23 de diciembre de 2005
Novela inacabada III
Estoy sentado frente a un negro más alto que yo que va vestido de forma impecable: traje gris con brillo, camisa blanca, corbata a rayas. Antes he visto sus mocasines claros de piel acabados en punta. Está bastante delgado y no parece musculoso. Sonríe con confianza y tiene más maneras de ejecutivo que de comercial. Por la voz reconozco que es quien me llamó por teléfono. No tiene acento de negro.

A su lado hay una mujer que se ha presentado con un choque de manos. Tiene una cabeza esférica, de una braquicefalia perfecta. Sus cabellos son rojizos y muy lacios. Lleva raya en medio y flequillo, como una quinceañera. Sin embargo, yo le atribuiría como mínimo cuarenta años, a pesar de que un evidente abuso del tabaco la ha envejecido: su piel fina está acartonada y las arrugas son profundas; los dientes son grises y en conjunto parece una figura de cartón piedra arrancada de una falla. Este tipo de personas a veces sorprenden por su bondad.

Hay alguien más en este despacho, es un hombre joven y de aspecto valenciano autóctono. Tal vez sea de mi misma edad. Tiene un rostro blanco y bien parecido y lleva un traje marrón también con corbata. No he podido afinar más la vista porque está sentado un par de metros a mi derecha frente a un ordenador. No me lo han presentado y tampoco ha abierto la boca para nada.

El despacho no es lujoso, más bien espartano. Hay un par de ventanas que dan al callejón por el que antes he caminado. Las mesas son de madera rojiza barnizada, incluso hay detrás de mí una mesa redonda de conglomerado chapado para reuniones. La silla en la que estoy sentado es de aluminio y tela, igual que la de la mujer. El negro tiene un sillón giratorio con respaldo y es el que lleva la voz cantante, aunque por alguna razón me parece que no trabaja habitualmente aquí. El ordenador del individuo silencioso de mi derecha es un clónico viejo y lleno de roña.

-¿Has venido en moto? -me pregunta el negro nada más sentarse. Está mirando mi pelo, al que he puesto un poco de gomina para que no me caiga sobre la frente. Tiene cara de desagrado y supongo que ha notado que empiezo a andar escaso de cabellos. Suponía que el físico iba a ser importante aquí, pero no esperaba que con tanto detalle. Me huelo también que tantea mi autoconfianza. Por eso no hay problema. Trago saliva y respondo sonriendo.

-No, pero hacía bastante viento en la calle.

Él se ríe porque no ha detectado rigidez facial ni una mirada esquiva. Aún me arde el estómago, pero la voz no me ha temblado. Sonrío aún más. Esto sí que se parece a una partida de ajedrez y de momento la apertura me favorece. Se inclina hacia atrás cruzando una pierna al estilo americano. Creo que se lo pasa bien con estas entrevistas, se siente dominador. Según las normas del ajedrez, si el enemigo se siente superior, nunca hay que desmentirle esa sensación (hasta que podamos arrearle un buen golpe).

-¿Cuánto tiempo hace que estás parado? -vuelve a preguntar.

-Hará unos tres meses.

-Dice aquí que has sido profesor de informática y también de ajedrez. ¿Qué tal te fue en esos oficios?

-En lo estrictamente profesional, bien. En lo personal, poco dinero y poco futuro -digo sonriendo modestamente. Ahora debería de tragarse al personaje que he fabricado, el chico inteligente, sociable, bueno y sin suerte. He mentido en lo de ser profesor de informática.

-¡Dinero y futuro! Eso me gusta. Estás en el lugar adecuado.

Ha abierto los brazos como si fuese a abrazarme. Cualquiera que no haya jugado al ajedrez se relajaría y creería que el empleo es suyo, pero dentro de las sesenta y cuatro casillas se aprende lo retorcida que puede ser una mente humana. El negro este no me la va a dar con queso. Su compañera se toca la cara, un reflejo que evidencia el gato encerrado.

-Habrá que trabajar también, digo yo.

-Por supuesto, haces bien en decirlo. Aquí no es oro todo lo que reluce, a algunos ya se nos está cayendo un poco el pelo ?dice tocándose una sien. El suyo está perfectamente, con la densidad propia de su raza. Veo que vuelve a atacar por el mismo sitio. Tal vez carezca de ideas o tal vez siga tanteando. Esta vez opto por no responder y él continúa-. Pero cuéntame, ¿cómo te fue con los niños?

-Pues hombre, como todo trabajo en el que tratas con gente, es muy gratificante. Además, a mí no me tocaba aprobar o suspender, con lo que me podía llevar bien con ellos.

Escribe algo en un papel. Creo que se huele algo. Al fin y al cabo, puede que le paguen por descubrir este tipo de personajes fabricados. Yo no muevo ni un músculo.

-Quiero hacerte una pregunta de rutina, Antonio.

-De acuerdo.

-¿Qué es para ti una buena venta?

-La que satisface a ambas partes -respondo como si fuese algo obvio. Me he acordado del padre de un ex amigo mío, vendedor de coches, que cada vez que quería prohibirnos algo decía "para que todos quedemos contentos".

-Muy bien -vuelve a escribir.

La mujer se decide a intervenir.

-Nos ha gustado mucho tu experiencia como jugador de ajedrez. Según pone aquí, ganaste algunos torneos y estás todavía en la lista mundial.

-Sí -asiento modestamente.

-¿Y qué recuerdo guardas? ¿Qué fue lo mejor de la experiencia?

Eso de "lo mejor de la experiencia" suena a frase enlatada. Esta no tiene tantas tablas en las entrevistas como su compañero, se le ha levantado un poco el labio superior, revelando que la cosa tiene truco. Permanezco en silencio mirando la pared sobre sus cabezas, donde hay dos litografías de óleos románticos, y sonriendo ligeramente. Hago como si estuviese recordando aquella bonita época, en la que conocí a tanta gente interesante y me divertí tanto. Lo que hago en realidad es buscar otra frase enlatada, que seguramente tragará como verdadera (curiosamente, he comprobado que cuanto más mentirosa es una persona, más fácil es que crea las mentiras de otros).

-Pues fue la mejor aventura de mi vida. Si quito las partidas perdidas, que son unas cuantas, guardo buenísimos recuerdos. Los chavales que despuntábamos en aquella época éramos todos amigos y todavía tenemos contacto. Nos reunimos una vez al año en un club muy famoso de aquí de Valencia que se llama Basilio, cenamos y echamos partiditas rápidas.

Solamente he estado una vez en el Basilio, un viernes por la noche en el que iba de camino a Teruel con mi novia de entonces para dormir en un hotel. Vi a un grupito de capullos comiendo bocadillos frente a tableros de plástico, mientras daban zambombazos a los relojes después de cada jugada. Había un vocerío parecido al de un bar, eran un caso claro de SVH adaptado al ajedrez. Intentaban desmoralizar al rival con ironías o simplemente conversaban sobre cualquier tema. Eran algo parecido a los tahures de Central Park que aparecen en la película En busca de Bobby Fischer. Nos largamos de allí enseguida. Y en cuanto a mis compañeros de la selección juvenil, hay uno que es Gran Maestro, otro que se ha estancado con el título de Maestro Internacional y los demás estamos más fuera que dentro del ajedrez. El más amigo mío era un tal Sebastián Morán, que intentó la profesionalización pero pronto abandonó para terminar su carrera de Derecho. Lo último que sé de él es que trabajaba ya como abogado.

La mujer asiente con satisfacción. En la empresa española, parece que lo único que importa es hacer amigos. Y claro, así nos va.

-Está muy bien eso -interviene el negro. Este me da más miedo-. Una persona que ha jugado al ajedrez debe de conocer bastante bien la psicología de los demás.

-Absolutamente -respondo-, el ajedrez no es ni más ni menos que prever las reacciones del otro y anticiparse. La psicología hoy en día lo es todo, un jugador que no comprende eso no puede sobrevivir a la apertura.

Por un momento temo que me responda: "¿como tú?". Al fin y al cabo estoy aquí porque no me ha ido bien en el ajedrez. Pero en lugar de eso se pone serio.

-Buscamos a una persona con buena psicología, que entienda las necesidades de los clientes mejor que ellos mismos. Pero esto no es una partida de ajedrez. Cuando dices "prever las reacciones de los demás" temo que caigas en el error de los vendedores de poca monta, en ir colocando los pisos con engaños y generar insatisfacción a medio y largo plazo, lo que perjudicaría a la empresa.

-No, no, el primero que pretende tener un empleo honesto soy yo. -Hago una pausa y ellos intervienen- A lo mejor estamos hablando demasiado de ajedrez.

-Aquí hablamos de lo que nosotros queremos, ¿entiendes?

Me quedo callado. Los modales cremosos han desaparecido. No sé si es una prueba para ver mi resistencia a los malos modos de los clientes. Como he dicho antes, tengo la piel de elefante.

-Por supuesto, quien paga, o a lo mejor podría llegar a pagar, en caso de que yo aceptase la oferta, manda -respondo con cierta aspereza. Hace tiempo que descarté la sumisión de mi comportamiento. Además, no creo que dar pena sea lo indicado aquí.

-Exacto -responde reclinándose en el sillón. Sonríe afablemente, como indicando que lo de antes era un farol y que ahora vuelve a los buenos modales.

-Pues eso -digo. Y me cruzo de brazos.

-Pero hay algo que sí que me gusta del ajedrez: estarás acostumbrado a tomar decisiones, ¿no?

Ha dicho esto apoyando los codos y echándose hacia adelante sobre la mesa, en una pose que él seguramente cree seductora. Hay un cierto componente de vanidad en los comerciales, una necesidad de gustar que creo que se origina en la inmadurez. Me doy cuenta ahora de que no es negro del todo, su piel tiene el color de un café con leche, su nariz no es totalmente chata ni tiene los agujeros tan grandes, incluso su cabeza no es del todo redonda. Parece el cruce entre un negro y una española de esas renegridas. Imagino ahora unos orígenes humildes, una infancia con frustraciones y una sed de dinero que lo llevó a la venta de pisos.

Pero la verdad es que no lo sé. Podría ser un licenciado en Deusto.

Ahora mismo tengo ganas de soltarle una buena parrafada. Allá voy.

-Por supuesto, y con el tiempo limitado. Esto lo teorizó Kotov, un Gran Maestro soviético, en su famoso libro Piense como un Gran Maestro. Una decisión no se toma a partir de la conclusión, no se dice "lo correcto es esto" y ya está. Kotov lo representa como un árbol: cada rama lleva a varias subrramas que se dividen a su vez en otras y así hasta cientos de hojas. Lo que hay que hacer es seguir cada línea desde el tronco y ver en qué concluye. Una vez comprobado que es un error (la gran mayoría lo son) se corta esa hoja. Poco a poco se podrá cortar una ramita más gruesa, luego otra mayor, hasta que nos quede tan sólo la decisión correcta. Es muy importante comprobar todas las líneas, porque no existe una decisión correcta totalmente, hay muchas más o menos correctas pero siempre una que lo es más que las demás.

Se me queda mirando con los ojos negros muy abiertos.

-¿Y así es como jugáis al ajedrez ahora?

-Bueno, actualmente sólo hay uno que lo utiliza.

-¿Quién?

-El ordenador.

-Ya veo.

-Los demás debemos utilizar la intuición, no hay tiempo para calcularlo todo.

-Sí, así mejor -asiente pasándose un dedo por el párpado inferior-. ¿Sabes qué? Creo que estamos hablando demasiado de ajedrez -dice sonriendo. Me parece que ahora se siente un ignorante vendedor de pisos. Es lo que es.

La mujer vuelve a intervenir. Me fijo ahora en que tiene unos pechos muy agradables. De hecho, sería atractiva si no se hubiese resecado la cara a base de tabaco.

-¿Puedes contarnos la decisión más difícil que has tomado en tu vida?

Pienso unos segundos.

-Pues tal vez renunciar a mis estudios para dedicarme completamente al ajedrez. Una decisión equivocada, como podéis ver.

Ella sonríe bondadosamente.

-Bueno, tal vez ahora estés a punto de tomar una acertada.

-Eso espero -respondo con otra sonrisa. Creo que le estoy gustando. Me intriga su verdadero papel aquí. Puede ser la directiva que toma la decisión final, mientras el negro sólo hace las preguntas. Puede en cambio que sea una simple ayudante. Y puede incluso que vaya a ser la directora de la franquicia de Denia, con la que yo trabajaría. Pero el árbol de Kotov vuelve a cortarse antes de hora porque me hacen otra pregunta.

-Tú nunca has trabajado en una empresa, ¿verdad? -pregunta el negro.

-Hombre, los colegios públicos en los que he dado clases se podrían considerar empresas, supongo.

-Sí, pero yo me refiero a una empresa empresa, con jefe, subordinados, compañeros... ¿Tú cómo llevas lo de trabajar en equipo?

Sabía que esa pregunta aparecería. El cáncer de la empresa española son los compadreos, los "yo te doy y tú me das", las cenas de los jueves y en definitiva esa combinación de egoísmo y colectivismo que nos caracteriza. Cuando comencé como profesor externo en el instituto María Ibars de Denia, me llamó la atención la cara de capullo de algunos, que parecían ofendidos porque yo iba directo a las clases y no me preocupaba de darles coba y escuchar sus comentarios acerca de lo que habían leído en los periódicos. Las profesoras más jóvenes me miraban como a los exámenes de los chavales, evaluándome: "follable", "no follable", "interesante", "buen partido". Yo tenía ya novia en aquel entonces y saludaba con pocas ganas. Lo último que le pasaba a aquella gente por la cabeza era la forma de dar mejor las clases.

El otro día escuché en televisión que la mayoría de empresas españolas no abren procesos de selección como este, sino que preguntan a los empleados si conocen a alguien adecuado. Éstos, claro, recomiendan a sus amigos, sobre todo a los más tontos, para que no les hagan sombra luego. Creen los gerentes que así hay mejor ambiente y se trabaja más en equipo.

Y es que somos un país de paletos que bajan de la montaña a poner una tienda. Si luego "ellos" inventan algo, pues se copia y tal vez la tienda acabe en gran empresa. Pero el pelo de la dehesa sigue ahí, bajo el traje de Armani.

-Pero, ¿para este trabajo hace falta eso?

-Hombre, no es lo principal, pero en Casafácil valoramos mucho la cohesión entre los distintos comerciales, sobre todo a la hora de compartir información. No somos el tipo de inmobiliaria en la que cada uno va a lo suyo.

Pienso un poco antes de responder.

-Bueno, pues tal vez eso no sea mi mejor cualidad, pero intentaría aplicarme en la tarea lo antes posible -digo procurando no sonreir, para que no crea que me estoy haciendo el listo.

-Bueno, me parece bien, eso es más o menos lo que esperamos -dice mientras hojea unos papeles. Parece que tiene un guión del que va sacando las preguntas. Miro al tipo silencioso de mi derecha, que sigue absorto en la pantalla del ordenador, pero con las orejas bien abiertas.

-Bueno, Antonio, creo que ha llegado el momento de hablar de dinero -me dice el negro- ¿Cuáles serían tus aspiraciones económicas?

Pienso y me rasco un poco la barbilla antes de responder. Está claro que he pasado a la segunda fase, pero eso no me garantiza el empleo. Es un trabajo comercial, a comisión, de modo que si pido poco dinero me verán como un holgazán conformista.

-Pues la verdad es que necesito dinero pero ya. A partir de cuatro o cinco mil euros al mes sería suficiente.

Asiente satisfecho.

-Bueno, al principio la gente buena suele estar en los tres mil euros. Cuando se coge experiencia, como ya te dije por teléfono, se puede llegar a los seis, siete, ocho mil y algunos meses más. Verás, te explico nuestra política de retribuciones -se acerca un pequeño bloc, escribe unos numeritos y luego me los acerca mientras los señala con el bolígrafo-: tenemos tres tipos de contrato, según el sueldo fijo que te quieras asignar. Hay un contrato con novecientos euros fijos al mes más el cinco por ciento de las comisiones que ingrese Casafácil. Hay otro con cuatrocientos euros al mes más el diez por ciento de las comisiones. Y hay otro sin fijo al mes, pero con el veinte por ciento de lo que factures aquí. Con este último se puede ganar mucho dinero, pero tendrás que estar atento porque si viene una racha mala necesitarás ahorros.

-Ya veo.

-Y sólo por saberlo, porque vamos a entrevistar a más gente, ¿con cuál te quedarías?

-Está claro que quieren a un muerto de hambre lleno de ambiciones. Pues lo van a tener.

-Me quedaría con el del veinte por ciento, porque así tendría más motivación para machacarme si algún mes no vendo muchos pisos. Al final yo creo que ganaría más.

-Exacto, lo has entendido -dice sonriendo con sus dientes de marfil. Vuelve a reclinarse en el sillón haciendo un triángulo con las manos. Estoy seguro de que los domingos por la tarde, en su único día libre, va con su mujer a ver películas a un multicine vestido con vaqueros y jersey de lana. Películas americanas en las que aparecen enérgicos ejecutivos que gritan a sus subordinados y luego se reclinan en sus sillones haciendo un triángulo con las manos para dárselas de interesantes.

Interviene ahora su compañera.

-¿Y qué tal con el ajedrez? ¿Eso te exige mucho estudio?

Ya sé de antes de venir que pretenden que abandone cualquier actividad que me absorba tiempo.

-Pues ahora mismo ya no. La etapa de formación hace ya años que la dejé atrás. Creo que ahora queda como una afición cada vez más pequeña. Depende mucho de lo que pase con esta entrevista -respondo, aunque sé demasiado bien que cuanto mayor es el nivel de un ajedrecista, más horas debe dedicar al estudio de las aperturas. En el medio juego y el final es cierto que un buen día se sabe todo lo que hay que saber.

-Muy bien -sigue ella-, eso nos convence. En este trabajo no se cuentan las horas, es más sacrificado de lo que muchos se creen.

Me pregunto si el sacrificio de este trabajo es sólo de horas. Me miran los dos fijamente, como si estuvieran a punto de tomar su decisión, o bien sospechasen que soy demasiado bueno para estar diciendo la verdad. Procuro no hacer sonrisitas ni miradas raras, con la cara que utilizaba en las partidas para no mostrar mis bazas. Lo que no puedo evitar es que me vengan a la cabeza los carros de la compra llenos hasta arriba, las bolsas de El Corte Inglés, los scooters gigantes japoneses, los viajes a Rusia, los chalets con piscina, los restaurantes del puerto, las cámaras de fotos digitales, los ordenadores portátiles, todo lo que la publicidad y mi propia imaginación han ido inoculando en mi cerebro (sin mi consentimiento) y que ahora podría conseguir si estos zoquetes me aceptan.

-De acuerdo -interviene el negro-, tenemos información suficiente y ahora seguiremos con las entrevistas y la decisión final, en un sentido o en el otro, te la comunicaremos por teléfono en pocos días. Muchas gracias por venir, por tu sinceridad y no te podemos decir ya nada más.

-De acuerdo -me levanto, les doy la mano a los dos (que también se levantan) y espero medio segundo a ver si quieren decir algo más. Ellos asienten y callan, de modo que me despido.

-Hasta luego.

-Hasta luego -me responden los dos con sus sonrisas comerciales. Yo camino hacia la puerta y salgo.

Me despido de la secretaria que está en el recibidor y bajo por las escaleras. La adrenalina ahora ha desaparecido y siento una pequeña satisfacción. La suerte está echada y las posibilidades de conseguir el trabajo son muy tangibles.

Cuando llego a la calle me encuentro con el mismo ambiente opresivo. Son las diez menos cuarto y el sol ha aparecido. Es un sol amarillento y oblicuo que sin embargo ha conseguido secar parte de la lluvia anterior.

Se me ocurre que podría darme un pequeño paseo y tomar una cerveza antes de volver a meterme en el coche. Cruzo la calle y paso frente a la gasolinera, rozando casi dos contenedores verdes que rebosan bolsas de basura. Son la imagen que para mí representa mejor la ciudad de Valencia. Enfilo la Avenida de Aragón y camino unos metros en dirección norte, hacia el campo de fútbol. El ambiente aquí es muy distinto, las zonas ajardinadas al borde de la acera y el ancho bulevar con aparcamientos descomprimen el aire. Incluso suena menos el ruido. Me adelantan algunas bicicletas que van por un carril al efecto.

Veo algunos bares pero no me decido a entrar. Parecen el típico lugar donde te encuentras a un capullo hablándole al televisor blasonando contra los vascos, contra Carod Rovira, contra Zapatero y contra la sociedad que lo acogió cuando vino a matar el hambre desde los páramos conquenses. Conozco bien ese percal, que nadie me tache ahora de xenófobo. En Valencia se habla castellano, se vota al PP y se maldice a los valencianos autóctonos, que prefirieron quedarse en sus pueblos con las playas, las huertas o las fábricas y dejar que el grueso de la inmigración se concentrase en estos barrios al otro lado del Turia. Me gustaría encontrar un local algo más nuevo, alguien que hubiese aprendido el catalán, venga de donde venga.

Al cabo de unos minutos me doy cuenta de que aquí hay más restaurantes de oficinistas que bares. He encontrado un oscuro local chino con luces rojas, una arrocería y un restaurante italiano en el subsuelo de un gran edificio negro de oficinas. Estoy ya frente al campo de fútbol, el Mestalla, y tengo la rotonda de Blasco Ibáñez enfrente. A mi derecha hay un restaurante que muy bien podría servirme una cerveza, pero creo que se me han pasado las ganas. Esta ciudad es una mierda.

Camino en sentido contrario, cruzándome con jovencitas que van a la Universidad, comerciales que caminan de empresa en empresa, fontaneros con mono azul y jubilados sentados en las repisas de los jardines. Todo está bastante animado. De pronto me fijo en una de las caras que pasan. Lo reconozco enseguida: es Sebastián Morán, mi antiguo compañero del ajedrez. Me paro y me giro. Él también se ha detenido y me mira contento y sorprendido.

18:14:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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