18 de diciembre de 2005
El niño de la playa [cuento]
Esta tarde he tenido que ir a Denia a revonar mi DNI. He tenido la suerte de acabar pronto y he decidido darme una vuelta por la carretera de Las Rotas para ver cómo el sector de la construcción sigue hinchando la burbuja. No me equivocaba y, además de inmobiliarias hasta en cápsulas como containers, hay bloques de pisos nuevos en los últimos huecos que quedaban. Los chalets grandes con jardín que hay por esta zona deben de rondar el millón de euros.

Aparco en la calle que da a la playa de Les Fonts. Hace meses que no veo el mar y tengo ganas de pasear por la arena. Dejo los zapatos en el maletero y camino descalzo por la acera unos cuantos metros. El restaurante al que iba con mis padres de pequeño sigue en el mismo lugar, seguramente haciendo rico al propietario.

Está a punto de anochecer y la playa se encuentra casi vacía. Camino unos cuantos metros más hasta que me doy cuenta de que la falta de luz está confundiendo el azul del mar con el del cielo y decido sentarme a esperar a que todo se ponga negro (me gusta contemplar los cromatismos raros para luego ponerlo en las novelas).

De repente, oigo detrás de mí:

-Eres el primero en la historia en entrar en mi círculo.

Me giro y veo a un chavalín de unos ocho años sonriendo con una nerviosa ingenuidad y rascándose una barriguita hinchada como un tambor, seguramente porque se ha atracado de naranjas. Tiene una muesca en los dos dientes delanteros, como si hubiese intentado comerse una lima.

-¿Qué quiere decir eso de primero de la historia? -le pregunto intrigado.

-Es mi círculo -dice señalando con un dedo tembloroso y sin perder la sonrisa a un surco que me rodea. No me había fijado, he ido a sentarme justo en el centro.

-¿Por sentarme aquí estoy en tu círculo?

-Un pionero, el primero de la historia, es mi círculo -dice excitado. Miro alrededor y no veo a nadie. Me pregunto si sus padres lo han abandonado para volver a Madrid y dejar de oírlo.

-Mira chaval, deja de decir tonterías, ahí tienes la playa para hacer todos los círculos que quieras. Pero de tuyo nada, tú no tienes dinero para pagarte una parcelita en la playa. Siéntate conmigo si quieres -le digo. Él se acerca y se sienta a mi lado. El temblor continúa, como si tuviese el baile de San Vito.

-¿Me compras una Coca Cola? -pregunta.

-No.

-Estás en mi círculo, te he dejado entrar -me quedo mirando el agua, la luz ha desaparecido ya casi del todo y me he perdido la transición cromática. La marea alta tiene la pinta de acabar con el círculo en pocas horas.

-No hay Coca Cola -le digo y me levanto para marcharme. Él se pone a llorar y a seguirme.

-¡Mi círculo! ¡Has entrado en mi círculo!

Cuando llego a la altura de las duchas pienso en limpiarme los pies antes de volver a ponerme los zapatos. Le doy al botón y me los mojo un poco. Mientras tanto, el chaval llega y sigue con sus lloros.

-¡Eres malo! ¡Quiero Coca Cola!

Está de pie en el plato de la ducha opuesta a mí. Me acerco abrazando el palo central buscando el otro botón.

-¿Qué haces? -me pregunta.

-Ahora lo sabrás -digo un instante antes de encontrar el botón y pulsarlo. El agua a presión lo desconcierta durante un segundo y luego sale corriendo empapado hacia su círculo. Va a ser el primero en la historia en entrar con una ducha encima.

11:22:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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