24 de diciembre de 2005
Novela inacabada VIII
Conduzco otra vez por la A7. Es una tarde plomiza, con viento pero sin lluvia. La temperatura no es baja, ni tan siquiera pongo la calefacción. Los dos carriles están completamente vacíos y la cabeza se me va a otras cosas.

A escasas horas de conocer algo muy importante sobre mi futuro, no merece la pena reflexionar demasiado. Lo único seguro es que seguiré viviendo en Denia. Mi profesión es lo que desconozco. Debo ser sincero: no me encuentro bien. Si hubiese sido lo bastante bueno en lo que elegí hacer, no estaría en esta situación.

Recuerdo mi infancia y las fantasías que incubé. No voy a enumerarlas por pudor, pero afirmo que esos sueños imposibles son la canallada más grande del capitalismo actual. La cabecita me volaba entre los naranjos, las acequias secas, las rocas del Montgó y las playas. Eran tardes calientes con brisa de levante, yo salía de casa con mi bicicleta y buscaba a mis amigos en las Marinas o las Rotas. Había tan pocos coches que a veces pedaleaba por el centro de la carretera y se oían las olas del mar detrás de los pinos y los muros de los chalets. Denia era entonces un verdadero pueblo de pescadores, con un turismo aún incipiente. A media tarde volvía a casa y mi madre me daba unos grandes bocadillos de tomate con anchoas, sobrasada, atún con mayonesa, Cola Cao con aceite de oliva. Bebía zumo de naranja, limonada u horchata. Luego veía la televisión con mi hermana, jugaba aún un rato a la pelota en la calle y a eso de las nueve cenaba con mis padres y me acostaba. Al día siguiente volvía al colegio caminando solo por las aceras y me encontraba con mis compañeros antes de entrar a clase.

Una vez nos fugamos del colegio y decidimos emprender una excursión. Subimos por el camí del Pou de la Muntanya y acabamos en el parque natural del Montgó, saltando los antiguos bancales musulmanes, llenos de zarzas. Durante horas no supimos dónde estábamos ni el rumbo que llevábamos. Hubo dos niños que se echaron a llorar, otro que aseguraba tener un plan claro, aunque nos hacía girar en círculo, y otros dos que callábamos y esperábamos toparnos antes o después con alguna carretera o urbanización. Yo destrocé aquel día mis zapatos ortopédicos, pero aprendí mucho más que quedándome en clase con los otros borreguitos.

Este recuerdo me ha traído optimismo. Pase lo que pase, seguiré caminando, a mi ritmo, mirando el paisaje, comiendo y bebiendo bien, amando y siendo amado (si es posible) hasta el destino final, que en este caso no será la casa de mis padres sino el cementerio.

11:13:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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