17 de diciembre de 2005
Novela inacabada II
Avanzo por la CV-725 en dirección al peaje de la A7. Voy detrás de un camión viejo cargado de arena que va soltando humo negro. Parece uno de aquellos volquetes Iveco que veía cargar en la antigua cantera de Denia cuando era pequeño. No me planteo adelantar porque en dirección contraria viene un chorrito de luces que se dirige al trabajo. Aquí no se lleva lo de llegar media hora antes para relajarse y concentrarse, aquí todo el mundo despierta, se echa agua en la cara, se toma un café de pie y acelera a fondo hasta el trabajo, saltándose rayas continuas y pitando a los demás, para aparcar sobre una acera y llegar cinco minutos tarde. Estos que circulan frente a mí deben de ser quiosqueros o carniceros que entran a las siete y media. A las ocho menos cinco (los he visto alguna vez) comenzará la aglomeración de albañiles, para una hora más tarde llegar el golpe más fuerte con los oficinistas.

Pero entonces yo estaré muy lejos, en otro atasco tal vez. Recojo la tarjeta en el peaje y tomo la dirección norte hacia Valencia. Ahora el tráfico es mucho menor, tan sólo turismos nuevos que van a más de ciento cuarenta. La lluvia se hace molesta y necesito aumentar la velocidad del limpiaparabrisas. A mi derecha, desde el mar, va clareando el día, un leve resplandor gris que gana terreno al negro.

Pongo la radio y tras un par de canciones aparece la manipulación de costumbre. Tengo la piel ya gruesa como un elefante, pero me divierte escucharlo: "ERC amenaza a Zapatero para que no presente traducción al valenciano de la Constitución Europea en la UE"; "Rajoy lamenta el activismo de Zapatero por Kerry y le pide un esfuerzo en la relación con EE UU"; "el euro bate un nuevo récord de cotización frente al dólar, el presidente francés Chirac teme una excesiva volatilidad o movimientos desordenados". Adelanto a un trailer con matrícula alemana y mientras tanto pienso en la importancia que pueden tener para mí las amenazas de un partidito independentista con ocho escaños, los lamentos del jefe de otro partido que está en la oposición o los temores del presidente del Gobierno francés. Hemos llegado ya al cero absoluto informativo, las noticias no son hechos sino afirmaciones de políticos. No se cuenta lo que ha sucedido sino lo que han dicho los mismos de siempre.

Otra vez en el carril derecho, vuelvo a un viejo pensamiento mío: la censura ha sido reemplazada por la mentira. Ahora mismo se procede por sobrecarga, se deja expresarse al elemento disidente pero se le cubre con toneladas de basura informativa que apesta de tal forma que obliga a huir a los ciudadanos. Poco a poco, los periódicos van perdiendo lectores y las noticias en la radio vienen ya a modo de cuñas manipulativas entre ristras de canciones. Si tuviese que dibujar a la sociedad española actual, pondría a un grupito de mongólicos manejando un videojuego bajo una carcasa pintada de azul. Fuera caen chuzos de punta, pero ellos ven un cielo despejado. Esa carcasa, a su derecha y a su izquierda, está conformada por los medios de comunicación, que en su oposición consiguen darle forma y consistencia.

Voy a alargarme un poco más con esto. Durante el Franquismo se intentó encapsular la información, pero en los pueblos todo el mundo tenía una red informativa doméstica que le daba cuenta exacta de la situación de sus familiares, sus vecinos o los paisanos del pueblo de al lado. Cuando por fin se hicieron elecciones, todos supieron muy bien a quién votar. Ahora, por efecto de esa sobrecarga, muchos ciudadanos ignoran cosas tan evidentes como su propia pérdida de poder adquisitivo o la degradación de la felicidad debido a los ruidos, los atascos, la inseguridad y la precariedad laboral. Un complejo artificio de cifras, declaraciones y encuestas en los telediarios los lleva a creer que las cosas son mejores que hace diez años.

No falta quien dice que internet romperá ese "oligopolio" informativo. Pero es ahí donde he visto que circulan mejor las mentiras. Durante cuatro años he tenido un web log. He visto cómo crecía de forma sostenida la audiencia, pero lo hacía mucho más la oferta de contenidos. La mayoría de los web log repiten las mentiras de los grandes medios, muchos de los escritores son periodistas profesionales, otros son jóvenes sin criterio que se hacen eco de lo que han escuchado por ahí. Pienso que por el momento ese agujero antioligopolio existe, pero será taponado en cuanto el stablishment sea consciente de su importancia. El hecho de que pretendan financiarse con publicidad ya demuestra que los web log tan sólo desean un lugar en un rincón para recoger las migajas de los demás. No se profesionalizarán porque su audiencia tiende a uno y el valor de su información a cero (una simple consecuencia de que la oferta tienda a infinito). Pronto los grandes medios meterán la zarpa en ese mercadillo y sobrecargarán de falacias el ambiente. Por eso cerré mi web log, porque son una guerra perdida. A diferencia de los iluminados de Madrid, yo creo que el Marx del siglo XXI seguirá publicando en formato libro. El cotilleo es posible que funcione mejor, pero las obras de provecho deberán tener profundidad, lo que exige un gran trabajo. Y ese trabajo, si no lo paga el lector, lo pagará un alma caritativa que obligará a cambiar todos los contenidos a su favor.

Dos ejemplos recientes de la ignorancia de los periodistas y responsables de comunicación acerca de internet son el anuncio de compromiso de Letizia Ortiz con el Príncipe y los sucesos del once de marzo.

En el primer caso, tras el repentino anuncio, los vasallos se apresuraron a hacer reverencias al viejo estilo de los medios franquistas: "le ha costado, pero al final el Príncipe ha acertado", "pienso que será una gran reina de España", "su anterior matrimonio no será un problema porque se casó por lo civil", "responde a una estrategia premeditada de modernización de nuestra Monarquía!". Esto no lo decían opinadores de tres al cuarto sino directores de periódicos y especialistas muy curtidos del sector del corazón. Es decir, una periodista republicana, atea y de izquierdas (como luego se supo) ya en la treintena, casada y divorciada con un pedante profesor de instituto mucho mayor que ella, que vivía sola en un piso del barrio madrileño de Moratalaz, era la elección perfecta para esa rancia institución que vive de la herencia de sangre (azul, se entiende). Y claro, esto generó una feroz reacción en internet. Había uno que la llamó "caballo de Troya", otros se acordaban de cuando a Alfonso XIII lo llamaban "Gutiérrez" por ser, según ellos, heredero de una dinastía de segundo rango, desgajada de la francesa e injertada en España mediante una guerra. Gutiérrez Ortiz podría llamarse el futuro rey. ¿Qué costaba hacer salir a Juanca el Campechano y que dijera: "señores, esta elección trae problemas por esto, por esto y por esto, pero pedimos comprensión porque todo se ha hecho por amor?". Tal vez ese mensaje se acercaría a la verdad. Un jefe de comunicación habilidoso hubiese quitado armas informativas a los de internet y hubiese desviado la atención hacia la cuestión emocional.

En el caso de los atentados del once de marzo, soy de la opinión de que el Partido Popular perdió el Gobierno por su torpeza comunicativa. Se encastilló en la atribución a ETA, en lugar de aceptar la posibilidad del terrorismo islámico y acto seguido desviar la atención a cuestiones más complejas como la posibilidad de que el atentado no se deba a la participación en la guerra de Irak. No tuvieron en cuenta internet. Con todo, es un caso muy claro de cómo España está actualmente dividida entre quienes acceden a la Red y quienes no. Después incluso de la derrota electoral y de las pruebas concluyentes, un tercio de los españoles sigue creyendo que los atentados los organizó ETA.

Pero ya lo he dicho antes: aquí a los de internet nos las pusieron, dicho vulgarmente, como a Fernando VII. La próxima vez la Corona o el Gobierno no serán tan ingenuos. Internet se controla con dinero, como el resto de medios.

Y ahora voy a concentrarme para no pegarrme un castañazo. A mi izquierda aparece el vértice de la pequeña cordillera llamada Segaria, que recibe el nombre de Penya Roja. La autopista modifica levemente su trazado para esquivarla y pasa casi rozando. Los carriles del otro sentido tienen incluso una especie de porche para protegerse de las piedras que a veces caen. La verdad es que esta es una autopista magnífica, que atraviesa, corta o bordea montañas rocosas. Es también el mejor negocio del siglo XX y parte del XXI. Todo en manos privadas. Va desde Alicante a la frontera con Francia. Se pagan unos seis euros cada cien kilómetros. Pero antes era más cara: Aznar consiguió una rebaja del 30% a cambio de alargarles la concesión veinte años más. Tengo la sensación de que esta larguísima sanguijuela no dejará de succionar dinero a los valencianos y catalanes nunca.

Por eso, para ver si me resigno, giro la cabeza a mi derecha, donde la claridad grisácea puede levantarme el ánimo. Intento atisbar el mar, pero sólo veo un bosquecito metálico, un grupo de palitos a lo lejos que son grúas de construcción de pisos en la playa de Oliva. Resulta difícil pensar que un país entero pueda vivir de la construcción de casas en su propio territorio, pero nosotros somos la prueba. Casas en las que tal vez nadie viva nunca.

Aunque voy a ciento cuarenta, muchos coches me adelantan. Uno de ellos es un Citröen C5 de la Guardia Civil. Los otros son Ford Focus (como el mío), Opel Astra, compactos baratos en general con alguna berlina de lujo. Son las ocho menos veinte y muchos de ellos tal vez corren hacia sus trabajos en Gandía, Sueca o la misma Valencia. Son hombres y mujeres de aspecto joven, más bien de edad indefinida, que conducen soñolientos y con caras cansadas. Muchos parecen escuchar las tertulias de la radio mientras el coche da botes en las irregularidades del asfalto. A veces me salpican agua sucia en el parabrisas. Algo hay de imbécil en todo este individualismo. En lugar de estar sentados en un butacón de un tren terminando de desayunar, leyendo una novela o ya trabajando con un portátil, nos empeñamos en conducir como posesos para llegar y descubrir que no hay aparcamiento. Los más jóvenes tienen un aspecto concentrado, como si estuviesen en una competición. Son los que tienen la tasa de mortalidad más alta. Veo también el esfuerzo por adquirir los coches, los trescientos euros al mes de letra en salarios que apenas llegarán a los ochocientos. La publicidad los ha convertido en idiotas esclavos de un deseo artificial.

Y a todo esto, caigo en la cuenta de que yo soy uno de esos idiotas con algún año más: aún me quedan dos años para cancelar mi deuda con Ford Credit. Si bien yo sólo pago ciento noventa euros al mes porque me hice con una ganga de segunda mano. Muchos de esos jóvenes un buen día consiguen ganar dinero de verdad y malvenden el compacto que se acaban de comprar.

De repente, veo que todos cambian al carril izquierdo e incluso frenan. Están en medio de una pendiente que atraviesa una montaña cortada, antes de la salida hacia Gandía. Afino un poco la vista entre la lluvia y veo dos lucecitas rojas que pronto se convierten en un pequeño camión cuando lo iluminan mis faros. Es uno de esos con un cajón abierto detrás que se utilizan para cargar cualquier porquería de poco peso. En este caso, unos grandes sacos de plástico blanco. Pongo el intermitente para cambiar de carril, pero veo por el retrovisor una pequeña cola de turismos a mi izquierda. Enseguida me doy cuenta de que el camión va mucho más despacio de lo que parecía. Freno muy fuerte y pronto oigo mis neumáticos deslizarse sobre el agua, como si hubiese un charco o una pequeña corriente. Imagino un golpe contra la plancha de hierro azul que le sirve de parachoques. Nada bueno para mí. Suelto el freno y vuelvo a pisarlo con más suavidad. Esta vez consigo controlar el coche y el camioncete, que ha estado a pocos centímetros, se aleja lentamente. Reduzco a tercera y noto cómo el corazón se me acelera y el estómago se me encoge. Parece que la ansiedad por la entrevista y el susto se han sumado ahora.

Me acuerdo de que durante muchos años estuve soñando con la conducción de un coche. Iba al instituto y me desplazaba en un Vespino de pueblo a pueblo. Pero yo soñaba con la velocidad, un coche potente que pudiese llevarme en pocas horas a los olivares de Sevilla o los pueblecitos pirenaicos de Lérida. Soñaba también, por supuesto, con la emoción de acelerar y tomar las curvas. Luego, cuando estrené este coche, hice unos pocos viajes, pegué dos acelerones, tuve varios sustos y me fui serenando poco a poco. Ahora lo utilizo sólo para desplazamientos necesarios. Las excursiones por los pueblos valencianos para jugar torneos me han cansado. No encuentro la diversión a conducir. Si me dan el empleo, tal vez realice algunos viajes por España. Pero probaré a ver qué tal se va en tren.

Después de Gandía hay una zona llana en la que a la derecha pueden verse algunas luces de los chalets del Grao, a orillas mismas de la playa. Un poco más cerca está la carretera general, con una procesión de coches, furgonetas y camioncetes. Enfrente, a unos kilómetros, la sierra del Buixcarró, que la autopista atraviesa por un túnel. Se está haciendo de día y la lluvia ha amainado un poco, lo que me permite relajarme. Son las ocho menos veinte, tengo tiempo de sobra.

Paso por el túnel, donde me encuentro con dos camiones que me obligan a pasar al carril izquierdo. A la salida hay una bajada y veo a mi derecha la planicie de Xeresa, un pueblecito de agricultores que parece lamentar no estar más cerca de la playa. Las grúas aquí no son tan numerosas y las casitas blancas siguen apiñadas en medio de los campos de naranjos. Pero eso no quiere decir nada, estos pueblecitos tan pequeños son hoy en día dormitorios de los otros más grandes, en este caso Gandía. Los negocios de ahí son servicios de poca monta, aunque todo (urbanismo, ayuntamiento, tradiciones) se mantenga como cuando eran un verdadero pueblo independiente. Al final de la bajada entra un chorro de coches por un carril de aceleración. Casi todos vienen desde Gandía. Adelanto a los que puedo y luego vuelvo a la derecha.

Ahora hay un tramo llano con tres carriles y se circula en paralelo a la vieja carretera nacional. Distingo perfectamente a mi derecha las filas de vehículos a ochenta por hora: una vieja furgoneta blanca, la típica de los gitanos, va demasiado cargada y detrás se apiña una veintena de turismos (algunos van dando bandazos a la izquierda para ver si el carril contrario queda vacío unos segundos y pueden adelantar); más adelante hay una grúa que circula ocupando el arcén y medio carril (los coches en este caso pasan casi rozándola y obligando a apartarse a los que vienen de frente).

Aparecen otros dos poblachones, más o menos inflados por la actividad industrial: Xeraco y Favara. Después la A7 vuelve a meterse entre montañas, con tres curvas peligrosas, y desemboca en el peaje, en medio de otro valle lleno de naranjos. Hay algo de cola en las taquillas de pago en efectivo, de modo que saco mi vieja tarjeta Maestro (el nombre no me gusta) de la CAM y paso por una taquilla automática.

Acelero luego por la larga recta entre las huertas, con algunos camiones aún molestándome, y pronto llego a la zona de cuatro carriles en la que se incorpora por la derecha el tráfico de la carretera general. Aquí las cosas son más espesas. Falta poco para las ocho y más chorros de coches van apareciendo desde las ciudades dormitorio hacia las oficinas de Valencia o las fábricas de los polígonos industriales. Aquí mismo el paisaje también es industrial. A la derecha veo una gran fábrica, la de embutidos Campofrío. A la izquierda veo la factoría de Ford, en el término municipal de Almussafes, tan grande como una ciudad, con sus hileras de coches recién terminados y dispuestos a ser enviados a los concesionarios de toda Europa. Estoy todavía a más de veinte kilómetros del casco urbano de Valencia. Más adelante siguen las fábricas y grandes tiendas de muebles, azulejos o electrodomésticos, pero la carretera exige ahora concentración y no puedo fijarme en mucho más que en el parachoques trasero del Volkswagen Golf que llevo delante.

Pronto me desvío a la derecha, saliendo de la A7, y me meto en la autovía que viene del interior de la provincia de Alicante y va directa a la ciudad. Aquí mismo se organizan a veces unas violentas retenciones que te obligan a frenar en seco hasta quedarte parado. Me ocurrió una vez, mientras venía a jugar un torneo en Mislata, que perdí la primera partida por quedarme atrapado.

Sigo atento a las indicaciones hasta que debo desviarme a la derecha. Según vi anoche en el mapa, lo más rápido es coger la V30, una minicircunvalación que bordea el nuevo cauce del Turia.

Ese nuevo cauce, que ya tengo a mi izquierda, son dos paredes inclinadas de cemento con una gran extensión de cantos rodados en medio, totalmente secos. El famoso río, con el que se regaban antiguamente los preciosos jardines de la ciudad, no tiene ya ni gota de agua durante la mayor parte del año. Pero eso no quita que casi todos los otoños haya un par de días en que esta acequia gigante baje casi llena por culpa de algún temporal. Suele ser agua sucia recogida por los barrancos de las montañas. Porque eso es el Turia ahora, un gran barranco de cemento. En el cauce antiguo, dentro del casco urbano, han puesto parques y campos de fútbol.

Sigo por esta pequeña autovía casi sin arcenes, adelantando camiones con contenedores que van a descargar en el puerto. Para eso creo que se construyó, para canalizar el tráfico del puerto fuera de la ciudad. Pero los turismos nos desviamos un poco antes, por un bucle pequeño y que se cierra al final, hacia la autopista de El Saler. Esta autopista no se construyó para camiones sino para los nuevos ricos que vivían en las lujosas urbanizaciones de las playas de El Saler y querían llegar a sus empresas sin atascos. Pero ahora los trabajadores de los pueblos, que dan un rodeo para no tragarse los semáforos de la parte sur del casco urbano, la han saturado, de lo cual me alegro. Hay además unas obras que ya duran más de un año y que nos obligan a todos a frenar por un nuevo trazado estrecho y con curvas cerradas. Nunca me he preocupado de preguntar qué se está construyendo aquí. Llevan en obras desde siempre, porque un poco más adelante, pegada ya a los bloques de edificios de viviendas, está la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Es sin duda la construcción más bonita de Valencia, con una gran estructura parecida al esqueleto de una ballena. Entre costilla y costilla hay cristales transparentes. También hay una esfera que imita un ojo humano, más grande que un edificio de siete plantas. Me gustan también los inmensos lagos artificiales, que me recuerdan a los arrozales de Sueca y que no puedo ver desde aquí. Es una catedral de nuestro tiempo, pero democrática y dedicada a la ciencia, en la que está permitido pasearse por las noches e incluso meter los pies en los lagos de dos palmos de profundidad. Algo así es muy raro dentro de España. Tenía que ser en Valencia y por un valenciano (Santiago Calatrava), lo que me hace sentir orgulloso. Es el gran símbolo del renacimiento de una ciudad que fue ferozmente discriminada durante los cuarenta años de Franquismo.

Y es que a Falange y al Opus Dei no les gustaba Valencia porque huele a "sudor y a sexo" (como dijo el Torrente Ballester de las novelas de Blasco Ibáñez). Y efectivamente, aquí huele a sudor y a sexo, de ahí las riadas de andaluces, manchegos y aragoneses que han ido asentándose desde principios del siglo XX. Uno de esos andaluces, con dieciocho años y las fosas nasales bien abiertas, mi padre.

Pero ahora estoy ya dentro del túnel por debajo de la avenida de la Plata y que desemboca en la avenida Alcalde Reig y luego Jacinto Benavente, que me lleva bordeando el antiguo cauce del Turia, con sus viejas balaustradas de piedra, hasta el Puente de Aragón, por el que cruzo el río y conecto con la gran rotonda de la plaza de Zaragoza. Aquí es momento de comenzar a buscar aparcamiento.

La pequeña distensión mientras miraba los paisajes urbanos ha desaparecido y la adrenalina se me vuelve a disparar. A pesar de mis reparos noto que la sensación de fracaso que vengo arrastrando puede desaparecer hoy. Un "asesor inmobiliario" de veintiocho años es todavía alguien joven con mucho futuro. Tengo dentro de mí la inquietante idea de que ahora puede estar pasando el último tren. Una derrota más y el tufillo de "lo que pudo ser y no fue" me perseguirá durante el resto de mi vida. Metido ya en los treinta, sin un título universitario y sin experiencia laboral, es muy fácil que no tenga ya remedio, que me convierta en uno de esos capullos que se sienten superiores a sus compañeros de trabajo en un supermercado o cualquier almacén. Poco a poco, en estos últimos meses, he ido notando cómo el tiempo limaba mi autoestima. Me he sorprendido envidiando a los barrenderos y albañiles con sus empleos fijos y toda la tarde para comer, ver la tele y no pensar en nada. Yo, Antonio Gallardo, el niño prodigio, la promesa del ajedrez valenciano, siento miedo, mucho miedo. He conseguido engañar a mis padres y a mi novia, pero no a mi estómago, que ahora mismo está tan apretado como el puño de Stalin.

Entro momentáneamente en la Avenida de Aragón y tuerzo enseguida a la derecha, junto a la gasolinera BP. Veo muchos coches aparcados en batería, pero ningún hueco libre. Felipe María Guerín es el callejón justo a mi derecha. Pero sigo avanzando muy despacio en busca de un hueco para meter el coche. Son las ocho y media, de modo que el tiempo que me sobraba ha desaparecido. Si no encuentro aparcamiento pronto, tendré que llegar tarde, corriendo y con el corazón en la boca. No van a dar un empleo a un agente inmobiliario que llega tarde a la entrevista. Parte del trabajo consiste en tener citas con clientes y la puntualidad es esencial. Me alegro de haber pensado esto último, quiere decir que ya me voy haciendo a la idea de pertenecer al gremio.

Pero los apuros de tiempo, tal y como me sucede en el ajedrez, no me hunden la moral sino que me envalentonan. El miedo disminuye porque no tengo la oportunidad de reflexionar. Doy unos cuantos bandazos y acelerones, recorriendo con la vista las hileras de coches aparcados (muchos sobre aceras, pasos de cebra o esquinas con semáforos, otros en dobles y triples filas) hasta que de pronto veo la preciosa lucecita blanca de la marcha atrás de alguien. Freno en seco y pongo el intermitente. El Ford Fusion retrocede lentamente y luego acelera con parsimonia. Yo meto con cuidado mi coche en el estrecho espacio hasta que una rueda toca el bordillo y entonces paro el motor.

Estoy a unas tres manzanas de Felipe María Guerín, en una calle de un solo carril con árboles pelados cuyas raíces han lenvantado las baldosas de las aceras. Miro por el retrovisor y veo pasar a los otros coches que también buscan aparcamiento. Bajo del coche y me encuentro a mucha gente por la acera. Siempre he visto a estos transeúntes como los verdaderos habitantes de la ciudad, pero ahora pienso que son mis compañeros de la autopista que han aparcado unos metros más allá. La mayoría son hombres jóvenes con sus trajes baratos, que dan grandes zancadas con la cabeza alta hacia sus cubículos de trabajo, donde harán reverencias a unos y otros hasta las siete de la tarde. No tengo ni que decir que me parecen membrillos. Lo que me inquieta es que pronto puedo ser uno de ellos.

Salto a la acera y ensayo unos andares más modestos: la mirada baja, los pasos cortos, las manos más quietas. Me cruzo con una mujer bajita y muy delgada, supongo que aún soltera por la mirada de hambre. La esquivo sin prestarle atención, no sabría decir ni cómo es su cara. Hace tiempo que me he acostumbrado a no preocuparme de lo que piensen los demás de mí.

La calle está mojada aún por la lluvia y brilla con la poca luz que se filtra a través de las nubes. Hay un molesto viento que arrastra las gotas que caen de los árboles.

Sigo caminando respirando hondo y buscando la concentración. El ruido es aquí fortísimo, aún más que en Denia. Oigo el tráfico, los gritos desde dentro de los bares y las sierras rotativas de alguna construcción que no consigo ubicar. Es un ambiente encerrado, creo que huelo los platos de lentejas, los excrementos de los perros y los viejos cuartos de baño. Es un barrio de pisitos pequeños y ruidosos. La mayoría viejos, pero algunos recién construídos. Una vida miserable de trabajos mal pagados, saludos en la escalera, caminatas por las aceras, aire contaminado y sobre todo un infernal ruido. Eso es lo que han conseguido quienes dejaron sus pueblos en los sesenta y setenta para venirse a la ciudad, donde "hay más de todo", como suelen decir.

Estoy ya enfrente del callejón lleno de humo y coches aparcados. Al fondo veo la Avenida del Puerto, otra calle fea en la que el rumor del tráfico reverbera entre los altos bloques de pisos. Cruzo la calle casi sin mirar y avanzo con un nudo en la garganta. Respiro profundamente otra vez para intentar controlarme. Estoy acostumbrado a la presión, pero esta es una situación nueva. Veo de pronto el número 3 a mi izquierda, un bloque de no más de veinte años, pintado de marrón claro y con algunos remates en ladrillo. Los balcones tienen extractores de aire acondicionado y rótulos de las empresas que trabajan allí. No hay ni ropa tendida ni viejas hamacas plegadas. Parece que originalmente albergó viviendas pero ahora sólo hay oficinas que huyen de los precios altos del centro. Busco el nombre de Casafácil en el portero automático, vuelvo a respirar hondo y llamo al timbre.

08:55:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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