11 de diciembre de 2005
Mis estaciones de paso
Durante la semana vivo solo en una urbanización de Santa Pola. Últimamente me cuesta un poco dormir y doy vueltas en la cama. Vuelven a mi cabeza las estaciones que he dejado atrás, las diferentes vidas que he tenido. He pensado, desde que me licencié, que cada una de ellas era un final de trayecto.

Recuerdo el año 2000, la alegría y la ilusión por el futuro. El fin de semana se disfruta más el viernes. Yo soñaba con grandes cosas. Y quién me puede culpar.

Los cursos de doctorado eran una pantomima. Los profesores explicaban cuatro cosas y dejaban que pagáramos unos precios de matrícula abusivos. Las becas de investigación estaban mal pagadas y muy competidas.

En aquel tiempo tenía yo un viejo Ford Fiesta y dormía en un piso de una gran avenida sin jardines, donde el ruido de los coches reverberaba y no dejaba oir la televisión. Caminaba más de un kilómetro hasta la estación de metro para llegar a la facultad.

Todavía no me había conectado a internet. El ordenador estaba en mi pueblo y lo utilizaba para escribir en Word y jugar a carreras de coches.

Mi primera conexión fue en la facultad. Había unos viejos Power Mac. Un enteradillo de por allí me explicó cómo abrir Explorer. Yo saqué el programa de una asignatura y tecleé una de las direcciones que había. Poco a poco comenzó a descargarse un gran retrato de Quevedo. Don Francisco es lo primero que yo he visto en internet.

En aquellos meses hice algunas amistades, que ya no conservo. Me gustaría saber dónde están aquellos Juan, Corín y Fernando. El primero me envió un e-mail hace dos años diciendo que enseñaba español en Turquía. La segunda quería hacer oposiciones a Secundaria.

Estuve preparando mi trabajo de investigación con un buen profesor. Mi plan era sacar una beca de investigación o marcharme a alguna universidad extranjera.

Al final del curso, volví a mi pueblo y puse conexión a internet. Eran noches calientes, con la habitación a oscuras. A leer lo llamábamos "navegar". Pasaba horas abriendo ventanitas en los chats para que alguna se dignara a decirme que me chuparía la polla (qué pajas más tontas). Escribía sin parar mi página web.

Era la época de las punto com. En pocas semanas empezaría su declive. Los estudiantes compraban acciones de Terra. Yo no compré nada, pero decidí que quería trabajar en internet. Se me hacía como un nuevo continente, una carrera frenética. Tenía confianza en mis fuerzas y la verdad es que aprendí muy rápido.

Llegó el invierno y lo pasé con la estufa, enviando currículums y hablando por el chat. Sabía que algo no iba bien. Mi título universitario no interesaba a nadie. Recordaba Valencia sin nostalgia. En la facultad no fui feliz. Los pisos de estudiantes, viejos, fríos y ruidosos, no me dejaron buenos recuerdos.

Pero en casa con mis padres no quería seguir. Me presionaban demasiado. Querían que encontrase trabajo enseguida.

En junio de ese año 2001 me harté de buscar trabajo por internet. Sólo había conseguido dos entrevistas y ni un puesto de becario. Fotocopié veinte currículums, busqué editoriales y periódicos en las páginas amarillas y los envié. En dos días estaba trabajando otra vez en Valencia.

Volví a la ciudad, cambié otra vez de vida. La Universidad quedaba ya lejos. Aquel verano mi trabajo era leer un periódico deportivo buscando faltas de ortografía. Era un trabajo cómodo y sin apenas estrés. Pero me jodía que los becarios de periodismo, más jóvenes que yo, viniesen a darme instrucciones.

En unos meses, me puse a vivir con mi hermana y pasé a ser redactor. El piso era más céntrico pero más viejo. Las baldosas se movía al pisarlas, las puertas no cerraban bien, el aire frío se colaba por las ventanas. Puse, como siempre, todas las ilusiones en mi nuevo empleo.

Firmaba páginas, entrevistaba a empresarios, hacía reportajes, viajaba un poco. Cobraba una miseria. Todo el mundo me trataba bien y al mismo tiempo me intentaba manipular: el empresario, los otros periodistas, las jefas de prensa. Iba de un sitio al otro sin tiempo para pensar. Me compré un coche nuevo. En realidad me lo pasaba bien y creía que había encontrado mi oficio.

Un año y medio después, abandoné el empleo voluntariamente. Ahora que me conozco mejor entiendo que es muy poderosa en mí la tentación de abandonarlo todo para empezar de cero. Alguien dirá que es una tendencia autodestructiva. Yo respondo lo mismo que los falleros: quemar para poder reconstruir mejor.

Aquella vida de ajetreo y vanidad hueca se convirtió en un retiro monacal, otra vez en casa de mis padres. Pronto abandoné la idea de seguir en el periodismo. Estudié una montaña de papeles y me metí a trabajar como profesor en Secundaria.

Mi primer trabajo fue muy cómodo. Eran grupos reducidos de extranjeros. Me levantaba a las seis, desayunaba fuerte, conducía unos kilómetros y me relajaba un poco en el aula, viendo salir el sol, antes de que llegaran los niños. Hablábamos de todo un poco, hacíamos juegos, competiciones, algún dictado. Salía a las diez o diez y media. Muchas veces me iba a respirar la brisa del mar antes de volver a casa. Por aquello, cobraba bastante más que por las diez horas diarias en el periódico.

Alquilé un bungalow en Denia. Tenía mis dos bicicletas y mi coche. Iba a trabajar en bicicleta, me daba vueltas por el pueblo y las playas, iba a casa de mis padres a cenar. Fueron meses muy buenos. Dormía casi siempre de un tirón. Las semanas que estuve con mi novia, hice algún viaje, salimos a tomar copas y a cenar. Luego ella se marchó. Escribía a mano una tercera novela, que nunca terminaré.

Acabó el curso y tuve unas largas vacaciones. Estuve una semana en Alemania. El resto lo pasé en casa de mis padres, leyendo y escribiendo.

Ahora estoy otra vez trabajando. Ya he hablado de mi situación actual. La ciudad de Valencia queda, afortunadamente, muy lejos. La precariedad económica también. Mis amigos, mi vieja página web, mis novelas, mi novia, mis padres, también. Soy un hombre de existencia ligera, apenas alguien con quien te cruzas. La juventud se va acabando. A veces se me hace cuento que tuve otros planes.

10:30:00 ---------------------  

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4 comentarios:

jaimeroca:
he descubierto tu blog por pjorge. y esta entrada me ha fascinado. admiro a las personas que saben ser claras y transparentes desde dentro.

saludos
14 de diciembre de 2005 a las 11:30.  

alberto:
Gracias, yo creo que todos deberíamos contar nuestra vida en los blogs. Igual se acababan los nacionalismos, qué se yo.

PD: te pongo un enlace aquí.
16 de diciembre de 2005 a las 18:16.  

Nabla:
a mi también me ha gustado, voy a leer más :)

saludos
17 de diciembre de 2005 a las 12:39.  

Mónica:
Añado esto a las memorias periodísticas y sé mucho más de ti. ¿Qué pasaría con el plan de irte a Alemania?...
monica57street(a)hotmail.com
6 de marzo de 2008 a las 16:56.  



© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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