4 de diciembre de 2005
Mi prima Aroa [cuento]
Llega con unas zapatillas Nike de tenis que parecen ser el último modelo. Los vaqueros tienen hilitos sueltos al final de las perneras de tanto uso. Se ha puesto un jersey de algodón con la inscripción "Not a Single" (creo que tiene novio). Hacía meses que no la veía y me parece que ha adelgazado algo. Se llama Aroa, es hija de la hermana pequeña de mi madre y tiene 14 años.
-¿Aquí puedo dejar la moto? -me pregunta con su voz chillona. Le digo que sí y la cierra con un candado pitón de acero. Mete el casco en el cofre de debajo del asiento y se dispone a caminar conmigo hacia la Creueta de la Llagosta, una cruz de metal en lo alto de la colina rocosa que preside Pedreguer. Alguien debió de tener la idea hace más de cien años de colocarla allí para espantar alguno de los males que aquejaban al pueblo.
Me doy cuenta de que le ha crecido mucho el pelo. Le llega a la mitad de la espalda. El rubio claro que tenía de pequeña se va oscureciendo y ya es castaño.
-¿Recibiste mi mensaje? -me pregunta. Suele enviarme algunos chistes malos que le cuentan sus nuevos compañeros de instituto.
-Sí. Estaba muy bien -digo mintiendo. Ella mete la mano en el bolsillo trasero de los vaqueros, saca un móvil y empieza a teclear con el pulgar.
-Espera que se lo envíe a Rober -dice. Creo que es su novio, un chavalote que aún lleva la raya en medio y se deja crecer el pelo como si fuese uno de los Hombres G. De éstos en las grandes ciudades ya no quedan.
-¿Es uno de esos nuevos? -le pregunto.
-Sí -responde. Me enseña un móvil más grande que el mío con carcasa de plástico y botones de diseño muy angulado. Miro en la pantallita y veo que es un Siemens M55. El recuadro en el que escribe el mensaje tiene fondo blanco, a diferencia del mío, que es de color gris. Me pregunto si esa diferencia puede hacer que los chavales envíen más mensajes por la mayor comodidad al redactarlos.
Llegamos a la calle de la Amargura y tocamos por primera vez la montaña. Subimos por lo que aquí llaman el Calvario, un camino sin asfaltar que va haciendo eses por la falda de la montaña y por el que suben las procesiones hacia la capilla de San Blas, medio kilómetro más arriba metida en la roca. En cada giro hay una pequeña construcción con un cuadro de baldosas que representa las escenas de la Pasión. No me gusta venir por aquí, aunque es muy divertido bajarlo en mountain bike.
-¿Estás cansada? -le pregunto para enfadarla. Aún no ha empezado la verdadera dificultad.
-¡Qué va! -responde con una ingenuidad que desaparecerá para siempre en pocos meses. Me río al pensar en la cara que ha puesto.
Cuando llegamos a la capilla busco con la vista el camino que la gente suele utilizar. La roca está casi desnuda pero los miles de zapatos han dejado algunas partes abrillantadas. Ella se fija en la capilla, en la que seguramente nunca ha entrado.
-¡Vamos por aquí! -le grito mientras ella se acerca a la capilla. Comienzo a subir delante de ella-. No pises la hierba porque te puedes hacer un esguince, pon los pies por donde yo los pongo.
Voy subiendo a un buen ritmo esperando que ella se quede detrás y me pida que la espere. Las zarzas me obligan a detenerme para pisarlas. Aún quedan arbustos con la madera ennegrecida por el último incendio hace años.
Al cabo de media hora estoy arriba. Me giro y veo que ella estaba muy cerca de mí, con la cara concentrada en escalar la última parte, en la que hace falta utilizar un poco las manos.
-¿Ahora estás cansada? -le pregunto. Se ha cogido de la base de la cruz con una mano y gira sobre un pie hasta tocarme el pecho con la cara y olerme a través del jersey de lana. Parece imaginar con cierta felicidad los placeres de la vida adulta.
-Ahora yo iría un poco más adelante. Aquí estamos muy cerca todavía -le digo.
-De acuerdo -dice mirando el pueblo desde una perspectiva desconocida para ella. Es un núcleo de siete mil personas con muy pocos edificios altos. Al fondo la autopista AP-7 lo conecta con Valencia y Alicante y una carretera comarcal con Denia, la ciudad donde yo estudié el bachillerato y que ella odia porque es ?pija?.
Seguimos caminando por una zona llana haciendo equilibrios sobre las rocas silícicas del tamaño de bombonas de butano, afiladas como cuchillos por la erosión del viento y el agua. La vegetación ha desaparecido por completo.
-¡No te vayas muy lejos, Alberto! -me grita. Le ha entrado el miedo de repente.
-Tranquila, te controlo desde aquí con mi visión parabólica retrospectiva.
-Claro, qué listo.
-Sobre todo no pises la hierba porque parece que vaya a estar plana y lo que hay es roca que te atrapa el pie como un rodillo.
-¡Encima rodillos!
-Vamos hasta el montículo aquel y nos sentamos -le digo.
Llego primero y me siento en una placa de roca más redondeada que las otras. Miró atrás y ella sigue avanzando con los brazos levantados para mantener el equilibrio. Tiene algunos mechones de pelo pegados a la frente porque ha estado sudando (hace un día primaveral). Cuando llega junto a mí se sienta sin decir nada.
-¿Qué tal? -le digo atrapando con la mano su muslo izquierdo, que es puro músculo femenino, algo más largo y menos abultado que el de los chicos.
-Bien -dice alegre de haberse reunido ya conmigo. Respira aceleradamente por la boca. Se ha quitado el móvil del bolsillo para poder sentarse y lo tiene en la mano.
-A ver, déjame el cacharrito ese -le digo extendiendo la mano.
Cuando lo tengo comienzo a buscar la forma de conectarme a internet. Hay unos pequeños iconos parecidos a los de los ordenadores. Pronto encuentro el camino y el servidor me responde: ?está dándose de alta en E-Moción?.
-¿Todavía no te habías conectado a internet? -le pregunto.
-¿Eh? Claro que no, ya tengo el ordenador. No te conectes, que gasta.
-Déjame que vea alguna página, a ver cómo se ven -digo. La pantalla está en blanco y una diminuta barra de progreso avanza muy despacio. Ella espera unos segundos pero pronto se pone nerviosa.
-No te conectes, Alberto, que gasta. ¿No tienes el ordenador? -dice tirando del móvil para desconectarlo. Yo lo retengo con fuerza mientras miro la pantallita para ver si la página se ha cargado. Ella utiliza ya las dos manos y al final lo suelto.

11:43:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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