24 de diciembre de 2005
Novela inacabada IX
Como todos los viernes, voy a cenar a casa de mis padres. Aún son las cinco menos veinte, pero para mí empieza ya el fin de semana. Espero relajarme antes de encontrarme esta noche con Pilar.

He conseguido aparcar cerca y ahora camino hacia el 15 del Paseo del Saladar, al lado de la óptica Afflelou. Aquí es donde yo me crié, es un bloque de unos treinta años, con la fachada marrón. Aunque la calle tiene bastante tráfico, sólo es un carril por cada sentido, y en medio hay un ancho paseo con palmeras y bancos de madera. Ahí he pasado cientos de tardes aprendiendo a ir en bicicleta, jugando a fútbol o mirando los coches pasar. Han puesto ahora unos contenedores cilíndricos de aluminio para papel. Aquí se hace vida de barrio, los restaurantitos y bares son para dianenses autóctonos. Mirando esta calle, uno creería que Denia es una ciudad industrial.

Abro el portal con mi propia llave y dentro me encuentro a un viejo conocido. Se llama Vicent Reig, pero los del pueblo lo suelen llamar el tío Pelat. Aquí casi todas las familias antiguas tienen mote (el de mi madre no lo pienso decir). Es un vecino del primer piso, que hace años aún sacaba su silla de esparto a la acera los atardeceres de verano. Lo conozco desde que nací y antes solía charlar mucho con él. Después su mujer murió y dejó de salir a la calle. A veces me lo encuentro y el buen hombre me retiene con conversaciones sin importancia.

-¿Cómo vas, Antonio? -me pregunta, en valenciano.

-Muy bien, ¿y usted? ¿Todo bien?

-Todo muy bien -dice por educación. Es bastante bajo, muy flaco, con una espesa barba blanca y gorrita de marinero-. Hace tiempo que no te veo por aquí.

-Estoy en un bungalow en el Montgó. Hacía tiempo que quería marcharme lejos de mi padre.

-Ja, ja -ríe-, los jóvenes tenéis que vivir independientes. Si no, este país ¿quién lo sacará adelante? Vendrán los de fuera y se harán los amos.

Al tío Pelat no le gusta ese 25% anual al que actualmente crece Denia. A mí, la verdad, tampoco. Es de los antiguos izquierdistas valencianos, de alpargatas y dulzaina, siempre en esa contradicción de luchar por la igualdad y la exclusión, por el progreso y la conservación. Estas ideas nunca se las he dicho. ¿Para qué estar discutiendo?

-Se harán los amos de todas formas. Pero por lo menos merecemos vivir tranquilos -hago ademán de empezar a subir las escaleras, pero se agarra a otro turno de palabra.

-Ahora sólo tienen hijos los moros y las derechas. Hasta nos imponen desde Madrid de que el valenciano no es catalán. ¿A ti qué te parece eso? Si yo tengo apellido catalán, mis antepasado llegaron de Cataluña, voy a Cataluña, hablo y me entienden, hablan ellos y los entiendo. ¿Qué más hay que investigar? Se parece más el valenciano al catalán que el andaluz al madrileño.

Asiento con la cabeza. En este punto, tiene toda la razón. Sigue hablando.

-Cuando yo era joven, te ponías a trabajar, te casabas y tenías hijos. Punto. No había que empezar a pensar si quieres o no quieres tenerlos.

-Entonces, ¿con Franco estábamos mejor? -pregunto para provocarlo.

-Che, che, no, no, para, para -dice señalándome con un grueso dedo encorvado.

-Una cosa había buena con Franco: no tenías que pensar.

-Pensabas, Antonio, sí que pensabas. Pensabas por qué nos había tocado aguantarlo.

Me río sin muchas ganas. Se me hace increíble que tantos millones de personas viviesen cuarenta años bajo un régimen que detestaban.

-Ahora puede usted decir lo que quiera... Otra cosa es que le escuchen.

Por lo menos sonríe un poco. Eso tal vez me permita decir adiós.

-Con tal de que me dejen hablar valenciano ya hacemos mucho. La naranja no vale nada ya, la plantan para divertirse, la almendra y la algarroba mejor no hablar. Todo es turismo y construcción. Donde antes estaban las parcelitas de la Albardanera, llenas de caminos y frutales, ahora hay un campo de golf con una valla y un candado. Por ahí no puedes pasar si no pagas. Poco a poco, te van echando de tu tierra. Y además, plantan césped inglés y tienen que estar regándolo todo el día. ¿Esos son los adelantos que nos prometieron? Carreteras y calles a tope de coches, ruidos de las obras, urbanizaciones con las puertas cerradas, una casita en la huerta ya vale un millón de euros, los precios de todo lo demás también han subido y nuestros sueldos y pensiones están igual o van para abajo. ¿Ese es el progreso de Zaplana?

Me quedo callado. Hoy está especialmente lúcido. Sigue.

-Aquí hay unos que se han llevado los cuartos, con comisiones y mentiras, y otros que lo mejor que podemos hacer es irnos de nuestro pueblo. De fuera vendrán que de casa te echarán. Siempre lo dijo mi padre y ahora veo que es verdad.

-Ahora lo que se lleva es la compra venta, el restaurantito, el supermercado. Eso cansa menos que labrar la tierra, ¿no?

-Ah. Así que queréis ir haciendo reverencias a los ingleses antes que labrar vuestras tierras. Un buen sistema. Hasta que el inglés encuentre que el camarero yugoslavo es más barato y no tendrás a nadie para servirle los cafés granizados.
Podría tener razón. Esta prosperidad podría ser un espejismo. Un buen día no quedarán parcelas para construir, los constructores se irán con la música a otra parte, con ellos los albañiles, y muchos de los servicios se quedarán sin clientes. Se volvería a la estacionalidad, a vender sólo en verano y a bajo precio. La gente vendrá a pasar su mes de vacaciones en su chalet y sólo gastarán en el supermercado. El agua para la piscina, en cambio, se la tendrás que seguir dando.

-Los tiempos cambian, Vicente. Hay que adaptarse. ¿Usted ya tiene la jubilación clara y el piso pagado? Pues no hay nada que sufrir.

-El piso está pagado desde que era más joven que tú. Y mi huerta de la Xara sigue sin estar en venta. No es por mí por lo que me preocupo, es por vosotros, que tenéis una vida de miseria pero os engañan como chinos.

Ahora se me bajan un poco los humos de joven que explica cosas al abuelete. Me pregunto por qué no estaré ya viendo la televisión en el sofá de mis padres.

-Bueno, pues me voy para arriba. Pensaré acerca de eso que usted dice. Si algún día soy alcalde de Denia, aquí no construye nadie ni una caseta para perro.

-Ahí estamos -sonríe por fin. En el fondo, a todo el mundo le gusta la autoridad.

-Hasta otra, Vicente.

-Adiós.

Y subo los tres escalones hasta el ascensor.

FIN


11:17:00 ---------------------  

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1 comentario:

Anónimo:
Oye, pues esta maja la historia. Felicidades.
13 de noviembre de 2006 a las 09:04.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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