31 de diciembre de 2005
Autobús hacia Valencia [cuento]
Me fastidia cuando tengo el coche en el taller y me surge un imprevisto que me obliga a coger el transporte público. Esta vez ha sido mi título del DEA, que ya está listo y tengo que recoger en Valencia.
Después de unos minutos esperando sentado en el bordillo de la única rotonda de Pedreguer, en una zona en la que están construyendo bloques de pisos a precios no descabellados, aparece el mastodonte de Ubesa con suspensión de aire y se detiene dando un pequeño soplido (son las puertas de mecanismo neumático al abrirse). Compro un billete de ida a Valencia y me siento en el primer asiento libre. Son las diez de la mañana y espero llegar antes de la doce y media.
Me fijo en que al lado tengo una chica que estaba antes esperando conmigo sentada en el banco de metal. Tiene una preciosa melena rubia muy larga y lisa. La piel muy blanca la hace parecer extranjera. Me gusta su nariz, más grande de lo normal y un poco roja en la punta.
-¿Vas a Valencia? -me pregunta con acento inglés. Ahora entiendo lo del color de la piel.
-Sí, ¿tú también?
-Sí, tengo que arreglar algo con mi visa -dice con tono inocente. Parece rondar los veinticinco años, podría ser una maestra de intercambio en el colegio del pueblo. Me imagino a una soltera un poco aburrida en el Medio Oeste norteamericano que ha solicitado venir a España después de leer las novelas de Hemingway.
-¿Trabajas en Pedreguer? -le pregunto sin rodeos, tengo la seguridad de que le gustará que la interrogue.
-Sí, estoy en el colegio como maestra de intercambio -¡Bingo! Mi intuición va mejorando con los años. Se acaricia la manga izquierda de su jersey de lana, como si imaginase que la estoy tocando yo. Tiene las uñas bonitas, aunque pintadas de negro.
Nos callamos mientras el autobús enfila el bucle de incorporación a la N-332. La suspensión de aire hace que se incline tanto que tengo que cogerme del asiento delantero para no caer encima de mi nueva amiga.
Por supuesto, tengo en la cabeza esos fines de semana larguísimos en los que ella estará deseosa de conocer el entorno y aprender la lengua española. Podría decirle que soy experto en ese tema.
-Voy a la Universidad a recoger mi título de doctorado, bueno de los cursos más un trabajo de investigación... -no sé exactamente en qué consiste ese título en el que invertí dos años de mi vida. No soy doctor pero tampoco un simple licenciado.
-¿Ah, sí? ¿De qué especialidad? -pregunta mirándome con sus ojos azul claro y las pupilas dilatadas. Son muy bonitos.
-De Filología Hispánica -respondo. He conseguido soltarlo fácilmente. Ahora sabe que le intereso.
-¿En serio? Tú tienes que saberlo todo acerca del español.
-Claro -digo. Ahora me la imagino chupándomela en el pisito alquilado que tendrá.
Llegamos a Ondara y el autobús se para para subir a más viajeros: abuelas que van al siguiente pueblo con bolsas cargadas de hortalizas y extraños bultos envueltos en bolsas de plástico, chicas jóvenes que van a Gandía a una revisión médica de rutina, jubilados que cambian de casa de un hijo a la del otro, marroquíes que van a vender la marihuana que cultivan aquí. Ningún hombre español.
A pesar de la dificultad lingüística, mi amiga tiene una conversación muy agradable. Parece buena lectora y muy enterada de la realidad de España. Me dice incluso que Aznar se ha equivocado apoyando a Bush. Le pregunto el nombre y dice que se llama Claire.
Pasando Vergel, la larga recta antes de Oliva me adormece un poco y ella rellena la conversación.
-Todo se basa en un problema de adaptación. El problema demográfico existe porque no se ha entendido la profesionalización. Los hijos no interesan económicamente, cuestan dinero, por lo que a la larga es normal que cada vez haya menos niños. Si hubiese un sistema profesional, eso no pasaría: personas dedicadas a la reproducción, en centros preparados para eso, que no tuviesen que preocuparse de nada más. Y el resto serían profesionales de otras cosas. Las mujeres podrían competir en igualdad con los hombres.
Los ojos se me han quedado abiertos como platos con su teoría. Intervengo sin pensar mucho.
-Serían centros del Estado, claro, porque la reproducción no sería rentable económicamente para una empresa privada.
-No, no lo sería -dice levantando un dedo-. Serían personas funcionarias, que aprobarían un examen genético. Toda la sociedad mejoraría mucho en pocas generaciones. Se prohibiría tener hijos por libre. Los hombres serían también seleccionados, pero no serían funcionarios, sólo voluntarios.
-Quiere eso decir que la selección genética de una sociedad estaría en el programa electoral.
-Supongo que sí -dice sonriendo complacida por mi inquietante idea.
En Oliva el autobús vuelve a pararse y la puerta trasera se abre justo al lado de donde yo estoy sentado. Veo la acera vacía, a la que está dando un precioso sol de invierno. Casi puedo oler el aire humedecido por los aspersores de los jardines.
Salto fuera justo antes de que las puertas empiecen a cerrarse y me quedo de pie mirando el autobús alejarse. Consulto el horario que llevo en el bolsillo y veo que tengo media hora para dar un paseo antes de que llegue el próximo autobús.

18:28:00 ---------------------  

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© A. Noguera

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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