bajito y reseco, con unos cincuenta años. Tenía el pelo negro y espeso, como un joven. Fumaba un cigarro tras otro. La primera vez que viajé con él subió al coche y me preguntó: "¿tú fumas?". Le respondí que no, y dijo: "pues fumarás".

Había sido un buen jugador de ajedrez postal, esa variedad que se jugaba por carta. Ahora ese ajedrez ha desaparecido por los ordenadores. En partidas en vivo tenía menos nivel. Su estilo era rocoso, muy prudente. A mí me recordaba un poco a Petrosian, el campeón soviético.

Un día hizo una confesión muy extraña. Fue al final de la liga, ya en primavera. Fuimos a celebrarlo a un restaurante de carretera en El Campello. Era sábado por la noche. Bebimos unas cuantas cervezas y copas de vino. El tío se lió a hablar y dijo esto:

"Mi hija no es mía y estoy muy contento. A mí mi mujer me engañó. Estaba yo trabajando en Barcelona y dijo: a ver este lo que hace. Y se acostó con otro. Luego me dice: esto ha pasado. Y le dije: pues adelante. ¿Qué problema hay? Me ha salido muy alta y guapa. Me dice: papá, yo quiero hacer el amor contigo, porque yo no soy tu hija de verdad".

Luciano y yo nos miramos un segundo. Luego seguimos pegando tragos de cerveza.

En el equipo venía también Noguera, del que ya he hablado. Parecía obsesionado con encontrar una esposa. Aún vivía con su padre en una casa al lado de la carretera, con ruido de coches. Siempre quería salir a tomar copas después de las partidas.

Una vez aceptaron y los casados se aburrieron mucho. Después nos quedamos Luciano, Terradez y yo con él. Bailamos, bebimos, nos divertimos un poco y llegamos ya de día a casa. Yo, por supuesto, no me preocupé de ligar. Él sí que lo intentó, pero creo que estaba muy lejos de conseguirlo. A veces me parece mentira lo mala que era la vida antes de internet.

Quien sí que ligó fue Terradez, aunque ya tenía novia. Quiso demostrarnos sus habilidades: se acercó a una, estuvo bailando con ella un ratito, le fue metiendo mano y al final le dio algunos besos. Luego volvió y le dije yo que era mejor con las mujeres que jugando al ajedrez.

Otro que venía a veces con nosotros se llamaba Quique. Tenía 29 años, pero no aparentaba más de 20. Era rubio, flaco, con los ojos azules. Vivía solo en una casa de campo en ruinas y conducía un Renault 4 Latas. Era el hijo de un médico de prestigio en Valencia, que pertenecía a una de las familias más ricas de Pedreguer. Gente de la clase alta. No sé muy bien cómo acabó Quique en aquella situación. Tal vez las drogas. Pero estaba sano y fuerte. Sólo llamaba la atención su carácter, tenía arranques tontos, se enfadaba como los niños. Aparte de eso, era muy buena persona.

Aquellas partidas me fueron bien. Gané casi todas. Jugábamos en categoría preferente y yo estaba en el último tablero. En Alicante muchos equipos tenían problemas para reunir ocho jugadores buenos y los últimos solían ser bastante flojos.

La cuestión es que me lo pasé bastante bien. En los viajes en coche charlábamos de tonterías. Con cuatro duros me pasaba un sábado entretenido.

En la facultad, comencé Filología Hispánica y volví a los cursos de ajedrez. Al bohemio Carlos García lo habían cambiado por Mauricio Vasallo, el argentino del que ya hablé.

Vasallo era más joven y tenía el título de Maestro Internacional. Se acababa de casar y creo que por lo menos pagaba las facturas. Explicaba con un tablero mural comentando partidas de grandes maestros. En aquel curso sí que aprendí mucho. Nos ponía también problemas, finales, aperturas raras. Yo le caía bien y nos hicimos amigos. Le gustaba mi estilo combinativo. Una vez me llamó "el Tahl de Pedreguer".

Mi nivel comenzó a subir. Seguía leyendo libros y revistas. Era como si todos los conocimientos adquiridos en los años anteriores empezasen a cuajar.

Me apunté al campeonato universitario. Allí estaban los gallitos de Física, Matemáticas y Derecho, que eran las facultades fuertes en ajedrez. Los favoritos eran los de cuarto o quinto de carrera. Los cuatro primeros irían al campeonato de España universitario.

Las partidas eran a una hora. Aquel tiempo me iba mucho mejor que la media hora. Gané un par, a rivales inferiores, hice unas tablas con un amigo de Filología, perdí una, pero luego me dieron un punto gratis porque mi rival se retiró.

Gané luego otra partida en sólo 16 jugadas. El tío era bastante bueno, con experiencia. Pero lo enganché en un error en la apertura, hice un sacrificio de caballo y lo cosí a jaques. Creo que es una de mis mejores partidas.

La cuestión es que me planté en la última partida en el tablero número 1. Si ganaba, era campeón, si hacía tablas o perdía, quedaba quinto.

Jugaba contra uno de Derecho que tenía mucha más experiencia que yo. Estaba jugando el campeonato autonómico. Me acuerdo que caminaba por la acera tranquilo, pensado que mis posibilidades eran pequeñas.

Pero comenzó la partida y el tío hizo una apertura tan desastrosa que perdió una pieza. Parece que se desconcertó y enseguida perdió otra pieza. Todos me daban ya por vencedor. Sería algo inédito: un estudiante de primero, y encima de Filología. Comencé a ponerme nervioso. Pensaba ya en el campeonato de España. Tenía demasiadas ganas y me entró el miedo. Aquello ya me había pasado otras veces, y cuanto más me enfadaba, más miedo me entraba.

Entonces, empecé a ver fantasmas. Peligros que no existían. El otro estaba en la lona y sólo movía piezas al tuntún. Yo creo que si no me hubiese visto tan nervioso, se hubiese rendido de inmediato.

Hice varios errores garrafales. Vasallo no podía creer que yo fuese tan burro. Acabé perdiendo aquella partida. Recuerdo que vino incluso un amigo a felicitarme, porque al ver mi superioridad se había marchado. Tuve que explicarle que había perdido.

Aquello me dolió. Todavía me duele, aunque os parezca una tontería. Empecé a pensar que mi cerebro era como un Ferrari sin frenos: aprendía muy rápido, calculaba bien las jugadas, pero acababa siempre cagándola. Para un chaval de 20 años, era una verdadera putada.

Aún tengo otra experiencia más. A mitad de curso hubo un torneo interuniversitario en Alicante. Eran sólo cuatro tableros y Vasallo quiso que fuese yo. Nos subimos a un autobús un sábado temprano, junto con todos los deportistas de otros deportes. Seríamos cuarenta chavales.

En Alicante, nos pusieron en un buen hotel, en habitaciones dobles. Las partidas se jugaban en la facultad y nos llevaban también en autobús. Creo que es una de las pocas cosas buenas que hizo por mí la Universidad de Valencia.

Las partidas tampoco me fueron bien. Podía haberlas ganado casi todas, pero acabé tirando posiciones por el mismo problema de ansiedad. Al final gané in extremis a uno de la universidad de Castellón. Ese punto hacía falta para que nuestro equipo quedara tercero y salvara los muebles. Al menos no quedé mal con los compañeros, pero yo empezaba a estar harto del ajedrez.

Por la noche, en el hotel, algunos quisieron irse por los bares. A mí aquello no me gustaba y me quedé con otros a jugar partidas de Blitz (a cinco minutos). Jugué primero con la capitana del equipo de Castellón, la única chica del torneo. Creo que le gané las dos partidas. Era un poco engreída. Luego jugué con Félix. Él venía con la Universidad Politécnica y no nos conocíamos de nada. Debimos de jugar aquella noche más de 50 partidas y él me las ganó todas. Al final yo estaba encabronado, quería ganar al menos una para irme a dormir tranquilo. Félix estaba casi riéndose.

Acabó el curso y ese verano me lo pasé muy bien con mis amigos. Tuve dos novietas de poca monta. Íbamos a la playa, a la piscina de uno del grupo, que se llamaba Álvaro. Con Álvaro estuve a solas muchas tardes, hablando de mujeres y de la vida en general. A él se le daba muy bien ligar, aunque los estudios le iban mal.

En aquellas semanas, yo decidí abandonar el ajedrez. Quería abrirme a otras experiencias menos competitivas. Me sentía encerrado en las 64 casillas. Sentía que había algo en mi juventud que se me estaba escapando.

Los tres años siguiente, sin embargo, fueron negros. Ya os lo contaré algún día. No he vuelto a jugar una sola partida de ajedrez. Han pasado 9 años.

11:46:00 ---------------------  

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2 comentarios:

Félix:
Volverás a jugar Alberto. Eso te lo aseguro. Sobre la partida del universitario que perdiste teniendo completamente ganada, fué una gran putada, pero creo que fortaleció tu carácter. Esas experiencias te hacen replantear la importancia de las cosas, coger perspectiva.

Si algún día quedamos, propongo llevar un tablero y ver partidas del Tahl de Riga y del Tahl de Pedreger, o de ambos. Mucho mejor que jugar rápidas.
15 de enero de 2006 a las 14:22.  

alberto:
Ja, ja, eso dice, que al ajedrez siempre se vuelve. Yo de momento ya he vuelto a los blogs, que tal vez es otro sitio a donde siempre se vuelve.

Y en cuanto a nuestra partida, si juegas algún torneo por aquí cerca avísame y voy a verte.
15 de enero de 2006 a las 15:28.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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