11 de diciembre de 2005
Sexo, vísceras y autopsia [cuento]
Hace un día completamente de primavera en Denia. Llego a la terraza que hay frente a la Glorieta, cojo una mesita pequeña, pido un zumo de naranja a la camarera y me pongo a esperar a mi amigo Ramón.

Nos conocimos en el Instituto y durante unos años nos vimos casi cada día. Los fines de semana a partir de la Facultad. Después de licenciarme empecé a perderlo de vista pero todavía de vez en cuando me llama para contarme su vida. Se doctoró en Medicina y está en el hospital La Pedrera de Denia realizando autopsias (creo que no tenía muy buenas notas).

Oigo su Ducati 999 atronando por la calle. Conduce muy despacio y con el cuerpo herguido, buscándome con la mirada entre las mesas. Aparca justo enfrente, se quita el casco y se acerca para darme la mano y sentarse. Parece empeñado en demostrar mayor soltura y autoconfianza por su pequeño éxito laboral, pero los cientos de horas pasadas a solas con los cadáveres no le están ayudando a madurar socialmente.

Hacía unos seis meses que no lo veía y noto que lleva unas gafitas de metal nuevas de poca graduación. El pelo de ratón rubio y fino que siempre ha tenido parece en el mismo lugar (cuando era un chaval pensaba por alguna razón que se quedaría calvo desde joven). Miro sus zapatos naúticos de verano y sus pantalones chinos y me doy cuenta de que la temperatura debe rondar los 25 grados y que yo tengo calor.

-¿Qué tal todos estos meses? -me pregunta. Sabe que dejé el periódico y que aún no trabajo.

-Muy bien. Hay varias buenas noticias -le respondo. Quiero saber si se atreve a insistir.

-Pues perfecto. Tengo que dejarte la moto hoy, ya hace tiempo que te lo prometí -dice. No me he equivocado y cada vez parece ser más tímido. La promesa la hizo él por su propia cuenta porque a mí no me gustan las deportivas.

Viene la camarera y le ofrece una pegajosa sonrisa, como de un paleto dedicado a la ganadería que no hubiese visto una mujer en meses. Pide un helado de limón. Me acuerdo ahora de los comentarios de otros amigos acerca del poco tamaño de su pene (en los institutos se comenta todo). Las muchas novias de pocos días que ha tenido podrían avalar esa teoría.

-¿Cómo están de buenas las tías esas que abres por la mitad? -le pregunto.

-Qué cabrón eres -responde incomodado-. Hay algunas que son tan guapas que da pena abrirles la cabeza.

-Claro, a mí también me la daría, pero supongo que es por su propio bien -le digo.
-Más bien por el de sus padres.

-Claro -respondo ocultando mi tristeza. No me gusta su oficio.

Un grupo de cuatro chicas con aspecto de universitarias pasa por delante de nosotros. Una de ellas se fija en mí de forma exagerada. Por un momento he pensado que iba a saludarme.

-Las chicas de Denia cada vez son más guapas. Hay mucho culto al cuerpo -me dice.

-Claro, sobre todo la morenita que iba la última -digo refiriéndome a la que me ha mirado. Tenía un cuerpo de pechos grandes y caderas anchas sin llegar a lo recargado.

-No te creas. ¿No has visto el color amarillo que tenía? En una persona morena eso puede significar problemas hepáticos, causados casi seguro por el alcohol.

Me quedo pensando. Me pregunto si habrá acertado y la chica utiliza el vodka para calmar la ansiedad de los exámenes o para caer inconsciente los fines de semana.

De repente aparece una mujer de unos treinta y cinco años cargando dos grandes bolsas de supermercado. Lleva botas con tacón y pisa la acera con la fuerza de un caballo. Los muslos, hombros y antebrazos están tan musculados como los de un hombre. Tiene, sin embargo, las uñas largas pintadas, lleva maquillaje y el pelo largo teñido de rubio. Cuando llega a la altura de un BMW X5 saca la llave automática, abre el maletero para dejar las bolsas y desaparece en la siguiente esquina.

-Esa sí que tenía buen hígado. Tenía un color moreno tirando a rosado. Se nota que hace ejercicio -le digo con aire retador para ver su diagnóstico.

-El hígado no dudo que esté en buen estado, pero los pulmones silbaban cuando respiraba porque seguramente abusa del tabaco. Probablemente ya han perdido tamaño y capacidad de absorción del oxígeno y sufre con los esfuerzos aeróbicos. ¿No has visto lo musculada que estaba? Eso demuestra que para perder la grasa hace pesas, un esfuerzo intenso y corto, no aeróbic.

Me pongo la mano en la boca derrotado. Aquella saludable mujer puede tener un cáncer a la vuelta de la esquina. Miro a mi alrededor dispuesto a encontrar una chica que apruebe su examen médico.

De pronto aparece una mujer muy alta que aparenta nuestra edad, una trabajadora titulada joven que pasea con su novio un sábado a mediodía y que se detiene varios segundos buscando una mesa libre. Tiene un bellísimo rostro branquicéfalo de aspecto mogol, con el pelo negro y la piel muy blanca. El chico es más bajo que ella y parece dejarla hacer. Al cabo de unos segundos se marchan.

-Esa sí que era un buen especimen. Ni alcohol, ni tabaco, ni gimnasio, sólo sexo con el chavalote ese, que sí que se morirá joven porque es mucha mujer para él -le digo.

-No te creas. Tenía un tono muscular muy bajo, los hombros caían hacia adelante por el peso de los pechos. Encorvaba la espalda al caminar. Eso puede traer problemas en la columna en pocos años.

Me quedo sin respuesta mirando la Glorieta, por la que caminan alegres jóvenes que van a comer con sus padres. Veo a la camarera pasar cerca de mí, le hago un gesto con la mano y le pido la cuenta.

-Bueno Ramón, yo me tengo que ir a comer con mis padres -digo mientras saco las monedas de mi bolsillo-. No hemos encontrado a ninguna que pueda quedar bien en tu mesa de trabajo.

La camarera vuelve con un platito de plástico con el papelito enganchado y Ramón vuelve a mirarla fijamente.

-¿Ah no? -me dice.

-¿La chavalita esta? -le pregunto. Es una chica morena con los pómulos demasiado marcados y la nariz aguileña. No me había fijado en ella.

-Un cuerpo perfecto y saludable, que hace el ejercicio justo cada día caminando en su trabajo. No fuma. Los cabellos brillantes indican vitalidad. Los ojos con el blanco sin capilares rojos y sin ojeras indican suficientes horas de sueño y ausencia de estrés...

-Bueno, tío, yo me tengo que largar -digo. Comparada con las otras, esta es una alpargata de esparto.

-Espera, que te dejo llevar la moto un rato -me dice sacando las llaves.

Arranco y meto la segunda antes de enfilar la calle Campos y acelerar fuerte. Me encamino hacia el puerto para bordear luego la playa por la carretera de Las Rotas. Creo que Ramón va a estar esperando más tiempo del que cree.

09:13:00 ---------------------  

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1 comentario:

Anónimo:
Hola, el cuento esta muy bien, como la mayoria que he leido hasta ahora. Lo unico comentarte que erguido va sin h. Adios.
9 de octubre de 2006 a las 21:34.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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