24 de diciembre de 2005
Novela inacabada V
Nada más entrar, pregunto al dependiente por el libro de Sánchez Soler. Teclea un poco en un viejo ordenador, pone cara de gran sabio y dice que no lo tiene.

-¿Lo puede usted pedir? -le pregunto.

-Sí, pero eso creo que está agotado, eso salió en el 2001. Si quiere le puedo recomendar uno que es parecido.

Asiento con la cabeza, sale del mostrador y me señala una pequeña pila de libros blancos con un mapa de América Latina superpuesto sobre otro de Estados Unidos. Se titula ¿Quiénes somos? y lo firma un tal Samuel P. Huntington. La obra tendrá sus buenas quinientas páginas y parece filosofía doméstica para captar votos.

-¿Esto de qué va? -le pregunto. Pone cara de miedo. No espero que se haya leído todos los libros de aquí, claro. Tal vez no se haya leído ninguno.

-Es un poco así de análisis político también... Es de esos para calentarse la cabeza. Asiento levantando el labio inferior y él vuelve a su puesto. Pego una mirada por las otras pilas de la mesa de novedades. La más gorda lleva la foto de un anciano con el pelo blanco y rasgos de indio. Es una novelita corta, de poco más de cien páginas, que se titula Memoria de mis putas tristes. No me gusta leer novelas, y menos de batallitas sexuales. No entiendo qué ha llevado ese negocio a la gerontocracia, tal vez el ansia de autoridad y protección de algunas mujeres de mediana edad, tal vez simplemente la falta de talento de quienes vienen detrás.

Un poco más adelante veo otra gran pila. Es otra novela bastante gruesa. Tiene en la portada un viejo tren de vapor pintado de rojo. Se titula Tu rostro mañana 2. Baile y sueño y la firma un tal Javier Marías. Miro su foto. Aunque tiene la frente despejada y las sienes canosas, podríamos considerarlo joven. Si se ganase la vida de otra manera, aún no se habría jubilado. Lo que le noto en la cara es un cierto cansancio, aunque ignoro el motivo. Me pregunto también qué significará la expresión "tu rostro mañana". Dejo el libro donde estaba.

Hay otras grandes pilas de best sellers, pero me acerco a la mesa de no ficción. Me gusta uno que se titula La batalla de Madrid, sobre la Guerra Civil, pero no tengo ganas de profundizar tanto ahora. Hay otro de Alfonso Guerra, parecen unas memorias de la Transición. Podría comprarlo, pero Guerra no es trigo tan limpio como parece. Seguramente seguirá defendiendo su monarquía parlamentaria, la que nos impusieron él y su amigo Felipe a base de bombardeo televisivo. Me han gustado siempre las ideas de estos dos progresistas, convencidos como están aún de que aquí no hay estabilidad ni prosperidad sin la tutela de los Borbones.

Busco con la vista a un escritor más actual, más joven, con más garra. Dejo la mesa de novedades y miro en la estantería. Hay un libro de bolsillo que se llama Vivir del viento. Lo saco y miro la portada: hay unos molinos de viento de los utilizados para producir electricidad. La contraportada dice que es un thriller que analiza los manejos en el mundo de la energía eólica. El nombre del autor me suena: Alberto Vázquez Figueroa, tal vez el más joven de todos los que hay en esta tienda. Me lo llevo.

Me acerco al dependiente, pongo el libro encima de la mesa, suelto los siete euros y medio y salgo. No tengo ganas de buscar nada más. Tengo la impresión de que no han aparecido autores españoles interesantes en los últimos veinte años. Cuando era un chaval, hace unos quince años, sí que solía leer novelas. Me acuerdo del Pascual Duarte y La colmena de Cela, lo mismo que de la Trilogía de Madrid de Umbral. Me acuerdo también de La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, y de Aurora roja de Baroja. En general, leía novelas cuando me caían en las manos y nunca revistas literarias. Antes que revistas, me compraba los comics de Mortadelo y Filemón, que leí hasta casi los dieciocho años. Las únicas novelas que he leído hace poco son las de un norteamericano llamado Richard Ford, por recomendación de Pilar. Me han gustado tanto, que mentiría si dijera que no me han influido incluso en mi forma de pensar.

En la calle la temperatura ha subido un poco, pero el día vuelve a ser oscuro y gris. Hay unos doscientos metros hasta la boca de metro de Blasco Ibáñez. Estoy justo detrás de la facultad de Geografía e Historia. Por aquí van pasando las chavalotas, con ese empaque ibérico lleno de pretensiones, el mismo que el de sus abuelas de camino a misa de once. Los chicos tienen miradas huidizas y van vestidos como niños. Estos son ya los hijos de la LOGSE. Casi prefiero los makinerillos rabiosos, por lo menos han conseguido mantener su testosterona intacta. Esa hormona siempre acaba haciendo falta.

Y se me va a permitir que considere ahora buena idea contar mi experiencia con los dietarios digitales, más eficazmente llamados web logs. Para algunos, serían la verdadera expresión literaria de mi generación. Si esto fuese así, seríamos la generación más idiota de la historia de España, cosa que yo no creo. En efecto, fuera de los copiapegas del periodismo, lo que hay a día de hoy en internet es la vida privada o los cotilleos de jóvenes que apenas leen lo que acaban de escribir antes de darle al botón. Utilizan sus web logs (también pueden llamarse blogs) para descargar sus frustraciones o hacer amigos. Esos son en mi opinión los que mejor han entendido el nuevo soporte y más provecho sacan de él. Quienes se han equivocado son los que buscaban ser reconocidos como escritores o ganarse la vida así. Creo que hay cosas que exigen la mejor presentación. Podemos estar de acuerdo en que un envase tetra brick es más barato y aisla mejor un líquido de la luz y la temperatura, pero el vino gran reserva se sigue vendiendo en botella de cristal y tapón de corcho. Me gustaría ver a todos esos enteradillos que van a los restaurantes ante un Rioja servido en vaso de plástico. Dirían que es un poquito peleón pero que no está mal. Y yo no los culparía, el consumidor medio no tiene por qué ser un gran crítico, para separar el grano de la paja ya hay otros profesionales. Pero en el caso de internet el grano, la paja y la mierda van juntos en un soporte defectuoso, y se amalgaman en la cabeza de los lectores de forma que hasta Cervantes les parece un aprendiz.

En mi caso, no tuve ínfulas literarias ni periodísticas. Estuve hablando hasta que un día me cansé. Me sentía rodeado de una especie de bohemia encerrada en su cenáculo telemático que cuanto más se automarginaba, más feliz se sentía. Había unos que se llamaban liberales, pero atacaban el concepto de derechos de autor. Otros representaban a la izquierda atacando a músicos como Miguel Ríos, Alejandro Sanz o Enrique Bunbury. La izquierda de internet consiste en descargar ilegalmente lo que otros han producido con su tiempo y su dinero. Pi i Margall, Blasco Ibáñez o Pablo Iglesias estarían orgullosos.

Pero no nos calentemos la cabeza. Lo pasado, pasado está. Ahora estoy bajando los resbaladizos escalones de la boca del metro, de mármol engrasado. Son las once y media. Saco el móvil para avisar a mi hermana. En cuestión de media hora puedo estar allí.

10:49:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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