24 de diciembre de 2005
Novela inacabada VI
Miro el mapa que hay en la pared. Tengo que llegar hasta la calle Játiva y luego caminar un poco hasta el seis de Periodista Azzati, en un lateral del Ayuntamiento. Me siento en el largo banco de mármol y apoyo la espalda en la pared. Me gusta este sitio: calentito, silencioso, solitario y a diez metros por debajo de la ciudad.

Se me va la imaginación hacia los medios de transporte del futuro, tal vez trenes y bicicletas para personas, furgonetas eléctricas para mercancías. Pensándolo bien, una persona en bicicleta hace un kilómetro en tres minutos, y una densidad de estaciones de metro cada kilómetro es perfectamente realizable en cualquier ciudad. Lo que hay que hacer es subir bicicletas a los trenes y luego volver a utilizarlas para llegar al destino final. Pero en esta estación eso no se ha pensado, hay escaleras convencionales en lugar de rampas automáticas. El resultado es que se exige a la gente caminar a toda pastilla y emplear más tiempo del debido, lo que les hace coger el coche y engañarse a sí mismos creyendo que encontrarán aparcamiento cerca.

Por las escaleras baja una chica en chándal de algodón. Parece de esas que cantan rap. Está al otro lado de las vías. Se sienta enfrente de mí y comienza el juego de miradas, el entretenimiento principal de los adolescentes.

Miro el panel y veo que sólo faltan tres minutos para mi tren. Creo que aguantaré aquí cruzado de brazos y piernas mientras la rapera analiza cada parte de mi cuerpo. Seguramente le serviré de trampolín para sus fantasías. Y con eso se quedará, con la fantasía.

Ahora baja una abuelita que se sienta con las piernas muy juntas. Es tan pequeña que casi se le quedan los pies en el aire. Parece estresada, suspirando y tocándose el pelo. Lleva una bolsa de El Corte Inglés, pero está tan arrugada que creo que no viene de allí. Estas son las que se creían algo por vivir en "la capital", las que volvían a sus pueblos contando hazañas con voz de pito. Las hazañas consistieron en un piso en Benimaclet y un salario medio para su marido, erosionado poco a poco hasta una pensión de jamón de york en lonchas finas y sillones remendados. Sus hijos pasaron veinte años con la chupa de cuero, de bar en bar en sus barrios obreros, y ahora alicatan cuartos de baño o reparten fruta con una furgoneta. Alguno habrá con licenciatura, como Sebas. Aquí la fiebre por las titulaciones fue incluso más fuerte que en los pueblos. De hecho, me pongo a recordar y no conozco ningún empresario que no sea hijo de otro empresario o haya nacido en un pueblo. Curioso.

Se me ocurre comprarme algún dulce en la máquina que hay a mi izquierda. Me acerco y elijo un paquete de galletas con chocolate. Aprovecho para sentarme ahora algo más lejos del campo visual de las dos madamas. Pero muy pronto noto a otro mirón a mi derecha. Es un pimpollo universitario, que seguramente anda comparando su atractivo sexual con el mío. Yo tengo mucho más, desde luego. Tiene una piel femenil, blanca y fina. Lleva un abrigo corto y zapatos con suela de goma. El sabor del chocolate me recuerda a los años de instituto, cuando salía del Chabás para comprarme galletas de estas en una gasolinera Campsa. No soy un nostálgico, eran de verdad tiempos mejores. Y lo voy a demostrar ahora mismo.

Me acerco al chico. Está con la mirada perdida en la publicidad de la pared de enfrente.

-¿Quieres una galleta? -le digo amablemente mostrando mi paquete.

-No, no... Gracias -responde con un nudo en la garganta y cara de miedo. Se ha puesto nervioso. Vuelvo a mi lugar. ¿Está claro ahora? Nosotros cogíamos la galleta.

Llega el tren y nos montamos. Hay algún asiento vacío, pero va bastante lleno. Me siento al lado de una colombiana con su bebé en un carrito. Se cierran las puertas y arrancamos. Por las ventanas sólo se ve el negro del túnel. Hace tiempo que se habla de colocar publicidad ahí. Acabaremos con anuncios múltiples, como fotogramas, que nos bombardeen en cada viajecito. Me he enterado en internet de que en Alemania hay hasta emisoras de radio de pago, que el consumo retrocede y que a la publicidad no le hace caso nadie. Allí comprar algo porque sale en la tele es de paletos.

La colombiana saca el biberón para su hijo español. Me pregunto si a estos les haremos la misma jugada que la derecha a nosotros, una igualdad virtual para que se callen. Cerca de mí hay tres africanos sentados en silencio, un par de musulmanes de pie cogidos a la barra, varios latinoamericanos. Puede haber más inmigrantes, pero no se pueden detectar si no hablan. Estos son la clase trabajadora del futuro. Nosotros, o conseguimos subirnos un escalón o desaparecemos en silencio por la falta de hijos. País de gilipollas.

En la primera parada se baja la colombiana y suben unos cuantos chavales más, tal vez de un instituto. Son las doce menos veinte, igual se han escapado. Andan comentando un partido de fútbol. Llevan un balón en la mano y zapatillas de futbito. Uno de ellos lleva también un casco de ciclomotor en la mano. Si fuesen hijos de un fontanero polaco, estarían hincando codos en su instituto.

Arrancamos otra vez y me olvido de esos problemas. Si empiezo a vender pisos, quiero comprarme una Honda Varadero, lo que las revistas llaman "maxitrail", con un litro de cilindrada y cien caballos. Así no cogería más el metro. Quiero también un buen repertorio de trajes de chaqueta, uno beige y otro blanco para la primavera, negros, azules y grises para otoño e invierno. Quiero dejar de lado esa vestimenta de jugador de ajedrez, un tanto descuidada y de marcas baratas. Aquellos cabrones venían en unos jerseys que parecían de esparto, chaquetas de pana con coderas, vaqueros gastados. Nadie quería darse importancia, porque significaba asumir responsabilidad.

Uno de los chavalotes decide sentarse en un pequeño hueco al lado de la colombiana. Ella retira el carrito y el tío queda encajado, aplastando el pecho izquierdo de la mujer con el codo. Los amigos lo miran con una sonrisita burlona.

El tren vuelve a frenar y yo ya he llegado. Se abren las puertas, me levanto y salgo disparado. Son las doce menos cinco y ya estoy muerto de hambre.

10:54:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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