24 de diciembre de 2005
Novela inacabada VII
Después de aquellos cajones de cuarenta metros cuadrados en los que se metían las familias durante el desarrollismo franquista, parecía imposible que volviésemos a esa precariedad, pero aquí está. Mi hermana vive en un piso de unos treinta metros cuadrados. A un lado y otro de la puerta están la cocina y el cuarto de baño, se avanza dos metros por un estrecho pasillo y se llega a la estancia principal, que hace de comedor, salón y dormitorio. Tendrá unos quince metros cuadrados. El sofá se convierte en cama por la noche, la mesa para comer se convierte en escritorio. Sí, pero, ¡qué buena zona!

Mi hermana se llama Maite, tiene cinco años más que yo y es dependienta en una zapatería. Estuvo estudiando Derecho y lo dejó porque no quería convertirse en "un instrumento de los poderes fácticos". Ponerle los zapatos a la gente, evidentemente, no es ser un instrumento de los poderes fácticos. Aunque los pies, de facto, a veces huelen a Cabrales.

Ahora estoy buscando algo en la nevera. Sobre la cocina de gas hierve la holla con el pollo con arroz.

-¿De qué va el libro este? -me pregunta desde la otra habitación. Ha encontrado el libro de Vázquez Figueroa que he dejado en el sofá.

-De especuladores, politicastros y comisionistas.

-¡Mola!

Hay un silencio en el que supongo que está hojeando la novela. Pero luego cambia de tema.

-Tú vas a ser un peón en el juego del capital. Les venderás los pisos para que ellos especulen.

-Mira, no me largues más verborrea pseudomarxista. Te voy a poner en contacto con Sebas, así podrás ayudarlo en su partido -le respondo. He encontrado un trozo de salchichón rojo ya pelado. Me lo como de un bocado. Busco ahora algo de pan.

-¿Qué partido? ¿Tu amigo el abogado tiene un partido?

-Pues claro que sí. El Partido Republicano. ¡A las barricadas, camaradas! -Esto con la boca llena no suena tan bien.

-¿Otro flipao? Hoy en día no se puede fundar un partido, el PP y el PSOE lo controlan todo. No hay hueco.

"No hay hueco". Eso le dijo IBM a Steve Jobs antes de fundar Apple. Creo que por cada gran negocio, hay cien cretinos diciendo que no hay hueco.

-¿Todo? -le pregunto.

-Todo.

-Todo no. Internet no.

Se queda pensando. Su concepción del mundo está enraizada en la progresía tardofranquista. No ha pensado en internet aún.

-Internet es una americanada que no vale para nada -responde.

-Claro que no, lo que vale es el proselitismo maoísta que haces con tus colegas de la CNT.

Lo de afiliarse a la CNT es una forma de estar en política sin estar, o de tener una excusa para reunirse a beber cervezas. A veces intentan enseñar español a inmigrantes o dan pequeñas conferencias. Dudo mucho que conozca el papel histórico de la CNT: destruir la República y poner el país en manos de Franco.

-Tú eres un gallo demasiado cantador, y así te va -me dice. Ahora deseo conseguir mi empleo y venir aquí con traje y corbata. Los poderes fácticos vaciándole la nevera...

-Apúntate con Sebas. El Partido Comunista Español está en liquidación por derribo, Llamazares ha conseguido lo que no consiguió Franco en cuarenta años: cargárselo.
Ahora parece pensativa. Es una mujer muy bella, con la piel algo más blanca que la mía y unos espesos cabellos castaños.

-La gente se cansará algún día de esta tomadura de pelo y volverá a pensar en el comunismo.

Me callo y me siento en el sofá. Miro las losas ennegrecidas de la calle, es la entrada de una pequeña iglesia medieval. Me pregunto por qué algunas personas se destrozan la vida con estúpidos ideales. Mi hermana podría estar en Denia dando clases en un instituto o diseñando publicidad, sólo necesitaría poner freno a sus fantasías.

Busco el mando a distancia y pongo la televisión. Ella entra en la cocina para mirar la comida.

-¡Esto ya está! -Me grita desde allí.

-Voy poniendo la mesa.

Me levanto, voy a la cocina y me doy cuenta de que no caben dos personas dentro. Supongo que los cubiertos estarán en algún cajón, pero rehuso buscarlos.

-Ya pongo yo la mesa, siéntate.

Me siento y me rasco la barbilla. Esto parece el zulo de Ortega Lara. No podría pasarme aquí las tardes viendo publicidad. Me pregunto qué hará Maite cuando no está trabajando.

En pocos segundos llega con un mantel de tela, lo pone sobre la pequeña mesa de madera, trae los cubiertos, las servilletas, los platos, el salvamanteles y la cazuela humeante. No huele nada mal. Creo que faltan los vasos, me levanto y después de buscar un poco los cojo y los pongo en la mesa. Ella trae el agua, un garrafón de cinco litros.

-Pues estamos muy bien -le digo para animarla. Creo que tiene los ojos húmedos, como si algún recuerdo de los años felices la hubiese asaltado. Yo me concentro en el arroz. Después me marcharé tranquilamente a casa.

-Para ti el muslo -dice poniéndomelo porque sabe que me gustan. Me pasa el plato y empiezo a comer. Ella se pone sólo arroz.

Hace años, solíamos tener largas conversaciones. Ahora tenemos poco de qué hablar. Cada vez soy más callado, no sé si se trata de madurez o simple resignación.
Sigo comiendo y de repente oigo que llaman al timbre. Maite se levanta y coge el telefonillo.

-Sube -le dice a quien sea y pulsa el botón.

-¿Y quién viene ahora? -digo con la boca llena. Tal vez esté invitado a comer.

-Es Pepe Toni, un colega del Carmen. Espero que ya haya comido.

-Eso espero yo también ?miro la cazuela y todavía queda carne para Pepe Toni Primo de Rivera.

Lo oigo entrar diciendo "hola" por el pasillito. Es un treintañero chaparro, con la cabeza rapada y algo alopécica. Tiene la piel oscura y lleva gafas de pasta muy gruesas. Va bien abrigado, aunque estoy seguro de que en verano es de esos que se ponen sandalias. Parece que tiene también un poco de pluma.

-Hola, gente -dice. Me levanto para darle la mano.

-¿Qué tal? -le digo.

-Muy bien, ¿tú eres el brother de Mai?

-Yes, sure -le respondo. Él opta por reírse.

-¿Quieres un poco de arroz? -le pregunta Maite.

-Uy, no, muchas gracias. Ya he comido en el Mister Kebap.

-¡Ah! ¿Qué tal Josechu? ¿Cómo anda?

-Muy bien, acaba de llegar de Bilbo.

Deduzco que Josechu es un vasco con un restaurantito turco.

-A ver cuándo me paso a verlo, hace siglos que no hablamos.

Nos quedamos los tres en silencio. Yo estoy ansioso por terminarme el arroz. Él nos sigue mirando con una sonrisa de merluzo. Mi hermana por fin interviene.

-Siéntate en el sofá y enseguida saco los cafés.

Se sienta y ella va a hacer los cafés. Cuando estoy pensando algún tema de conversación, suena otra vez el timbre. Pepe Toni se levanta y va hacia el telefonillo.

-Es Beni. Me dijo que venía para aquí.

Le abre sin preguntar. Luego vuelve al sofá. Tengo el arroz casi terminado y probablemente no necesite café. Tengo que pensar algo para escapar de aquí.

Benito llega y saluda a mi hermana con dos besos. Luego pasa al comedor. Esta vez no me levanto para darle la mano, pero él se acerca y me la da a mí. Es un tipo majete, con una melenilla de cortina pasada de moda y una perilla castaña clara. Debe de tener algo más de cuarenta años y apuesto a que está sin pareja desde hace siglos. Se sienta al lado de Pepe Toni y me siento obligado ya a decir algo.

-¿Qué se cuece aquí en la capital?

-Poca cosa -responde Beni. Mi hermana sale de la cocina con dos cafés y se lleva los platos y la cazuela.

-He oído que la ampliación de Blasco Ibánez está ya encaminada.

-Pues no lo sé -dice Beni-, estoy desconectado de ese temita.

La ampliación de la avenida Blasco Ibáñez llevaría una de las arterias principales de Valencia hasta la playa. El problema es que hay que derribar las antiguas casas de los pescadores y reubicar a los gitanos y drogadictos que pululan por allí. En el momento de planear esa actuación, no dudo de que alguien compró a muy buen precio casas en un barrio inseguro y mal comunicado. Esas casas no serán las derribadas, quedarán justo al lado de la nueva calzada.

-¿Y qué me decís de la amplicación del Metro hasta Manises? Con eso y con EasyJet estás a tres horas de Colonia por cincuenta euros.

-¡Joder, qué prisa tienes! -salta Pepe Toni riéndose. Creo que su horizonte son los bares del barrio del Carmen. Mi hermana vuelve con tres cafés más en una bandejita y se sienta con nosotros. Pruebo el mío, está muy cargado, sin azúcar. No me gusta.

-Oye, colegas, ¿jugamos una partidita de cartas? -les pregunta mi hermana. Ellos parecen asentir, pero de repente suena el timbre.

-¿Y quién será? -dice Pepe Toni con mucho misterio. Se levanta otra vez.

-¿Quién? -pregunta por el telefonillo. Luego pulsa el botón.

-¿Quién era? -pregunta mi hermana.

-La hostia. Es Chencho, espero que no lo hayan echado del curro.

-No, hombre, habrá venido a hacer algo.

Esperamos con algo de tensión y entra Chencho. Es otro rapado, bastante más flaco y alto. Tiene la cara angulosa y reseca, de tipo castellano. Esto se convierte ya en el camarote de los hermanos Marx.

-¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo! -dice mi hermana tirándose encima de él. Parece que tiene más prestigio que los demás. Me gustaría saber por qué.

-Hola, familia -dice Chencho. Yo aprovecho para levantarme y darle la mano. En realidad lo que quiero es preparar la retirada.

-¿Tú eres el hermano de Mai? No te había visto nunca.

-Es que vivo en el pueblo. La ciudad no es lo mío.

Antes de que Chencho me pueda responder, interviene Pepe Toni.

-¿Qué te trae por aquí? Por aquí decían que si te habían echado del curro.

-Pues no, no me han echado.

-Ah, bueno.

-Me he largado.

Todos se quedan pasmados. Él comienza su explicación. Espero que no tuviese miedo de los "poderes fácticos" como mi hermana.

-Estaba harto de aquella mierda. Los chavales no respetan, los padres nos tratan a patadas, era un simple peón de ajedrez.

Otra vez con los peones de ajedrez. No sé qué tendrán en contra de ellos. El gran campeón Philidor ya dijo que los peones son la pieza más importante del tablero. Y desde Fischer todos aceptan que las jugadas de peón son las más profundas, porque los peones nunca vuelven atrás.

-¿Y ahora qué? -pregunta Beni.

-Ahora lo más difícil del mundo, voy a vivir de la música.

-¡Así me gusta! -salta Pepe Toni- Deja que te dé un beso -se levanta y se lo da. Chencho parece feliz pero asustado.

-Vamos a ver qué tal me va. De momento tengo un par de fechas cerradas.

-¿Eras profesor de instituto? -le pregunto.

-Sí.

-¿De qué? -insisto.

-De música. ¿De qué otra cosa?

-¿Y ahora tocarás conciertos?

-Sí, ya llevo tiempo con ello.

Mi hermana lo interrumpe.

-¡Tócate algo! ¿Dónde tienes la guitarra?

-En el coche.

Duda un momento y al ver que todos lo miramos se levanta y comienza a bajar por las escaleras. Si digo ahora que me marcho se lo tomarán a mal. Vuelvo a sentarme, pego otro sorbo del café y miro el reloj disimuladamente. Esto comienza a ser frustrante, estoy atrapado en esta ciudad con los fósiles de la Movida.

-¿Sabes que Moli se va a casar? -dice Pepe Toni.

-¡¿Qué?! ¿Moli? Ver para creer -responde Beni.

-Me lo encontré ayer en la frutería y me dijo que se ha comprado un piso y se mete allí con su novia. Cualquier día yo creo que a este lo vemos con un hijo.

-¡Madre mía! ¡Moli limpiando mocos! Cuando lo cuente a la peña van a flipar en technicolor.

-A sus cuarenta años y ya con un hijo... -intervengo.

-Bueno, tiene todavía treinta y ocho, me parece -me responde mi hermana. Los otros dos siguen conmocionados. Acabo mi café y miro por la ventana otra vez. Hay poca luz y se ha levantado viento, lo que podría indicar que viene otra tormenta.

Chencho vuelve con su guitarra. Es una acústica tradicional, de esas barnizadas. Todos callan y él sin decir nada se sienta en una silla, cruza una pierna y respira hondo. Luego comienza a tocar un ritmito pop y a cantar con una voz suave, casi en falsete.

Me llegan todas las letras,
el banco me persigue,
Hacienda me está buscando,
el destino de mí se ríe.
¡Mierda!
Quiero escapar,
quiero huir,
no quiero estar aquí.
Quiero escapar,
quiero huir,
no quiero estar aquí.


La canción sigue. Me levanto sigilosamente y camino despacio hacia la puerta. La abro, salgo y bajo corriendo las escaleras hasta la calle. Camino deprisa en dirección a la boca de metro.

¡Mierda!

Me he dejado el libro de Figueroa.

Pero no pienso volver. Esta generación de la Movida son los últimos desconectados, gente que creyó que el mundo seguiría siendo una sentada en la acera de coleguillas con el pelo pintado. Era una especie de 68 mediocre y sin ideales. Imitaron las películas americanas, tomaron drogas en polvo, algunos con aguja, hicieron música intrascendente y siguen a día de hoy sufriendo el síndrome de Peter Pan. Cuando llegó internet, ellos siguieron preocupados por "pasar de todo" y no ir a votar.
Tuvimos que ser los más jóvenes, los del Spectrum, los que rellenamos internet y cuestionamos el entramado sesentayochista. Desde luego, a nosotros nos podrán reprochar muchas cosas, pero no haber pasado de todo.

10:59:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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