7 de enero de 2006
Ajedrez I
Una tarde de otoño, allá en el año 92, estaba yo con mi amigo Jaime jugando una partidita de ajedrez en un bar de Pedreguer que se llamaba Toca Marro. Era un local con cierto estilo, con fotografías en las paredes, alguna exposición de pintores locales, silloncitos de diseño y musiquita alternativa. Ahora ya ha cerrado.

En aquellas partidas yo solía ganar a Jaime. Ese día apareció un empleado de banca que conocía a Jaime. Le ofreció participar en el torneo local que estaba organizando. Mi amigo no aceptó, pero me convenció para inscribirme.

Y me fui al torneo. Creo que allí hice el ridículo más grande de mi vida.

Era un sábado por la mañana. Fui con mi amigo Ramón. Estaba nervioso y me sentía raro. Yo tenía 16 años y era bastante tímido, tenía un aspecto de empollón con mis gafitas. Comenzaron las partidas y fui perdiendo una tras otra. Me ganaron primero jugadores adultos, luego niños y al final unos que parecían retrasados mentales. Los juegos eran a media hora por jugador. Yo nunca había jugado con reloj y no podía concentrarme.

Mi amigo Ramón ganó algunas partidas, perdió otras y pasó inadvertido.

Al final, ya por la tarde, el Ayuntamiento nos pagó unas tapas en un bar cercano. Se entregaron los primeros premios y al resto de participantes se les dio material del club, algunos libros y revistas. A mí, como último clasificado, me correspondió la más antigua. Recuerdo que me levanté y la gente me aplaudió como a todos los demás.

Miré la revista: era un ejemplar sobado de la Revista Internacional de Ajedrez. Uno de los primeros que salió. Aún lo conservo. En la portada hay un tal Timman jugando contra Kasparov en un match oficioso.

La gente bebía sus cervezas y comentaba anécdotas. Pero yo tenía una idea como un clavo en la cabeza: al año siguiente volvería para ganar aquel torneo.

Comencé por leer la revista. Aprendí la notación algebraica y vi cómo jugaban los profesionales. No entendía nada. Luego compré un libro del ex campeón mundial Max Euwe que se titulaba Maestro contra amateur. Ahí aprendí los principios básicos: dominio del centro con peones, ocupación de líneas abiertas, actividad de las piezas y alguna noción de aperturas.

En esas semanas, se organizó también un torneo en mi instituto. Mi amigo Jaime, que se sentaba conmigo en clase, me invitó burlonamente a apuntarme. Yo lo hice.

Después de las clases, en lugar de estudiar las asignaturas, estudiaba ajedrez. Iba a casa de mi amigo Ramón y jugaba con él. Pronto comencé a ganarlo fácilmente. Cuando comenzaron las partidas en el instituto, gané al primero, un castellanito que no tenía ni idea.

Me compré más revistas: Ocho por ocho, Jaque, Gambito, Revista Internacional. Para mí el ajedrez era algo de vital importancia, no puedo explicar la razón. Vivía sólo para las 64 casillas. Creo que sólo estudiaba las asignaturas para que mi padre no me impidiese seguir jugando.

Las partidas del instituto tenían un sistema raro. Se jugaban durante los recreos, de 20 minutos. Pero cada jugador tenía 20 minutos, con lo que la duración podía ser del doble. Entonces, cuando sonaba el timbre nos levantábamos y dejábamos los tableros como estaban. El profesor que organizaba aquello (se llamaba José Erades y nos trataba muy bien) apuntaba la posición y a quién le tocaba jugar, cerraba con llave y nos íbamos a clase. Al día siguiente volvíamos y acabábamos.

Cuando llevaba varias victorias, me tocó contra un chaval extraño, de aspecto poco agradable. Era tan alto como yo, con un año menos, caminaba como de puntillas y tenía la parte occipital del cráneo casi plana. Su tono muscular era alto, el pelo fino y corto, la mandíbula hundida, la piel blanca con mucho acné. Llevaba unas grandes gafas de pasta. Se llamaba Luciano Morán.

Me ganó con mucha facilidad. Entonces, quedé desconcertado.

En aquel bar Toca Marro se jugaba mucho al ajedrez. Había unos fijos que se pasaban por allí cada tarde. Eran los miembros del club local. Comenzamos a ir mi amigo Domingo y yo.

Recuerdo a un holandés de unos cincuenta años, rubio y alto, muy educado. Se llamaba Ed van Hept. Se vestía con vaqueros y una cazadora de cuero. Había sido hippie, arquitecto técnico, director de cine, pintor, diseñador, etc. Él se presentaba como ?creador?. En aquel tiempo diseñaba para empresas y grababa documentales. Le dieron un premio por uno sobre la sequía en Andalucía. Estaba casado con una argentina y tenía cuatro o cinco hijos pequeños, que lo llamaban Ed. Hablaba con ellos en español, flamenco, inglés y alemán. Y a veces les mezclaba las palabras para despistarlos.

Ed tenía un modo extraño de pensar las jugadas: necesitaba poner uno o dos dedos sobre las casillas.

Tenía, en todo caso, buen perder. Al principio me ganó fácilmente. Según fueron pasando las semanas, yo iba ganando algún juego. Un año más tarde lo ganaría siempre.

El jugador más fuerte en aquel bar se llamaba Mariano. Era un maestro de escuela, más joven que Ed, no muy alto. Tenía talento, pero no estudiaba. Se le ocurrían a veces combinaciones extrañas. Le gustaba más defender que atacar. Yo lo atacaba una y otra vez, sacrificaba peones, caballos, torres, dinamitaba sus enroques, y siempre perdía. A veces, después de las partidas, me enseñaba cosas. Era un buen hombre, pero no le gustaba nada perder.

Al principio venía otro más joven, que creo que se llamaba Jaume. No lo recuerdo bien. Su nivel era más bajo y muy pronto, cuando los chicos lo ganábamos, dejó de venir.

También a veces venía uno al que llamaban Coleto. Tenía el pelo largo y una barba espesa. Tendría la edad que yo tengo ahora, cerca de 30. Era uno de esos eternos estudiantes en Valencia. No recuerdo qué estudiaba. Le gustaban los porros y era de la izquierda catalanista. Hacía un programa en la radio local con música extraña. Le gustaba ponerse en las mesas apartadas, en penumbra y fumándose un cigarrito. Aquello para mí tenía un cierto encanto, un ambiente misterioso. Lo que no tenía misterio era su juego: al Coleto lo gané casi siempre.

Otro había que venía muy de vez en cuando, aunque era tan fuerte como Mariano. Era un constructor con una barba espesa, solterón a los cuarenta y pico. No ganaba mucho dinero, aunque en estos años se habrá forrado. Venía con unos vaqueros muy viejos manchados de cemento. Se llamaba también Noguera, aunque no se emparentaba conmigo. Era afable y un poquito socarrón. Le gustaba sacar de quicio a Mariano, que era más quisquilloso. Habían tenido ya sus discusiones, aunque eso a los chavales no nos lo contaban.

Este Noguera era un jugador de concepto profundo, aunque poco ágil. Tendía a apurarse de tiempo. Su punto fuerte era lo que se llamaba "ritmo olímpico", es decir, partidas a dos horas por jugador, más otra hora por cada 20 jugadas a partir de la 40. Aquellas partidas podían, en teoría, ser infinitas, y a veces se tenían que aplazar. En partidas a cinco minutos, Noguera palmaba fácil.

En el tablero, era hombre práctico, ni de ataque ni de defensa. Recuerdo que un día explicaba una partida de un torneo: "cuando no se da cuenta, nis tu tum, le cambio las dos torres, luego pongo el alfil allí por si hace falta...". Lo suyo era más bricolaje que ciencia.

También venía a veces el empleado de banca que organizó el torneo local. Su nivel no era muy alto. Tenía muy buen perder. Era el más joven, veintipico. Tenía novia y se iba a casar. Todavía lo veo a veces cuando voy al banco.

En el torneo del instituto, gané alguna partida más y me situé entre los primeros. Había por allí un repetidor de COU que se llamaba Terradez. Era un chaval de esos "popular", que ha salido con cuatro o cinco putillas y ya se cree Tom Cruise. Tenía una cara difícil, con la mandíbula fuerte y la nariz entre griega y aguileña, con un ángulo fuerte. Yo creo que se creía guapo.

Tenía fama de buen jugador, había estado en torneos y en la liga provincial por equipos. Le dijeron que yo era una joven promesa y me saludó amablemente. Muy pronto, yo le caería mal.

En la siguiente ronda nos tocó juntos. Yo comencé tanteando el terreno, sin tirarme de la moto. Él no se decidía a atacar. Entonces, perdí el miedo y fui aumentando la presión. Él parecía defenderse sin muchos problemas, aunque mi posición era mejor. Los dos pensábamos bien las jugadas, había más de veinte chavales mirándonos. Yo tenía mucho interés en ganarlo y convertirme en el gallo de aquel gallinero.

En eso, sonó el timbre. Tuvimos que dejar la partida como estaba, muy intrincada.

El resto de la mañana lo pasé intentando recordar la posición de las piezas. Recordaba algunas, pero otras no.

Pero en el autobús, de vuelta al pueblo, me encontré con Ramón y le pregunté. Él recordaba algo más que yo. Entonces, dibujé un tablero en una hoja de libreta y pronto tuvimos la posición clara. Me tocaba jugar a mí.

Mientras comía, puse las piezas en el tablero. Yo pensaba que allí había algo, algún golpe combinativo. Pero no veía nada.

Por la tarde fui al bar Toca Marro y pregunté a los "expertos".

-Ahí no hay nada. Es cuestión de seguir jugando y ver lo que pasa. Puedes mover un peón y reforzar la posición.

Me fui a casa. Recordaba ya la posición sin mirar el tablero. Las piezas se me movían solas en la cabeza.

Y de repente, cuando ya me iba a meter en la cama, me asaltó la idea. Puse las piezas en el tablero y, efectivamente, con un pequeño movimiento de piezas yo podía hacer un jaque a la descubierta y tragarme una torre. Era todo forzado.

Llegué entonces al día siguiente al torneo. Terradez apareció con una cara un poco rara. Nos sentamos y yo hice la jugada. En pocos movimientos, se rindió.

-Esta partida estaba perdida -me dijo.

Yo entonces empecé a creerme que podía jugar bien al ajedrez. Me apunté a algunos torneos de un solo día.

El primero al que fui fue a un abierto en Jávea. A esos torneos van aficionados, que pagan diez o doce euros por la inscripción (en aquel tiempo eran mil pesetas) y algunos profesionales de perfil bajo que son invitados y que se suelen llevar los premios. La ventaja es que puedes jugar con gente de nivel.

Gané dos partidas y perdí cinco. Mi nivel era aún bajo.

Allí ganó un jugador argentino llamado Mauricio Vasallo. Llevaba gafitas y el pelo rapado. Yo en aquel momento no lo sabía, pero aquel jugador llegaría, años más tarde, a ser amigo mío.

De aquel torneo, recuerdo mi primera victoria "oficial", contra un jubilado no tan afable como parecía. Le hice un ataque en el flanco de rey, se defendió mal y le acabé dando mate. Luego perdí cinco partidas seguidas, hasta la última, que la gané contra otro señor de pocas facultades, de mi pueblo. El pobre ha muerto ya.

Recuerdo también de ese torneo a dos de los gallos, que venían de Valencia, jugando Blitz (partidas a cinco minutos por jugador). Uno de ellos hizo una coronación en caballo para poder hacer jaque y no dejar al otro meter su peón. A mí aquello me pareció lo más de lo más.

Me gustó la experiencia y decidí que jugaría más torneos.

En el instituto, perdí otra partida, no recuerdo contra quién, y acabé finalmente segundo. Me dieron una copa de aluminio con la base de mármol. Ganó un tal Manolo, de COU. Luciano Morán quedó tercero.

Ese verano lo pasé estudiando ajedrez. Al bar Toca Marro no iba nadie, estaban todos en sus casas de campo. Yo analizaba partida tras partida en revistas y libros. Conseguí un libro con partidas de Bobby Fischer. Era increíble la energía de aquel jugador, creo que no ha sido igualada por nadie. No se lanzaba al ataque, simplemente aprovechaba la más mínima inexactitud del rival para irlo doblegando. Se parecía a Deep Blue, su cabeza era un Google.

A veces, en aquellas noches calientes, sin aire acondicionado, tenía insomnio. Daba vueltas y vueltas, desnudo sobre la cama. Las sábanas se me pegaban a la espalda por el sudor. El corazón me latía fuerte. La pasión del ajedrez me había atrapado. No soñaba ya con ser escritor, ni con acostarme con las profesoras, ni con tener una novia muy rubia. Sólo soñaba con alfiles, torres, peones, gambitos, descubiertas, sacrificios.

El curso siguiente, esa pasión aumentaría. Ya seguiré contando otro día.

Le paso este "meme" (o como se llame) a Félix, que os cuente su vida ajedrecística.

17:15:00 ---------------------  

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1 comentario:

Felix:
Hola Alberto, ya he seguido tu meme, aunque creo que me he enrollado demasiado, en fin lo haré por capítulos. ¿Sabes? Conozco a Luciano. Es un gran tipo y buen jugador de ajedrez, ultimamente estoy volviendo a jugar y he coincidido con él en algunos torneos. Luciano es ahora de los mejores jugadores de Alicante.
10 de enero de 2006 a las 21:23.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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