24 de diciembre de 2005
Novela inacabada IV
Han pasado unos ocho años desde la última vez que lo vi. Ha ganado algo de peso y la cara ya no es tan juvenil, pero ha cambiado muy poco. Es igual de alto que yo, de movimientos nerviosos y bastante feo. Tiene el cuello largo y delgado, el cráneo completamente plano por detrás, la mandíbula hundida, los labios muy finos y unas secuelas de acné que dan a su cara un aspecto irregular. Su fino pelo de ratón sigue en el mismo lugar que hace diez años y la espalda parece muy erguida, gracias a un tono muscular alto. Va vestido con uno de esos trajes mal cosidos que deben de vender en paquetes de cinco unidades.

Me da la mano con fuerza, como si aún durase nuestra rivalidad. En el fondo siento afecto por él, una de las pocas personas con la que puedo evitar la hipocresía.

-¡Hombre, Gallardo! ¿Cómo tú por aquí?

-He venido a una entrevista de trabajo como comercial de pisos.
¡Joder! Siempre supe que ibas a acabar mal. Ahora podrás hacer genuflexiones a los fontaneros que quieran invertir.

-Déjate de genuflexiones. ¿Y tú qué tal? ¿Qué empleo de mierda tienes?

-Estoy picando pleitos en el bufete de un negrero, ahí en la calle Salamanca.
Los comentarios ásperos me levantan el ánimo. Estamos parados en la acera y los jubilados nos miran sorprendidos.

-¿Hacia dónde ibas?

-A ver a un cliente en Blasco Ibáñez, pero si quieres podemos tomarnos una cerveza, no tengo nada más que hacer antes de comer. Mi jefe está en Barcelona y todos nos hemos escaqueado hoy.

Acepto y caminamos hacia las calles paralelas a través de un parque ajardinado. Estoy contento de encontrarme con él, pero no me gustaría tener que comer en ningún restaurante.

-Por aquí hay un Lizarrán -dice señalando a la izquierda.

-Venga, vamos, y me cuentas tu vida y milagros.

-¿Sabes que me he comprado un piso?

-¿Sí? Haber esperado y te lo vendía yo.

-¡Sí, hombre! Para que te chupes una comisión. Lo he comprado directamente al dueño, que es amigo de mi padre. Me ha hecho un buen precio. Está aquí mismo, ¿quieres que te lo enseñe?

-De acuerdo.

Dejamos de lado el Lizarrán y caminamos ahora por una calle llena de coches aparcados en batería, bloques de pisos bastante viejos y mucho bullicio. La avenida que se ve al fondo creo que es Cardenal Benlloch. A la derecha hay una cafetería con pretensiones y en la siguiente manzana una panadería nueva al estilo antiguo. Pero hay también muchos locales cerrados, incluso un almacén de muebles y un garaje oscuro y lleno de grasa. El ruido, como siempre en esta ciudad, es enervante.

Llegamos a un viejo portal acristalado, casi ya en Cardenal Benlloch, que debe de tener unos cuarenta años. Puedo imaginarme el bloque recién construido, a mediados de los sesenta, cuando Cardenal Benlloch era la carretera nacional y no existía la circunvalación ni la autopista A7. Es decir, cuando por esa calle de tres carriles estrechos pasaba todo el tráfico del sureste de España hacia Europa y viceversa. Blasco Ibáñez era periferia, había unos cuantos edificios desperdigados. Supongo, por la modestia de los balcones, que el edificio se pensó para jóvenes matrimonios de inmigrantes españoles. Mientras Sebas abre la puerta, compruebo que estos pisos siguen después de cuatro décadas sirviendo para inmigrantes de piel algo más oscura, aparte de algún valenciano autóctono hipotecado hasta las cejas y que debe de creer que esta es "una buena zona".

Dentro hay bastante espacio. El suelo y las paredes tienen losas de mármol blanco algo oscurecidas por una suciedad que ya no se va. Es el polvillo negro que trae el aire de estas calles, producido por el tráfico y sedimentado en cada resquicio a lo largo de los años. A la derecha hay unos viejos buzones saturados de publicidad, y enfrente un ascensor con la puerta de acero llena de rayas.

-El edificio está un poco viejo, aunque me han dicho que el ascensor lo van a cambiar. Yo creo que algún día habrá que reformar todo este portal y las escaleras. Mi piso sí que lo voy a reformar pronto -dice Sebas. Nos metemos en el ascensor y pulsa el número seis. Subimos poco a poco, con el motor eléctrico sonando como un viejo camión y haciendo vibrar las paredes. En cada piso se oye un metálico "clan, clan" que me hace pensar que va a pararse. Hay un olor a podrido, como si alguno de los estudiantes que probablemente vivan aquí hacinados hubiese decidido bajar la basura a media mañana. O puede que un borracho colombiano haya vomitado anoche y la mujer de la limpieza no haya echado desodorante.

-Bueno, pues ya eres propietario -le digo-, ya puedes pagar todos los meses.

Sonríe satisfecho. No me he atrevido a ironizar sobre algo en lo que habrá puesto toda su ilusión, la misma que dedicó al ajedrez y a su título universitario. No hace falta preguntarle si vive solo, porque si tuviese novia ya me lo habría dicho él.

-Ochocientos al mes más gastos. Se me va casi todo el sueldo. Mis padres me dan comida y me ayudan a comprar ropa. Ahora el principio estoy jodido, incluso tengo que ir algún fin de semana a un restaurante italiano para cuadrar la cosa a final de mes. Lo bueno será cuando dentro de unos años este piso valga el doble, yo esté ganando más dinero y la letra se quede pequeña.

-Bien pensado. Esperemos que no te salga como aquella combinación que hiciste en Benasque contra Timman, que le diste la dama por ataque y resulta que no había nada -le digo. La verdad es que en el ajedrez siempre fue demasiado optimista. Y parece que ahora en la vida real también.

Se para el ascensor y salimos a un rellano de baldosas oscuras y luz mortecina. Sólo entra algo de claridad por el hueco de la escalera. Sebas se acerca a una puerta de madera oscura con el barniz resquebrajado. Parece un ataud exhumado.

Entramos y me encuentro en un estrecho pasillo pintado de amarillo. Las baldosas son ásperas y algunas se mueven al pisarlas.

-Todavía tengo hasta los muebles viejos -dice caminando delante de mí y entrando por una puerta. Estamos ahora en el comedor, con viejos sofás cubiertos por sábanas desgastadas por el uso, una mesa con un barniz parecido al de la puerta y un aparador que parece apolillado con la mayoría de estantes vacíos. Las ventanas parecen nuevas, son corredizas y con persianas de aluminio.

-Tienes buena vista -digo mirando los tejados de otros edificios más bajos. Hay un hueco muy grande en el que parece que están poniendo los cimientos para construir otro bloque de viviendas. De repente suenan los martillos neumáticos y vibran las ventanas.

-Estos cabrones no paran nunca -dice desanimado.

-Tranquilo, las obras sólo durarán tres años -le digo. Creo que siente un pequeño resquemor, algo que cubre con una capa espesa de racionalidad, con cifras y falacias, para evitar que aparezca ese enemigo de la felicidad: el arrepentimiento. Estoy en un periodo en el que me cuesta mucho menos la empatía. Le deseo sinceramente todo lo mejor, a pesar de que carezca de sentido común.

-Están renovándolo todo, lo mejor de este piso es que está en una buena zona.

Por fin salió la buena zona. Para muchos españoles, el ideal de vivienda es una covacha incrustada en un barrio viejo y sin aparcamiento, con ruidos de obras de día y gritos de jóvenes desde los bares de noche. Pero claro, dispone uno de multitud de servicios: el bar de la esquina, el quiosco, la panadería estilo bávaro, el supermercado, una pequeña inmobiliaria. Cosas que en los pueblos no existen. Para ir al cine, al ayuntamiento, al médico o al aeropuerto hay que coger un autobús o caminar medio kilómetro hasta donde hayamos aparcado el coche. La boca de metro más próxima queda a más de un kilómetro. Eso es lo que un ciudadano culto y moderno llama "buena zona".

-¿Puedes aparcar por aquí? -le pregunto.

-No tengo coche -responde.

-¿No te hace falta?

-Me muevo en autobús y en tren.

-¿Y bicicleta?

-No tengo bicicleta. ¿Dónde quieres que la meta? No cabe en el ascensor.

Esta es otra de las españoladas que no entiendo, la idea de que las bicicletas son para gitanos o hippies de mal vivir. Si un oficinista se acerca al trabajo en su bicicleta, los que lo vean pensarán que es un ecologista radical o que tiene extrañas convicciones antisociales. La gente de bien va en coche o como mucho autobús. Los pisos nuevos que conozco se siguen construyendo sin garaje para bicicletas y con ascensores demasiado pequeños.

-Lo voy a reformar muy pronto -dice al ver que me he quedado callado.

-¿Con qué dinero?

-Mi abuelo quiere ayudarme, ha vendido un cacho de tierra que no vale para nada en la Ollería y me dará 20.000 euros. Con eso podré cambiar el piso, las puertas y el cuarto de baño. La cocina, como ves -señala a la puerta y veo una pequeña cocina al otro lado del pasillo-, ya la reformó el que estaba antes aquí.

-Y luego sólo tienes que cambiar los muebles.

-Le pego una mano de pintura a las paredes yo mismo y como pueda me hago con muebles nuevos -dice como quien planea la Revolución Soviética.

-Todo de Ikea.

-Exacto, es lo que había pensado.

Nos quedamos mirándonos con bastante buen humor.

-¿Quieres una cerveza? -me pregunta.

-Sí, claro -respondo. Tal vez con esto la visita esté cumplida y no necesite quedarme a comer. Se mete en la cocina, saca dos botes de San Miguel y me da uno.

Nos sentamos en el sofá y vamos pegando tragos mientras charlamos.

-¿Y cómo vas de sexo? ¿Dónde tienes el ordenador para hacerte pajas?

-No tengo ordenador aquí, el viejo está en casa de mis padres. Y de sexo mal, muy mal. Las mujeres están rabiosas, no quieren más que discutir. Hasta las que limpian en Mercadona se creen superiores a ti. ¿Esto antes pasaba? -me pregunta como desconcertado.

-En Valencia creo que la mujer se ha sentido siempre superior, es la cultura mediterránea. Pero eso de que están rabiosas, a lo mejor ves demasiado la tele.
Se queda callado y yo pego un trago y continúo hablando.

-Entre esas gilipollas que pegan volteretas y rodillazos en la boca a los hombres en los anuncios, los falsos testimonios de las revistas femeninas o esa amargada que canta "malo, malo, malo eres" y la mujer española real hay una gran diferencia.

-A veces esas mujeres de la tele acaban influyendo en ellas y las quieren imitar. Pero creo que sé lo que quieres decir. Este es el país en el que ha habido el mayor cambio social en los últimos treinta años. ¿Dónde has visto que la norma general sean unos padres sin estudios secundarios, de pueblo, casados jóvenes, con tres hijos y empleos no cualificados, mientras que esos hijos son titulados universitarios, individualistas y soñando con ser Tom Cruise?

Sebas parece tener también opiniones al respecto del fracaso de nuestra generación. Pega largos tragos de su cerveza y se lo está pasando bien.

-Lo más acojonante es la diferencia entre la educación que se nos daba en casa y la que se nos dio en el colegio. Aquellos capullos de la EGB y el BUP nos vendieron un mundo de igualdad y libre competencia, y yo la igualdad no la veo por ningún lado en este puto país ?digo exaltándome ligeramente, el alcohol comienza a hacer efecto-: a las mujeres les pagan menos por el mismo o más trabajo, a los jóvenes nos toman por el pito del sereno, y el dinero sigue en manos de los hijos de los que ganaron la Guerra Civil. Luego sale el PP diciendo que cerremos las heridas del pasado. A tomar por culo.

-¿Te acuerdas de Botvinnick? -me pregunta.

-El más grande, en mi opinión.

-Siempre decía que una partida perdida podía transformarse en una victoria futura si la analizabas concienzudamente y encontrabas el error. Nunca quería olvidarse de las derrotas. ¿Quién quiere que se eche tierra sobre la Guerra Civil y el Franquismo? Los vencedores, evidentemente. La palabra Transición lo dice claramente: una transición del dinero amasado en la dictadura a una economía de libre mercado, pero sin que el capital cambie de manos. Te voy a recomendar un libro sobre esto: Ricos por la patria, de Mariano Sánchez Soler, en la editorial Plaza y Janés.

-Muchas gracias, Sebas, me lo compraré.

-La televisión pública de Felipe González mostraba una España que era una simple especulación sobre futuros que nunca llegaron.

-Pero nuestros padres se lo creyeron todo. Fue la estafa más grande de la historia de este país, se prolongó durante toda la Transición y culminó con títulos universitarios inútiles como el tuyo.

Sebas me mira con sorpresa. Tal vez me he pasado un poco.

-Títulos muy inútiles, tienes toda la razón -concede. No se ha enfadado.

-Aunque el tuyo no es el peor, los más inútiles son los de letras -digo para animarlo. Pero mira al vacío con tristeza.

-Cuando pienso en todas aquellas tardes escuchando a un gilipollas sobre la tarima, en los miles de viajes en autobús, en las noches en vela antes de los exámenes, en el millón de páginas escritas a mano porque aquellos retrasados mentales preferían llenar la hora dictando apuntes que pasar unas fotocopias, y sobre todo cuando pienso en los billetes que mis padres se quitaban de sus sueldecitos para pagármelo todo, me dan ganas de llorar.

Es una actitud que aún no había visto en él. Siempre fue un jugador estilo Bobby Fischer, de mucha dureza mental. Creo que al alejarse del ajedrez, los ajedrecistas se vuelven tan débiles como las personas normales.

-Tranquilo, hombre. Todavía queda tiempo. ¿Te acuerdas de aquella partida en Dos Hermanas? Gastaste una hora y cincuenta minutos en los primeros doce movimientos, y luego en los diez minutos que te quedaban llegaste a la jugada treinta y seis y ganaste.

-Sí, es cierto. Tuve problemas en la apertura pero conseguí salir bien y me lo cepillé. El pollo se llamaba Jakubowsky.

-Pues tal vez antes de los treinta todavía pegamos un golpe de mano.

Me mira incrédulo. Hace intención de beber pero se detiene. Creo que ya no le queda cerveza.

-No tengo un plan claro. En Dos Hermanas sabía lo que tenía que hacer. Creo que la vida no es ajedrez, muchos nacemos ya en desventaja.

-¿Quieres que fundemos una empresa? -le digo y pego un trago largo de mi cerveza.

-¿Una empresa de qué?

-Pues eso es lo que tienes que planear -le respondo. Mi propuesta va en serio, estaría dispuesto a jugármela con un negociete en cuanto ahorrase algo vendiendo pisos.

-¿Y si sale mal, qué?

-¿Ves? Ahí está el problema. Los paletos de nuestros padres creyeron que el pasaporte hacia la prosperidad era un título universitario, cuando la única forma de ganar mucho dinero es tener una empresa. Nuestra generación sufre por la sobreformación, pero también por la pasividad. Ni tan siquiera vamos a votar. Y así, los viejos empresarios siguen en el mismo lugar y los políticos gobiernan para los abuelos.

-A lo mejor ZP nos ayuda.

-¿ZP? Somos hombre blancos de clase media. Muy pronto ni tan siquiera seremos jóvenes. No estamos entre sus prioridades.

Se queda callado y pensativo. Al cabo de unos segundos habla entusiasmado.

-¡Hombres blancos de clase media! ¡Nietos de los que perdieron la Guerra Civil! Somos una isla entre las litronas y la Play Station. Somos la generación Spectrum, con aquellos cacharros tenías que picar código para hacerlos funcionar. Somos los que hemos rellenado internet de web logs. Estamos maduros y dispuestos, no podemos esperar más, sólo necesitamos un catalizador, un coordinador... qué coño: ¡un gran líder!

Se ha puesto de pie y parece que va a darme un discurso.

-No te exaltes, Sebas -le digo.

-¡No! ¡Qué coño exalto! Te voy a decir lo que ha sucedido: todos aquellos miserables que nos educaron en el complejo de culpa, en la represión de nuestra energía y de conceptos como autoridad, liderazgo o lucha, esos son los causantes de que no hayamos podido ser nosotros mismos...

-Ten cuidado, no resbales hacia el fascismo -le digo con ironía. Está frente a mí con un dedo levantado, como uno de aquellos visionarios del siglo XX.

-¡No! Ahí está tu problema y el de todos: el miedo al fascismo reprime las ideas. Ahora lo acabo de ver claro, como si se hubiesen encendido las luces. Voy a fundar un partido político.

La cerveza se me atraganta.

-¿Tú metido en política? Pero si no has ido nunca a votar.

-Pues la primera vez que vote será a mi propio partido político, como Suárez, Felipe o el mismo Fraga.

-Hombre, puesto así...

-Haré el primer partido netócrata, republicano, ateo, federal, feminista, marxistoliberal.

-¿Cómo?

-Lo que oyes. El primer partido hecho con una ideología enteramente del siglo XXI, sin la ferralla totalitaria del siglo XX.

-¿Ferralla totalitaria? Y tú te quieres llamar "marxistoliberal"... -le digo con escepticismo.

-El partido que gobierna este país se llama "socialista obrero". No puede haber nada más desfasado. Hoy en día el obrero es un ser privilegiado, los que formamos el lumpenproletariat somos los de los contratos precarios y los que hacen cola en el paro. Esos no tenemos fuerza para hacer huelgas. El PSOE nunca debió abandonar a Marx, si bien creo que actualmente es mejorable: hay que adaptarlo a dos características fundamentales de nuestro tiempo: la publicidad y las redes telemáticas. La primera es el brazo de las oligarquías para desinformar y controlar al ciudadano, lo que antes era la religión, y la segunda es el arma que disuelve los poderes estatal y económico, lo que antes era la huelga. De modo que soy un marxista convencido de que la revolución consiste en destruir la publicidad a través de las redes telemáticas.

-¿Eso se te acaba de ocurrir ahora? -le pregunto.

-No. Hace meses que me da vueltas en la cabeza. Al ser la publicidad completamente inútil, los medios de comunicación se verían obligados a volver a servir al ciudadano y no a los anunciantes, lo que devolvería el poder al pueblo. La ausencia de imagen de marca rebajaría automáticamente los precios y abriría competencia en sectores que ahora mismo son un oligopolio. También se retraería el consumo, lo que llevaría a la deflación, la recesión y el colapso final del capitalismo. Según fuesen entrando en quiebra, se irían estatalizando sectores productivos. Si en otros lugares hay iniciativa privada abierta y justa, entonces incluso se les ayudaría. Por eso he dicho que soy un marxistoliberal.

-¿Y cómo se destruye la publicidad a través de las redes telemáticas?

-Eso es lo que tengo que concretar mejor. Pienso en antianuncios. Imagínate: anuncios que en lugar de venir a decir: "compre este producto" digan "no compre este producto". A que les jodería, ¿eh? Mucho más que una huelga. Y con dos ventajas: no pierdes dinero de tu nómina y puede hacerlo cualquiera aunque no tenga trabajo. También he pensado en informes que especifiquen el porcentaje dedicado a pagar la publicidad en el precio de un producto. Se puede calcular. También he pensado en que los clientes hicieran críticas de los productos, buenas o malas, y las distribuyeran. ¿Te parece buena idea? A ti seguro que se te ocurren más cosas.

-A mí se me ocurre que deberías buscarte un buen nombre para ese partido.

-El partido netócrata.

Pienso tres segundos.

-Mal nombre. Suena como tecnócrata, burócrata o aristócrata. Piensa que los medios de comunicación en bloque te atacarán a muerte, porque sirven a los dos grandes partidos. Lo que ocurrirá es que primero se reirán de ti, luego te ignorarán y al final te insultarán, tal y como ya dijo Ghandi. Los ataques consistirán básicamente en decir que no tienes ideología, que eres como Hitler y por lo tanto es una temeridad votarte. Necesitas un nombre conocido... El Partido Republicano. ¿Qué te parece?

-Me lo quedo. Es simple y directo. Como tus combinaciones en ajedrez.

-Ahora ya puedes redactar tus estatutos, establecer la estructura directiva, elaborar un programa...

-Te nombro vicecoordinador general.

Sonrío.

-Ya repartes cargos antes de escribir una palabra. Tienes madera de político.

-¿Lo ves? Ahora necesitamos un órgano de expresión, un medio de comunicación con el que transmitir nuestras ideas.

-Una web de partido.

-Exacto. Y eso te lo encargaría a ti, como hiciste con tu web log.

Creo que podría tener sentido. A fin de cuentas, el web log lo cerré porque no le sacaba provecho. Aquí se trataría de captar votos.

-Bueno, te propongo un trato. Como veo que la cabeza aún está como una aspirina efervescente, esperaré a que redactes estatutos y programa, y luego monto yo el brazo mediático. Si me convence el programa, claro.

-Te convencerá el programa. Por ejemplo, la abolición por ley del desempleo. En lugar de pagar un subsidio a fondo perdido, poner a los parados a trabajar en empresas públicas en aquello más cercano a su preparación. Seguro que acabo gastándome menos dinero, porque si la gente produce siempre estará mejor que viendo la tele.

-Buena idea.

-¿Ves? Aquí va otra: legalizar la profesión de prostituta para que coticen a la Seguridad Social.

-Otra buena idea. Y si se quedan en el paro, las pondrías a trabajar en empresas públicas.

-Exacto. Y legalizaría la marihuana. Mucho peor es el alcohol y están las tiendas llenas.

-Muy bien.

-Y la apuesta más fuerte de todas: la estatalización de todo el suelo de España, de modo que la vivienda fuese un derecho y no un privilegio. Se pagaría un alquiler por la ocupación de cualquier inmueble. Un alquiler barato o gratuito según los casos.

-Esa es una medida muy valiente. Yo te apoyaría sin duda.

-Pues entonces ya estamos en marcha.

Reprimo el impulso de levantarme para marcharme. Parece ilusionado, como si hubiese encontrado un rayo de esperanza en su vida solitaria y mortecina. Pienso que la mía tampoco está para echar cohetes, pero en fin.

-Yo voy a tener que ponerme en marcha, porque quiero ir a comer a casa de mi hermana -digo. No lo tenía planeado, pero ahora pienso que será bueno charlar un rato con ella.

-De acuerdo -dice mientras yo me levanto-, no te quiero entretener -ahora se levanta él-. Piensa en esto que hemos hablado y dime si quieres colaborar. Serías el segundo de a bordo, recuerda.

-El segundo de un total de dos. Una oferta irrechazable -le tiendo la mano y él la estrecha-. Pues claro que te quiero ayudar, coño. Si tú haces tu parte, yo haré la mía. Seguimos en contacto por teléfono.

Avanzo por el pasillo de baldosas despegadas, en la oscuridad y con olor a humedad. Él me sigue hasta la puerta. Yo llamo al ascensor y lo miro otra vez. Puede que sea un genio, o puede que sea un pobre diablo. En cualquier caso, no representa a nuestra generación. Su discurso sobre el Spectrum ha sido demasiado optimista, veo a la gente de nuestra edad preocupada sólo por los contratos fijos y las hipotecas (dos cosas que la mayoría no está consiguiendo).

-No teníamos que haber dejado el ajedrez -dice.

-Yo aún no lo he dejado, técnicamente.

-¿Sabes qué? Creo que si una persona tiene claro un objetivo y persevera, a poco que tenga dos gramos de talento, puede alcanzarlo.

-Yo creo que una retirada a tiempo es una victoria. ¿Quieres que te diga algo con sinceridad? Creo que nuestro futuro en el ajedrez era el de comparsas.

-Muy posiblemente.

El ascensor llega y abro la puerta.

-Ahora tienes otro objetivo, algo más importante.

-Por supuesto. Y esta vez no habrá rendición -me mira sonriendo.

-Gloriosas palabras -digo, y hago ademán de meterme en el ascensor-. Hasta luego.

-Hasta luego.

Cierro la puerta y pulso el cero. Tengo una sensación agridulce. El primer impulso me lleva simplemente a huir de aquí. Pero pienso también una cosa: cualquiera que se encontrase con Carlos Marx en su época de exilio en Londres diría que sólo era un pobre desgraciado, casi un indigente. Las mejores ideas son las más descabelladas, esa es otra de las lecciones del ajedrez.

Si usted tiene más de cuarenta años, seguramente estará deseando que huya, que me aleje de la política. Si es usted inglés o norteamericano, desde luego que creerá que mi amigo Sebas es un perdedor nato. Pero déjeme hacer esta reflexión: después de romper con un golpe militar la primera democracia honesta de la historia de España, masacrar a sus conciudadanos en una carnicería que duró tres años, enriquecerse con corrupción de todo tipo durante cuatro décadas y organizar una ficción democrática para que sus hijos se enriqueciesen aún más, ¿no merece la clase dirigente española probar un poco de su propia medicina? Un partido ajeno a los del turno, que tuviese como primera premisa reformar totalmente la Constitución, podría levantar del sofá a muchos.

Cuando por fin se para el ascensor, abro la puerta y camino otra vez por el asqueroso vestíbulo de mármol. Me acuerdo del libro que me ha recomendado: Ricos por la patria, Mariano Sánchez Soler. A unos diez minutos hay una librería muy conocida llamada Tirant lo Blanch, podría darme un paseo hasta allí y luego coger el metro para aparecer en el piso de mi hermana en el casco antiguo.

10:05:00 ---------------------  

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"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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