13 de enero de 2006
Ajedrez III
En cuanto llegué a la facultad de Derecho, otoño de 1994, vi que la carrera no me iba a gustar. Los alumnos eran trepas con pájaros en la cabeza, los profesores unos pedantes, en plan El árbol de la ciencia.

Yo pregunté enseguida por el club de ajedrez. Me indicaron que había clases gratuitas con un "profesional" llamado Carlos García.

El tal Carlos García era profesional, sí. Vivía del ajedrez. Pero vivía en la miseria. Era un hombrecillo de unos 45 años, con la nariz grande y aguileña, la barbilla en punta, la piel amarillenta y los ojos asustados. Parecía el moro aquel que perdió Granada.

Sus clases consistían en analizar nuestras partidas. La mayoría de alumnos jugaba los fines de semana en el campeonato provincial y las traían apuntadas.

Yo creo que Carlos García era un infeliz. Tenía solamente el título de Maestro FIDE (el más bajo que hay) y perdía muchas veces contra aficionados. No había conseguido despuntar a nivel nacional y rascaba cuatro duros al mes entre pitos y flautas en la ciudad de Valencia. No tenía coche, iba a los torneos en tren o autobús. Era experto también en subirse al coche de algún alumno si tenía ocasión. Intentaba darse aires de bohemio.

Un día había que pagar algo, no me acuerdo qué. Llegué con un billete de cinco mil pesetas y casi se ofendió: "no pensarás que un profesor de ajedrez va con cambio de cinco mil pesetas encima". Yo pensé: dependerá del nivel de ese profesor.

No era un hombre pedante en sus explicaciones, pero sí mediocre. No creo que entendiese bien el ajedrez. No se atrevía tampoco a coger una pizarra y explicar algo, todo lo hacía uno por uno, en plan maestra de repaso.

Yo no sé por qué un hombre de inteligencia tan limitada dedicó su vida al ajedrez, cuando podría haber sido un feliz tendero o agente de seguros.

Yo creo que le caía mal, no sé muy bien por qué. Siempre creyó que yo era poco inteligente. Me apunté al equipo de la Universidad y comencé a quedarme los fines de semana en Valencia. Ya que estaba, me apunté también al provincial juvenil individual.

Ahora veo que aquello fue un error. El cambio fue demasiado radical. Yo estaba acostumbrado a vivir con mis padres y a jugar con los amigos. La soledad en un piso de alquiler de una gran ciudad no es lo aconsejable para un chaval de 18 años. No sé por qué, me empeñaba en jugar en Valencia, en lugar de ir con los de mi pueblo a Alicante.

En el juvenil, las cosas me fueron mal. Gané la primera partida, pero perdí la siguiente con una posición ganadora.

Esto de perder partidas con posiciones muy superiores empezaba a repetirse demasiado. Yo era psicológicamente alegre y con mucha fuerza de voluntad. Cuando me atacaban, resistía muy bien. Pero, por algún motivo, cuando estaba a punto de obtener algo largamente deseado, me ponía muy nervioso. Esto me daba mucha rabia.

De aquel torneo recuerdo a un joven llamado Julen Arizmendi, que ahora es Gran Maestro y uno de los mejores de España. Tenía el pelo largo con la raya en medio. Estuve un rato observándolo, ya había oído hablar de él. Su rival se había levantado y él pensaba con un gesto duro, de concentración total. Parecía rezar. No se preocupaba en absoluto de los espectadores. Yo creo que a mí ni me vio. Me cayó bien y pensé que sería un buen profesional.

Las semanas siguientes, perdí un par de partidas más y decidí no volver por allí. Las partidas se jugaban fuera de Valencia y debía levantarme muy temprano el domingo y desplazarme en autobús.

Las partidas con el equipo universitario fueron más divertidas. Nos reuníamos en la calle Blasco Ibáñez y yo me subía al coche de alguien. Me acuerdo de dos victorias muy bonitas: la primera en Puzol, con unas piezas de madera. La segunda en un barrio de Valencia, contra un hombre ya en los 50. Tuvimos una lucha muy dura y en el final yo vi la forma de ganar simplificando. Había estado estudiando finales de peones con un libro muy bueno y me sabía aquello de la "oposición" de los reyes. Entonces, cuando mi rival vio que cambiaba piezas, pensó que le estaba dando las tablas. Creo que mi victoria hacía falta para ganar aquel encuentro. El capitán de mi equipo nunca daba órdenes (aunque tenía derecho a hacerlo). Se quedó simplemente mirando. En unos cuantos movimientos, me quedé sólo con un peón, mi rival con ninguno. Moví el rey haciendo un rodeo, como quien prepara una emboscada. El otro intentó taponar el avance. Luego me situé frente a él y ¡ras! lo dejé en zugzwang. Debía mover, no tenía más piezas que el rey. Al moverse, se apartaba de mi camino y el peón entraba.

Después de aquello, no sé si jugué alguna partida más. Estaba aún un poco verde en competición, aunque era mucho mejor en partidas largas que en rápidas.

Jugué algunos torneos de media hora. A Puzol fui con Luciano, que se quedó a dormir en mi piso de Valencia. Nos divertimos bastante. Recuerdo que en la estación de autobuses tuvimos que salir corriendo para parar un autobús (lo paró Luciano, lo reconozco). Llegamos a última hora y nos pusimos a jugar. A mí no me fue nada bien, gané una buena partida en la segunda ronda, pero luego las fui perdiendo todas y creo que quedé el último. El nivel de los torneos de Valencia era mucho más alto. A Luciano, en cambio, le fue bien. Siempre fue mejor jugador de rápidas que de ritmo olímpico.

Otro torneo al que fui con Luciano fue el de Benimantell. Esto sería ya 1995. Allí, entre las montañas y el aire fresco, me sentía mejor. Gané tres, perdí otras tres y entablé una. Jugué contra Luciano y lo gané, en unos apuros de tiempo muy fuertes. Me acuerdo que comimos a mediodía unos bocatas sentados en un banco de madera. Hablábamos de nuestros planes: él quería dedicarse al ajedrez, yo quería ser escritor. Hablábamos de abrir ELO internacional (esto es, entrar en las listas mundiales), de jugar el torneo de Benasque, de hacer un equipo para la liga comarcal. Nos gustaba también criticar a los demás jugadores: que si uno era un paquete, que si el otro estaba gordo, que si tal era un "pasivo". Había en Alicante muy pocos jóvenes con nuestro nivel. En Denia, ninguno.

Yo en aquel torneo empecé a darme cuenta de que cada vez que me acercaba a una gran ciudad estaba como asustado, no me encontraba en mí. En los pueblos era otro. Ahora, creo que me pasa lo mismo, aunque al hacerme mayor lo disimulo más.

Otro torneo al que fui con Luciano fue en Parcent. Creo que tuve una actuación, digamos, aceptable. Él siempre sacaba ya más puntos que yo. Recuerdo que jugó contra un Gran Maestro ya viejo, con joroba. Era un ruso que había emigrado. Tenía el pelo blanco y llevaba una chaqueta de cuero negro. Era un hombre amable, nos estuvo mirando cuando nos estrenábamos y nos dio algunos consejos. No sé si lo voy a escribir bien, creo que se llamaba Davor Koljmenovic.

A Luciano le tocó luego con él y lo aguantó mucho. Llegó incluso a tener posibilidades de tablas. Pero alguna inexactitud le hizo perder. Yo me daba cuenta de que Luciano, en partidas a media hora, era ya muy fuerte.

Fuimos a comer esta vez a un restaurantito. Nos sentamos con gente de Denia y unos alemanes. Los alemanes nos pagaron la comida. Dijeron: "en Alemania, cuando hay estudiantes a la mesa nunca pagan". Nos gustó aquello.

Otro torneo al que fui con Luciano fue el abierto de Pedreguer. A mí me ocurría que cuando perdía una partida me enfadaba tanto que luego perdía las siguientes. Aquel día, en cambio, perdí muchas partidas al principio y luego gané todas al final. Hice tres puntos y medio, la mitad del total. Luciano creo que hizo cuatro.

Otro torneo al que fuimos fue el de Ador, cerca de Gandía. Se jugaron las partidas a 20 minutos. Llegamos tarde y nos emparejaron juntos en la primera ronda. Perdí. Luciano luego fue ganando y llegó incluso a cobrar cinco mil pesetas. Yo no hice una mala actuación, pero me molestaba quedar detrás de él y comencé a aborrecer los torneos de un día.

Es cierto que yo sabía más ajedrez del que demostraba en aquellas partidas. Me gustaba mucho estudiarlo y entendía los conceptos profundos. Pero tenía demasiada prisa y al ver que no llegaban los resultados me frustraba.

Me acuerdo que leí en aquel tiempo un libro que se llamaba El laberinto siciliano, de un tal Polugaiewsky. Era un libro excelente, con explicaciones amenas y una buena base teórica.

Esto de los libros de ajedrez no es una bagatela. Durante años se ha estado enseñando a los niños con unos infames manuales de Pachman, que no son más que compilaciones de variantes para memorizar. Eso es un enfoque equivocado. A Fischer le preguntaron: "¿sabía que Pachman ha estado en la cárcel?". Él respondió: "supongo que será por sus libros de aperturas". En realidad, el hombre había sido encerrado un tiempo por politiqueos en la Unión Soviética.

Aunque yo ya estaba en la facultad, para Navidad me volví a apuntar al torneito del instituto que se jugaba en una mañana. Allí, por supuesto, estaba también Luciano, que hacía COU.

Estaba incluso Terradez, que volvió a perder conmigo. En una jugada, movió con tantas ganas una torre que se le escapó de la mano y fue a parar a tres metros. El tío se levantó corriendo, la recogió y la dejó en el tablero. Era un poco torpe.

Me tocó jugar la final con Luciano. Yo quería demostrar mis nuevos conocimientos y jugué una apertura estrambótica. Se llamaba "ataque Grob" y consistía en empezar con el peón de caballo de rey. Una payasada, vamos. Luciano jugó bien y me acorraló. Tener que jugar al ataque era nuevo para él. Yo me iba defendiendo como podía, pero el tiempo se me acababa.

Cuando tenía que darme el golpe final, Luciano no encontraba forma de resolver. En eso, descuidó su defensa y le metí la dama hasta el fondo. Me comí unas cuantas cosas y me desembaracé luego de la presión. En unos pocos segundos, fui persiguiendo su rey hasta darle mate. Mi amigo Ramón me dio un abrazo emocionado. A mitad de la partida, no daban un duro por mí.

También jugué el torneo local de Pedreguer. Allí estaban los de siempre: Mariano, Noguera, Domingo, etc. Yo era ya uno de los favoritos. Gané por fin a Mariano, en una partida extraña en la que no nos cambiamos un peón hasta bien avanzado el juego. Me tragué creo que un alfil entero suyo. Luego perdí con Noguera y acabé segundo. Me dieron un trofeo muy bonito, pero mis motivaciones estaban ya en otro sitio.

Después de Navidad, decidí dejar Derecho y esperar al otro curso para matricularme en Filología. Me puse a escribir una novela y seguí estudiando ajedrez. La obsesión iba remitiendo, aunque todavía mi juego mejoraría un poco.

16:09:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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