10 de diciembre de 2005
Novela inacabada I
Son las cinco de la mañana y llevo despierto un buen rato, aunque no me he movido de la cama. El despertador está puesto a las seis, de modo que vuelvo a cerrar los ojos y espero. Fuera se oye la fina lluvia del otoño caer sobre la tierra del jardín, los capós de los coches y el asfalto. El viento mueve las hojas de los árboles y envía las gotas en ráfagas contra la ventana de mi habitación. Imagino los lugares que voy a recorrer por la mañana: los semáforos de este pueblo, las rotondas del polígono industrial, la entrada a la autopista. Todos vacíos y a oscuras bajo la lluvia.

Vivo en la planta baja de un pequeño bungalow, en una urbanización llamada Las Palmeras que está en la falda norte del Montgó, en Denia. Pago un alquiler de 342 euros, comunidad incluida, por una cocina/comedor, un cuartito de baño y un dormitorio con armario empotrado y cama de matrimonio. Tengo también una terracita y derecho a usar el amplio jardín trasero y su piscina. Cualquier habitante de una gran ciudad diría que vivo de lujo, a pesar de que tengo ya veintiocho años y el concepto de propiedad escapa a mi entendimiento. Llegué aquí hace dos meses, en septiembre, cuando decidí emanciparme en condiciones precarias para no aguantar más a mi padre. Ahora duermo más tranquilo, siempre que los colombianos de al lado no abran los grifos de su cocina/comedor a las cinco de la mañana para ponerse a cocinar el desayuno.

Pero no me voy a quejar, que nadie se asuste. Aquí se vive bien. Es una ciudad a orillas del Mediterráneo, de clima benigno, llena de servicios y con playas de todo tipo. La delincuencia se limita a los robos de coches de lujo y los asaltos a los chalets de empresarios alemanes mientras están en su país. No hablo de drogas, prostitución, inmigrantes ilegales, economía sumergida, comisiones por recalificación de terrenos o fraudes al fisco. Aquí todo es bonito. Puede usted venir a tumbarse en la arena contemplando el mar azul, al solecito de la tarde de domingo, y nadie se le acercará a pedirle dinero para un autobús que no existe o a robarle los zapatos con una navaja. Nuestros gitanos, drogadictos e inmigrantes en paro están intentando aparcar el Mercedes para cerrar un par de pedidos en la calle Campos. Podrá usted dormir la siesta tranquilo, ni tan siquiera se dará cuenta de que la arena sobre la que está recostado no procede de la erosión natural del agua sobre las rocas, sino de los 250 camiones diarios que han ido descargando desde las canteras de Pego durante la primavera. Tampoco se dará cuenta de lo limpio que está el fondo del mar, con una capa de arena inmaculada sobre las praderas muertas de algas posidonia (por falta de oxígeno) y la arena original. No hay molestos boquerones, ni erizos, ni cangrejos, ni gambas, ni sardinas. Todos han muerto por falta de algas que comer. Si vuelve en verano, podrá nadar tranquilo.

Pero ahora lo que me calienta la cabeza es otra cosa. Mis días como jugador semiprofesional (un tanto abohemiado) de ajedrez pueden estar tocando a su fin. A los veinte era una vida bonita, con viajes por España y grupitos de admiradores en los torneos abiertos. Pero los años han ido pasando y no he llegado a profesional. Mis admiradores de entonces son profesores, ingenieros o abogados con colosales hipotecas, mezquinos salarios y poco tiempo para jugar al ajedrez. Ahora sigo teniendo admiradores, claro, los mismos universitarios sin novia de antes. Me gano unos mil euros mensuales haciendo lo que cualquiera puede suponer: acudiendo a torneos locales abiertos para rascar dos o trescientos euros los domingos, jugando la liga provincial por equipos, dando sesiones de simultáneas en fiestas patronales o institutos, y enseñando a un chavalote que puede que consiga lo que yo no he podido. Durante años he estado soñando con unos ingresos mejores, un cochecito potente, tal vez un Audi A3 o un Toyota Corolla, y un chaletito en propiedad, con un trozo de césped, varios frutales, garaje para el coche y mis bicicletas, terraza soleada y porche con barbacoa. Han sido sueños vanos. Hoy en día ese tipo de chalets requieren salarios por encima de los cuatro mil euros mensuales y un buen aval para hipotecarse. Mis ingresos ajedrecísticos, en cambio, han ido degradándose lentamente. Poco a poco me he ido convenciendo de que no habrá chaletito, ni naranjo, ni Audi A3, ni costillada en el jardín. Y cuando ya estaba convencido de eso, resulta que recibo ayer una llamada telefónica que me dice que podría conseguirlo todo fácilmente. Sólo tendría que pasar un proceso de selección y dejar de jugar al ajedrez.

Se trata de una cadena de agencias inmobiliarias llamada Casafácil, que se está forrando con pisos de gama media y baja en las grandes ciudades. Según me decía por teléfono alguien que no me dio su nombre, algunos agentes han llegado a vender el mismo piso tres veces en cinco años. Por cada venta la agencia retiene un seis por ciento del valor total, de lo que el agente puede percibir hasta una quinta parte. Esta persona (un hombre joven con toda seguridad) me habló de ingresos a partir de tres mil euros al mes, fácilmente convertibles en diez o doce mil si el comercial es bueno. Me habló también de abandonar absolutamente cualquier actividad que no sea vender pisos. Me contó incluso los planes de la agencia de aterrizar en Denia para cortar tajada del pastel de adosaditos, minichaletines, micropisos y otros productos turísticos del pueblo. Una tajada de la que yo debería de pegar cucharada. Para eso tengo que levantarme dentro de un rato y presentarme en su oficina de Valencia a las nueve.

Ahora que cuento esto, el corazón me late con más fuerza. Da vergüenza decirlo, pero nunca he estado en una entrevista de trabajo. Cuando me siento en una mesa frente a otro hombre joven suele ser para intentar derrotarlo. ¿Cómo hacer para gustarle? Se requiere seguramente buena presencia, facilidad de palabra, cultura general, inteligencia... Y no cagarla en la entrevista.

Doy unas cuantas vueltas más en la cama y abro los ojos en la oscuridad: aún no se está haciendo de día. La lluvia parece amainar y oigo ya a la colombiana de al lado friendo algo en una sartén, abriendo el grifo del fregadero y pegando portazos en el microondas o la nevera. Es más joven que yo, está embarazada y creo que no trabaja. Habla en susurros con su marido, que seguramente está sentado a la mesa esperando su fritanga, pero a veces suelta una carcajada que es como un tic. Los primeros días me hacía gracia, pero ahora estoy un poco harto de esos relinchos.
Por un momento estoy tentado de levantarme pero sigo acostado. El frío ha empezado a meterse debajo de las sábanas. Anoche dejé el radiador eléctrico demasiado bajo. El inconveniente de estas construcciones de verano es que un poco de viento fresco las convierte en neveras. Esto se pensó para las siestas de agosto, con las ventanas abiertas y las moscas volando. Lo que les gusta a los alemanes.

La idea de tener la cuenta bancaria a tope me seduce, pero debo reconocer que pese a mis esfuerzos no consigo verme como comercial: choques de manos amistosos, sonrisas forzadas, llamadas telefónicas a desconocidos, conversaciones informales en restaurantes, cifras escritas en un papelito, toda una retórica de la manipulación. Por eso me asalta ahora otra idea desagradable: ¿a quién quiero engañar? A las ventas se dedican los fracasados. Un ecuatoriano que monta bloques de hormigón no ha fracasado, bastante tiene con dar de comer a sus hijos después de escapar de la miseria y el analfabetismo. Pero un español alto y atractivo, que habla como un abogado pero sólo sabe jugar al ajedrez (aunque no lo suficiente para ganarse la vida) es eso que acabo de decir: un comercial en potencia.

Miro el reloj: faltan diez minutos para las seis y salto de la cama. Camino hasta el cuarto de baño sin encender la luz, abro el grifo del lavabo y antes de lavarme los dientes me miro en el espejo: aún tengo la cara algo hinchada por el sueño y las ojeras moradas son muy perceptibles. Soy un tío moreno, de pelo corto, labios gruesos y mandíbula más bien prominente. Represento muy claramente esa "cloaca mediterránea" de la que hablaban los nazis: una mezcla de todas las variedades del blanco. Destacan en mí dos rasgos: una espesa y única ceja rectilínea, que rehuso depilarme, y la ausencia total de arrugas, gracias a mi piel grasa. Mi nariz no tiene ningún ángulo notable, ni tan siquiera en las aletillas; el tabique es muy recto y encaja perfectamente con el hueso. Sólo me molestan unos pequeños puntos negros que la crema no consigue eliminar (sólo visibles de cerca) y unos gruesos pelos negros que insisten en crecer en los orificios. Mis ojos, muy miopes, son marrón oscuro. Mi frente es más grande que antes gracias a que he perdido algunos cabellos. Soy dolicocéfalo, pero mediterráneo, con la parte occipital algo abombada. Siempre he tenido el cabello muy espeso, aunque lleva unos años aclarándose y una porción sobre las sienes es ya pelusa muy débil. Las canas van apareciendo también en abundancia. De siempre he tenido una barba muy áspera, que afeito cada dos días. Frecuentemente me hago sangre con las cuchillas en el cuello porque ahí la piel es mucho más fina. Hay dos cosas más que me parecen extrañas: mis pómulos son apenas perceptibles y mis incisivos inferiones casi adelantan a los superiores. Las orejas, en cambio, son muy convencionales y no se hacen notar. Estoy ganando algo de peso (setenta y cinco kilos para ciento ochenta y cuatro centímetros de estatura) y cuando agacho la barbilla aparece una leve papada que espero eliminar en los próximos meses. En general me encuentro fuerte y sano, tal vez en el mejor momento de mi vida.

Después de ducharme vuelvo al dormitorio y me voy poniendo la ropa. Aún son las seis y veinte. Escojo mis únicos vaqueros azules, una camisa a rayas también azul marca Pierre Cardin (regalo de mi madre) y una ajustada chaqueta de lana gris. El aspecto, junto con los zapatos Clark's marrones, debe de ser el de un amable y bien socializado joven inteligente y bueno, ambicioso aunque sin suerte. Algo muy alejado de la realidad.

Alguien dijo una vez que jugando al ajedrez yo era más un carnicero que un artista. La frase la tomó del campeón Lasker. Pero me gustó la cita, aunque respondí que esperaba llegar algún día a cirujano. Los tajos exactos son lo mío: analizar, descomponer el problema en sus formantes básicos y presentar algo "comestible". Así pues, que nadie espere que vaya aplicando betún a mis palabras para que brillen como los zapatos de un sacristán. Hablaré tranquilo, unas veces como me dé la gana y otras como me salga de los cojones. Mi única retórica es la búsqueda de la verdad exacta.

***


Cuando intento tragar la mezcla de yogur y müsli que tengo en una taza, me doy cuenta de que estoy nervioso. Tengo el estómago encogido y la garganta agarrotada. Esta sensación, por supuesto, la conozco bien, es la de las partidas importantes. De pequeño pensaba que un día me acostumbraría y no sentiría los nervios nunca más. Pero siguen ahí. Decía Botvinnick que un ajedrecista no debía de ser frío, pero sí capaz de reducirlo todo a "dimensiones controlables". Me llevó unos años entender la frase: los que tardé en madurar.

Sigo tragando despacio y dando sorbos de zumo de naranja. No quiero llegar hambriento a la entrevista.

Sobre la mesa de madera tengo un tapete de hule, aceitoso y con migas viejas. Todavía no estoy hecho a vivir solo. El macetero que adornaba el centro de la mesa cuando llegué está ahora en un extremo, con sus tulipanes y rosas de plástico. Conecto el teléfono móvil y me lo vuelvo a meter en el bolsillo. Como me acosté muy pronto, es posible que haya algún mensaje de Pilar.

Pilar es mi novia, aunque hemos decidido llamarnos "amigos". Tiene dos años más que yo y es arquitecta. Se dedica a poner una firma a los diseños que tiene en el ordenador. Esos diseños no los ha hecho ella sino su jefe, un madrileño cincuentón y con la panza de la prosperidad, que debe de estar absolutamente forrado. Trabaja con él en su palacete de Jávea junto a dos aparejadores y una secretaria. Habla continuamente de "independizarse" y empezar a ganar dinero "de verdad". Yo estoy convencido de que esa es la mejor opción.

A mi "amiga", la cual me paso por la piedra cada fin de semana, le gustan los hombres blandos y sociables, con un cuerpo musculoso y bronceado y un carácter de puré de patata. ¿Quién la podría culpar? Su padre pasó treinta años pontificando sobre cada cosa que salía en la televisión hasta que la fabriquita de figuras de porcelana que heredó acabó en números rojos y tuvo que cerrarla y jubilarse. Su padre, el señor Vidal, está afectado por lo que yo llamo el Síndrome de la Verborrea Hispana (SVH), que consiste en soltar todas tus ideas en crudo, sin madurar, al primero que te encuentres, en lugar de trabajar para ponerlas en práctica. Aquel tertuliano vocacional fue perdiendo clientes en favor de las importaciones chinas, despidiendo a los empleados que más cobraban (los mejores) y poniendo los menguantes beneficios en su plan de pensiones. Poco a poco consiguió pasar de empresa mediana a pequeña, luego a taller minúsculo y finalmente a garaje con un candado. Su única hija, mientras tanto, iba aprobando asignaturas en Valencia entre fumatas y botellones, hasta que obtuvo el título hace dos años, con veintinueve.

Pasan unos minutos y no hay ningún mensaje de Pilar. Esta tarde tal vez la llame. Acabo de desayunar y recojo los cubiertos. A pesar del frío y de la luz artificial, me doy cuenta de que aquí dentro no me encuentro mal. El pisito está totalmente reformado, la cocina es de madera de pino, el suelo de gres, las paredes están pintadas de rosa claro y una pequeña máscara africana de ébano parece mirarte mientras comes.

Vuelvo al dormitorio para ponerme los zapatos y coger el paraguas. Creo que me sobra más de un cuarto de hora, de modo que puede ser buena idea que cuente cómo he llegado a ser ajedrecista.

Es una historia muy corta: a los seis años aprendí a mover las piezas, comencé a ganar a mi padre y me hicieron varias pruebas. Entonces no se llevaban los centros especiales para superdotados, ni tan siquiera el "tratamiento de la diversidad" del que se habla ahora. Eran los primeros años de la Transición y todos saltaban de alegría por ver los institutos y las universidades abiertos para los pobres. Yo reconozco que también estaba contento. Si algo bueno tuvo el Franquismo fue igualarnos a casi todos. Es cierto que nos igualó en la pobreza, la ignorancia y la sumisión, pero para el caso es lo mismo. Éramos todos trabajadores, la industria publicitaria aún no nos había encanallado y las aspiraciones eran modestas: buena comida, la familia unida, una casita en propiedad. Lo que más recuerdo de las películas de Pajares, Esteso o López Vázquez (tres maestros que hacían las películas con cuatro duros) es el desenfado. Allí hasta los personajes trágicos eran felices. Con dos tetillas en la pantalla se contentaba todo el mundo.

Pero decía que tuve una educación convencional hasta el bachillerato, cuando decidí tomarme en serio el ajedrez y comencé a suspender todas las asignaturas. Ya no eran tiempos tan felices, había mucha presión sobre los adolescentes. Los albañiles, camareros o mecánicos paragüeros veían la posibilidad de tener hijos ingenieros, médicos o diseñadores de paraguas. El BUP era como una carrera a codazos hasta la meta final. Yo decidí simplemente hacerme a un lado. A los quince años comencé a participar en torneos por la Comunidad Valenciana y entré en la lista mundial ELO. Se hablaba ya de mí en los corrillos como un futuro Gran Maestro. Yo estudiaba el juego y leía libros con avidez, sobre todo los de aperturas. Se llevaban mucho los de un tal Pachman, que eran peores que las ecuaciones de los profesores de Matemáticas. Años más tarde me reí mucho con una frase de Fischer: le preguntó un periodista si sabía que Pachman había estado preso en la Unión Soviética, y él respondió: "supongo que será por sus libros de aperturas". Eran un bodrio total. Ahora el ordenador ha eliminado la mayoría de libros técnicos de ajedrez.

A los dieciséis años, cuando mi padre ya me presionaba para buscarme un trabajo, comencé a ganar algo de dinero y me dejó en paz. Jugaba todos los sábados en algún pueblo de Alicante con un equipo llamado La Torre de Benimarmut. Necesitaban a alguien que ocupase el primer tablero y garantizase victorias. Yo me encontraba en progresión en aquel momento y acepté por cuarenta mil pesetas al mes. A veces también ganaba algún premio juvenil en torneos abiertos.

Mentiría si dijera que no me arrepiento de mi ingenuidad. Imaginaba mi futuro en el ajedrez como una progresión continua que me llevaría a los veinticinco años hasta el título de Gran Maestro y una vida de viajes, torneos y dinero fácil. Pero a partir de los veinte comencé a aburrirme, las sesenta y cuatro casillas eran un mundo demasiado estrecho para mi imaginación. Comencé a leer revistas y libros de todo tipo, echaba de menos la educación universitaria. Veía en el quiosco La interpretación de los sueños, de Freud, me lo compraba y me pasaba varios días leyendo; encontraba un libro de Flora Davis llamado La comunicación no verbal y lo compraba sin pensar. A veces me pasaba tardes enteras hojeando periódicos viejos.

Es sorprendente la capacidad del hombre joven de creer que todos sus actos de irresponsabilidad conducen a un final satisfactorio. Absorber información desestructurada, sin pensar en el día de mañana, me hacía sentirme mejor que los demás. Si en España los títulos universitarios valiesen para algo, yo ahora sería un inútil sin remedio. Pero por suerte los demás hicieron lo mismo que yo: gastar su juventud en la tectónica de placas, los ismos de vanguardia o las guerras del Peloponeso, para salir al mercado laboral con veintitrés años, un montón de papeles en su habitación y ninguna experiencia en un oficio real. Afortunadamente Alemania y Francia acudieron en nuestra ayuda con los "fondos de cohesión", lo que reflotó toda la economía y nos fue colocando poco a poco en empleos de los que se puede hablar en un bar (los que la publicidad nos había vendido): periodista, actor, guionista, profesor de universidad, jugador de ajedrez o incluso "asesor inmobiliario". Los inmigrantes comenzaron a cubrir los empleos sin cualificación de nuestros padres, con salarios nada desdeñables. En lo que a mí respecta, vi sorprendido cómo el número de torneos abiertos y la cuantía de los premios aumentaba sin parar, también lo hacía la demanda de simultáneas e incluso de clases particulares. Ganaba más que antes, aunque mi nivel de juego, por culpa de las distracciones, no progresaba. Decidí seguir en el oficio hasta ahora mismo, cuando es muy posible que lo deje. El nivel general ha subido mucho, han aterrizado por aquí muchos jugadores soviéticos que no podían mantenerse en sus países, de modo que he retrocedido bastante en el escalafón nacional.

Ahora debo marcharme. Son las siete en punto, todavía noche cerrada. Sigo oyendo las gotas en la calle. Cojo las llaves de casa, la del coche, ochenta euros en billetes, mi carnet de conducir, mi tarjeta de crédito y el papelito en el que tengo apuntada la dirección de la empresa: Felipe María Guerín, 3, 3º-B, junto a la Avenida del Puerto, casi esquina con la plaza de Zaragoza. He pasado por allí alguna vez, volviendo del centro por la Gran Vía Marqués del Turia.

Abro la puerta y recuerdo que no he cogido el paraguas. El aire es gélido. Cierro, voy a por el paraguas, vuelvo a abrir y salgo a la calle. El caminito de entrada a mi bungalow es de gres y muy resbaladizo cuando está mojado. Avanzo despacio y miro el Montgó a mi izquierda, sobre los adosados rojos de techo plano. La mole de roca sólo es una sombra oscura apenas perceptible. En los chalets de enfrente hay ya luces encendidas, y por la calle se oye un coche pisando los charcos. El viento empuja las gotas, que empiezan a mojarme los zapatos. Camino unos metros hasta mi coche, entro de un salto, cierro el paraguas, arranco y maniobro lentamente por el aparcamiento hasta situarme frente a la puerta automática. Luego le doy al botón de mi llavero, espero un poco y acelero cuesta abajo hacia Denia.

11:09:00 ---------------------  

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1 comentario:

Anónimo:
Hola Alberto!!!!!!!!

Este episodio de tu novela lo encontre hoy por accidente en el buscador y me pareció muy interesante. Cuanto más avanzaba en su lectura, más quería saber que sucederia enseguida. Espero tengas mas episodios y me los puedas hacer llegar.

Carlos Mosqueda
Guadalajara, México
carlosmosqueda2004@gmail.com
2 de Noviembre de 2006
3 de noviembre de 2006 a las 05:52.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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